El restaurante está ubicado en una zona de alta afluencia vehicular, sobre la lateral de Bernardo Quintana, muy cerca de Los Arcos. El proyecto de fachada, surge de la intención de generar una conexión material y cromática entre el restaurante y el acueducto histórico de Los Arcos. Para conectar visualmente con este ícono histórico, se diseñó una celosía de 7 metros de altura hecha con tabique artesanal de barro de Oaxaca, cuyas piezas muestran dos caras —una café oscura y otra rojiza con sedimentos minerales—, creando un diálogo cromático y textural con la piedra de Los Arcos.
En el diseño interior, se tomó como base el concepto japonés Genkan, que define el espacio de transición entre el exterior y el interior. La idea fue crear un “corte” inmediato con el caos de la ciudad, invitando al cliente a dejar atrás la intensidad urbana y adentrarse en un ambiente distinto, íntimo y contemplativo.
La entrada principal, de escala menor que la celosía, funciona como un umbral que permite a los visitantes experimentar un cambio de atmósfera. Este acceso conduce a un vestíbulo semicircular construido con materiales táctiles: piso de concreto martelinado en tono vino, muros curvos de madera de castaño y un mueble de cuarcita roja. Sobre el vestíbulo, se suspenden pendones de seda acabados en cera de abeja, evocando estandartes de templos asiáticos.
El color rojo, recurrente en culturas asiáticas como símbolo de buena suerte, aparece como acento saturado en detalles de todo el espacio.
Desde el vestíbulo, la vista se extiende hacia la barra, que funciona como eje central del proyecto. Encima de la barra se sitúa una cabina de DJ encerrada en cristal laminado color vino, elevando la presencia del DJ como elemento clave del restaurante, de esta manera es visto hacia arriba para elevar.
El salón se divide en varias zonas:
En el plafón central, se suspenden seis cuerpos tejidos cuyo cuerpo está basado en el trazo de una ilustración de un dragón.
La cocina abierta es visible desde el salón. Arriba de ella una estructura de madera y tejido de bejuco que separa al salón del área de lavabos.
Los muros y plafones están revestidos con estuco de cal en tono café oscuro, aportando profundidad y calidez al interior.
Para subir a los baños, una escalera se flanquea con la celosía de tablones por un lado y una cortina de lino cuadriculado por el otro, aprovechando la luz natural y generando juegos de sombras.
Los baños presentan un contraste marcado: pisos color hueso y acabados café intensos en muros y plafones, con detalles de iluminación en muros, espejos ahumados en tono bronce y cuarcita roja.
Además, se diseñó un speakeasy que complementa la experiencia gastronómica, con acceso tanto desde el restaurante como por una entrada independiente, que consiste en una puerta de acero con el vano abocinado en color vino. Este acceso, con una estética completamente distinta a la puerta principal de madera del restaurante, refuerza el concepto de transición entre ambos espacios.
El acceso conduce a un pasillo adornado con arcos de luz y dos figuras de Buda en acabado metálico, que aportan identidad propia al recorrido, culminando en un pequeño bar de sakes.
Las barras circulares en cuarcita con frentes de latón, junto con la iluminación tenue, las maderas y otros materiales nobles, crean un ambiente cálido e íntimo, ideal para disfrutar de la música y una copa después de la cena.
El proyecto se basa en torno a una paleta cromática de gran intensidad, lograda mediante procesos de oxidación y el uso de materiales naturales. Cada tonalidad surge de un proceso vivo, en el que lo controlado y lo imprevisible conviven, dando lugar a un espacio con identidad propia y una estética profundamente orgánica.
Entre los símbolos asiáticos que se destacan en el proyecto están: