Columnas

Espacios: GTM Sierra Negra, crónicas de pasados presentes: Volcanes, deidades, estrellas y una máquina del tiempo

Espacios: GTM Sierra Negra, crónicas de pasados presentes: Volcanes, deidades, estrellas y una máquina del tiempo

05:15  En la Sierra de las Cruces la madrugada se cobija del frío invernal. La brisa helada se cuela por entre los ropajes, y las personas que conforman esta expedición, se acurrucan dentro de los carruajes que solo esperan a una última integrante para tener al equipo completo, e iniciar la jornada.

05:20 Se ha incorporado la persona faltante, el equipo está completo y nuestros vehículos inician el trayecto partiendo desde los 2500 metros sobre el nivel del mar, en el poniente de la cuenca de México, hacia la ruta en donde se encuentra la cuna del sol naciente, al que esperamos encontrar en algún punto intermedio, mucho antes de llegar a nuestro destino.

06:00 El viaje ha sido ágil, silencioso. A pesar de atravesar el valle donde habita la Ciudad que nunca duerme, sustituidos los lagos de agua por ríos de asfalto, el tránsito de vehículos es aún escaso para esta gran urbe, y podemos atravesar los barrios con presteza, sin tener que sufrir las congestiones que, dentro de algunos minutos más comenzarán a formarse en los cruceros más concurridos, expandiéndose luego a casi todas sus arterias… tantas anginas de pecho sufre mi ciudad a diario, que su resiliencia no deja de ser sorprendente.

06:10 Comenzamos a atravesar la Sierra que domina el oriente de la Cuenca de México y le divide con el Valle de Puebla, ondulante camino vigilado al norte por el monte donde habita Tlaloc, al sur por la cabeza de la princesa Iztaccíhuatl, en su eterno sueño vigilado por Popocatépetl cuya llama sigue encendida y humeando constantemente. El bosque aún no anuncia el amanecer cuando pasamos por ese paraje donde un río frío, dio nombre célebre al relato de unos bandidos que otrora, sembraban el miedo y la desconfianza de aquellos viajeros cuya ventura les obligaba a transitar por esos parajes. Hoy solo queda la memoria escrita de sus andanzas, sin que al menos nosotros, tengamos que preocuparnos de sus fechorías.

El descenso, continúa sinuoso deambulando por los bordes del manto multicolor que cubre a Iztaccíhuatl, ahora con muy poco blanco en la cúspide, desarrollándose en grises cenicientos y verdes arbóreos hasta la base. Tras una de las múltiples curvas, se abre la enorme perspectiva del valle poblano, dominado ahora por la presencia de Matlacueye, una de las consortes de Tlaloc, de cuya falda azul en la narrativa tlascalteca, brota el agua que alimenta la tierra. Su cónica vestimenta apunta al cielo y, por detrás de la pendiente donde ésta se extiende hacia la planicie vemos aparecer primero tímidamente, y poco a poco en toda su magnificencia, al sol que comienza a bañar con su luz el territorio. Una mirada hacia la estela imaginaria que van dejando nuestros carruajes, nos presenta nuevamente la magnífica silueta del Guerrero vigilante y su amada durmiente, dominando el horizonte que, desde este punto, se opone al amanecer.

08:10 Hemos llegado al punto donde nos encontraremos con otra parte de nuestro equipo. El peaje de Amozoc nos ha cobrado factura en el itinerario, tanto a nosotros, como al contingente con quienes pactamos el sitio de reunión. Mientras esperamos su llegada, algunas de las personas que forman parte de esta expedición nos acercamos al local donde se vende, entre otras cosas, ese brebaje oscuro originario de Yemen, producto de la molienda de unas semillas color café al ser traspasada por agua hirviente, estas semillas fueron cultivadas por primera vez en nuestro país por ahí del finales del siglo XVIII, adaptándose maravillosamente al clima de la vertiente oriental de esa sierra Madre que divide las costas del Golfo de México del gran altiplano por el que ahora viajamos, y cuya degustación se ha extendido a casi todos los rincones del planeta.

10:00 Nuestra ruta nos saca ahora de la autopista principal, el camino carretero que nos lleva al pequeño poblado de Atzinzintla, término nahua que significa “agüita abajo” ya nos narra una cosmovisión donde el asentamiento humano se vincula con las circunstancias del territorio, ahí haremos una segunda parada cuyo objetivo es encontrarnos con las personas designadas tanto por la autoridad local, como por el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica para acompañarnos en adelante, pues lo que viene, conlleva ciertos riesgos. Mientras avanzamos, entre un paisaje de campos en pleno barbecho y árboles que acotan el camino se alzan en toda su envergadura nuestros personajes principales: La enorme Citlaltepetl, la Montaña de la Estrella y su hermano menor, no por ello pequeño, Tliltépetl o Cerro Negro el cual también es nombrado Atlitzin o Señor del Agua.

La enorme Citlaltépetl domina la tierra y el cielo, donde la base de su cono se nutre de un bosque rico en coníferas predominando entre muchas otras especies, mientras que su pico parece tocar el firmamento. Múltiples leyendas circundan a la gigante señora, pero en todas, representa un vínculo dual de opuestos complementarios: Vida y muerte, cielo y tierra. El balance indisoluble para el continuo del universo y, por tanto, de la existencia.

A su lado, Atlitzin se invisibiliza desde la mayoría de las perspectivas, pero su forma repite la de la hermana mayor, abrazando la tierra para proyectarse hacia las estrellas, y ahí en su cúspide, en esa máxima extensión que intenta tocarlas, alcanzamos a ver una diminuta figura geométrica: El telescopio milimétrico.

Citlaltépetl y Atlitzin: Juntos forma la gran muralla que retiene la humedad del Golfo de México, juntos capturan el agua, en forma de nieve y hielo para dejarla escurrir al otro lado, al poniente, regando “Agüita Abajo”.

11:00 Atzinzintla nos recibe con sencillez, pero con amabilidad desbordada. La representante del INAOE, a la pregunta expresa de mi colega Pilar sobre si considera que alguien pueda llegar a desmayarse por la falta de oxígeno allá en la punta del cerro negro, responde risueña con un contundente “SI” complementando “se ven todos muy inquietos”. Guía, policía y paramédica escoltan a nuestra comitiva, comienza el ascenso. Una breve parada en la entrada del Parque Nacional Pico de Orizaba nos permite descender de los sprinters y capturar las primeras fotos en donde el cono que conecta con las estrellas, Ciltaltepetl, se nos presenta en todo su esplendor con la transparencia de un día límpido y capturando una nube elevada que intentaba escaparse al altiplano proveniente del Golfo. El sotobosque en esta época del año que es seco, nos muestra principalmente yerba y zacate cubriendo la tierra con un manto de tonos ocres y cafés, pero por encima de esto, se alzan las copas de los pinos ocotes, con sus agujas siempre verdes y brillantes recortándose ante los tonos cenizos del volcán, salpicado en su punta por motas de nieve que se suman a la blanquísima formación de la nube, todo ello rematado por un cielo azul intenso.

Seguimos el camino, zigzagueando por las faldas de la Sierra Negra, pasando según la altura del paisaje antes descrito a la ausencia de vegetación para transitar por los tonos oscuros que dan su otro nombre a Atlitzin: el cerro negro y el recuerdo de vómitos de fuego milenarios. En este punto solo unos pocos zacates tímidos aparecen ahí donde la sombra conserva algo de humedad hecha hielo, el resto es ceniza y rocas… pero ¡Que es esto! El precipicio en el camino ondulante nos presenta una vista inusitada, ya que desde esta altura podemos ver hacia la costa, muy abajo desde nuestra perspectiva algunos picos verdes oscuro sobresalen a una densa nubosidad, y es que la vertiente del Golfo no conoce sequías. Capturadas por la sierra, las nubes permanecen y se precipitan en forma de agua sobre laderas que, por debajo de las nubes, siempre visten de verde fértil. Allá abajo el bosque se entrelaza con la selva tropical, con los cafetales importados en el siglo XVIII o los cacaos endémicos, la vainilla, los cítricos, los zapotales. Todo eso allá, muy abajo, nosotros estamos lejos, por encima de las nubes.

11:40 ¡Hemos llegado a la punta del volcán! El sitio tiene varias plataformas, algunas muestran los restos de obras previas, instalaciones requeridas para lo que ahora observamos en plenitud: Ligeramente hundido, el volumen blanco del telescopio. A su alrededor, con mucha sensibilidad se han diseñado algunos caminos y zonas de estar utilizando la roca seca del sitio, coherentemente manifestando este paisaje suigéneris en el que se encuentra la gran instalación astronómica. Mucho menos afortunado es el recientemente construido centro de visitantes, edificio anacrónico que pareciera venir de una expresión posmoderna mal entendida, de la década de los 80’s del siglo pasado.

Bajamos de los sprinters y nos agrupamos para recibir las instrucciones básicas: Ir despacio, hay muy poca atmósfera y el oxígeno ya escasea a los 4,600 metros sobre nivel del mar, cota en la que nos encontramos: sin carreras, aunque el entorno se preste, cuáles son los posibles síntomas, etc. De momento y en lo personal no siento más efecto que una cierta ligereza intelectual, pero tras las indicaciones y tener un tiempo libre para que cada quien recorra el entorno antes de ingresar al interior del telescopio, los primeros pasos me generan la sensación de un esfuerzo físico mayor a una simple caminata, así que desacelero y busco el ritmo de respiración adecuado.

Estos espacios permiten observar la estupenda estructura construida del telescopio cuya geometría precisa y pragmática conlleva una belleza intrínseca. La base es un gran cono de concreto armado, cuya única perforación visible es la puerta de acceso que remata una calzada con ligera pendiente descendiente. La forma cónica obedece estructuralmente a la geometría que se requiere para sostener y darle estabilidad a la enorme antena móvil que la corona, pero al mismo tiempo reproduce analógicamente la silueta con la que, la mayoría de las personas, dibujarían un volcán. Al término del cono dos elementos semicirculares, uno a cada lado, expresan la rótula que da movimiento a la gran antena que sostienen; ésta se expresa como un segmento de esfera lisa y blanca en su faz convexa, el interior cóncavo no es visible en ese momento, ya que la antena apunta directamente al cielo, como una gran copa que está lista para recibir la luz del universo.

Mientras analizo el volumen previamente descrito, mis pasos me van guiando al promontorio más alto del terreno fuera de la antena, donde existe un pequeño prisma construido con piedra labrada por la comunidad de Atzitzintla, ya que es ritual subir hasta este punto desde hace siglos, para venerar a través de su sincretismo místico el vínculo entre los seres que habitan los cielos, con aquellos que lo hacen en tierra. El ascenso al sencillo pero bello santuario, implica un nuevo ajuste de respiración, cada pequeño esfuerzo recuerda el poco oxígeno que hay en esas alturas.

La cúspide de este promontorio nos regala a todas las personas que subimos, un panorama que narra en un giro de 360 grados, la historia de un vastísimo territorio: Al este, la vista infinita que ya habíamos capturado en el ascenso, de la vertiente hacia el Golfo de México, extensa, envuelta en un mar de nubes que solo se rompe por la irrupción de orografías cubiertas de verde. Al oeste, el extenso valle de Puebla se percibe bajo un filtro de polvo producto de la temporada de secas combinada con los campos barbechados, interrumpido por otras siluetas volcánicas también legendarias y veneradas como seres conectores de cosmovisiones que entienden al universo como un gran sistema conectado. Primero Matlacueye, y más lejos, en el horizonte, Iztaccíhuatl y Popocatépetl que parecen flotar entre el polvo, algunas nubes, y la permanente fumarola del guerrero enfurecido. Al sur, podemos observar la continuidad de esta madre que es la sierra del oriente, y al norte, la madre principal, la más alta de todo nuestro territorio, la que dejó de ser estrella para convertirse en montaña: Citlaltépetl.

Hay un poco de tiempo antes de ingresar, capturo el entorno, capturo detalles como los espacios entre las rocas cuya sombra, se convierte en el refugio donde los restos de la última nevada, convertidos ya en hielo, intentan sobrevivir mientras poco a poco se derriten para alimentar los manantiales de agua que brotan de las entrañas del fuego.

13:30 Ha pasado cerca de hora y media desde que descendimos de los sprinters. Alucinado con el entorno exterior, no me he dado cuenta del tiempo, y aquí, por sobre cualquier otro sitio, el tiempo es relativo ¿no? Pero al final llega el momento en donde podremos acceder al interior del Telescopio. El sólido cilindro que forma su base y emula a los volcanes formalmente, contiene solo una abertura como ya había comentado, que se encuentra un nivel por debajo de la plataforma exterior. Avanzamos por la sinuosa rampa que lleva a la abertura y penetramos al corazón de la maravillosa estructura.

Ya adentro, la luz eléctrica nos alumbra un espacio limpio, libre de elementos triviales. Cuatro columnas de concreto cilíndricas enmarcan el centro del espacio y acotan uno de los aparatos que concentran la magia donde los impulsos de luz y electricidad se convertirán en imágenes interpretativas del universo. En los muros circulares, una pequeña exposición muy austera describe las funciones del GTM (El gran telescopio milimétrico) y sus hazañas.

Dave, el ingeniero constructor es nuestro guía, su descripción es directa, sin aspavientos ni recargamientos florales de la estética, como luego hacemos las personas que nos dedicamos a la arquitectura con nuestros proyectos y construcciones, pero no por ello la narrativa deja de contener la poética de la sencillez tectónica para cada elemento.

Al subir a una especie de Mezanine, se nos presenta la siempre bella y funcional forma de una escalera helicoidal (o de caracol para usar el término popular con el que la nombramos en México) que trepa hasta una escotilla de momento cerrada. El piso es un puente que bordea toda la circunferencia interior del cono estructural que sostiene al telescopio, su piso de rejilla metálica, nos regala transparencias veladas hacia el nivel inferior. De la misma forma, resueltas con estructura metálica y rejilla, las escaleras generales que usaremos para acceder a los distintos niveles se convierten en un juego de fugas, luces y sombras que bien podría haber musicalizado en sus tiempos Bach.

La visita es completa, lenta pues subir cada nivel, con poca atmósfera, requiere sus pausas, no todas las personas se adaptan igual a la falta de oxígeno. En un punto, un balcón nos asoma al paisaje. No es un espacio de contemplación, es un paso de guardia necesario para dar mantenimiento al mecanismo: un enorme engrane para que gire el telescopio. Pero la observación del paisaje se da de todas formas.

Finalmente, llegamos al corazón de la máquina del tiempo. Donde lo captado por la enorme esfera cóncava y su superficie reflejante, converge en un juego de varios espejos que rebotan la luz hasta los aparatos que, a través de flujos eléctricos conducidos por cientos de cables, irán a los computadores cuyos programas traducirán la información.

Mientras Dave nos explica la interacción entre los elementos análogos (espejos) y los electrónicos, mis ojos transitan por el espacio lleno de rieles, cables, columnas, repisas, mesas. Mis oídos se desconectan de lo que ven mis ojos, la voz de nuestro anfitrión y guía habla de elementos captados cuya luz tiene ¡ocho mil millones de años de antigüedad! La tierra, mis queridas y queridos lectores, tiene solo la mitad de ese tiempo de existir, alucinado con el dato, el bombardeo de mi archivo personal de memoria, me pasea desde las primeras experiencias relacionadas con la astronomía, viendo la serie Cosmos con Carl Sagan, en la sala de la casa de Jiutepec, recién llegados a pasar el fin de semana en el entonces campo alrededor de la colonia José G. Parres, hasta las lecturas y videos de Hawkins y su física cuántica.

El golpe es brutal, mi pensamiento se transforma y entiendo el universo como flujos, no de tiempo, sino de energía y luz en permanente movimiento mientras la entropía tenderá a llevarnos según una de las especulaciones actuales, de la dinámica existente a una absoluta estática futura ¿o pasada? que es el estado más probable de las cosas.

15:30 La realidad de la relatividad del tiempo me expulsa repentinamente de mis cavilaciones ¿ya han pasado dos horas desde que entramos a este recinto? ¡Estamos atrasados con respecto al itinerario! ¡Aún hay que bajar del volcán, visitar una hacienda, llegar a donde un restaurante local nos espera con la comida ya preparada, visitar el santuario local!

Pero la crónica hoy no contempla esa segunda tanda de experiencias, también extraordinarias y dignas de otro relato. Las dejaremos descansar en la relatividad entrópica que nos saca del tedioso imperio impositivo de Cronos. Como despedida, nos regala la observación de movimiento de la antena, para estacionarla y dejarla descansar hasta que vuelva a llegar la hora de trabajo.

16:00 Tomada la foto de grupo más el video realizado con un dron, subimos a nuestras embarcaciones, para comenzar el descenso. Nada es igual después de haber estado en la máquina del tiempo, ya abajo, una última mirada al cráter del volcán y la ahora, en escala, diminuta semiesfera de la máquina de tiempo.

Artículos del mismo autor

PRODUCTOS RELACIONADOS