La arquitectura es estática. Construir significa fijar una forma, un volumen, un espacio, sobre el territorio. Y la ciudad es la suma de calles, plazas y edificios, destinados a perdurar. Esa ciudad construida es la urbe. Pero está también la civitas, la ciudad conformada por la comunidad y las fuerzas que la mueven. Lo que llamamos ciudad no es un objeto estable, sino la condensación provisional de fuerzas que desplazan personas, materias, capitales, aguas, energía, información y el propio suelo. Las utopias de ciudades cerradas, perfectas o estáticas demostraron que la urbe nunca puede reducirse a una forma definitiva. En cambio, la ciudad viva es la construcción mas compleja y colectiva que ha producido la humanidad, siempre incompleta.
Mas que afirmar que la ciudad se mueve, que palpita o que se transforma, se trata de comprender que fuerzas producen estos movimientos. Si la arquitectura privilegió la forma por encima de los procesos que la hacían posible, ahora resulta necesario desplazar la mirada hacia aquellas fuerzas que normalmente permanecen ocultas: las tensiones, inercias, fricciones y relaciones que, al hacerse visibles, llamamos movimientos. Toda ciudad nace de un doble acto: primero como acuerdo social, después como transformación material del territorio. Pero ninguna de esas dos dimensiones permanece fija. Las comunidades cambian, las personas migran, los recursos circulan y la tierra recuerda, una y otra vez, que tampoco es inmóvil. Los movimientos sociales instituyen la ciudad y los materiales construyen la urbe. Los movimientos humanos transforman continuamente aquello que parecía establecido, mientras los tectónicos recuerdan que incluso el suelo sobre el que construimos permanece en movimiento. Y la movilidad aparece entonces no como un movimiento más, sino como la consecuencia visible de todos ellos. Circular implica siempre una infraestructura, una economía, una política y un territorio. Toda circulación expresa una determinada organización de fuerzas.
Este número, que acompaña la decimotercera edición de MEXTRÓPOLI, reúne ensayos y proyectos que observan esas fuerzas desde distintas escalas. Quizá la tarea de la arquitectura no consista únicamente en producir formas estables, sino en comprender las fuerzas que las hacen posibles. Porque la ciudad nunca ha sido un objeto inmóvil: es el resultado siempre provisional de fuerzas que construyen, transforman y vuelven a imaginar el territorio que habitamos.