Pula: Notas imperiales desde Roma a Austro-Hungría
En la costa noreste del Mar Adriático, justo donde se encuentra la intersección entre las fronteras de Italia, Eslovenia y [...]
20 julio, 2026
por Jose Maria Wilford Nava Townsend
Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, de acuerdo con un artículo encontrado en la página de la Juraj Dobrila University of Pula, primero los Visigodos y luego los Ostrogodos tomaron posesión de la ciudad, dejando solo fragmentos (ya comentados en la entrega anterior) del mundo romano. Sin embargo, recupera sus raíces culturales romanas a través de la reconquista temporal que hace el Imperio romano de Oriente (Bizancio) que no solo recupera la plaza, sino que la convierte en un punto logístico militar en la pugna contra los Godos. En este período se construye la Basílica de Santa María Formosa, tomando el nombre de su homónima veneciana, bajo el patrocinio del obispo de Rávena. El templo prevaleció durante el período Franco, en que la ciudad quedó bajo el mando del Sacro Imperio Romano Germánico de Carlomagno. Pero en el siglo XII el poderío de Venecia, como ciudad-estado, extiende su hegemonía hacia la península de Istria quedando Pula bajo el dominio veneciano. La transición no fue pacífica, casi nunca lo es, y Pula termina arrasada militarmente y saqueada, arruinando gran parte de sus edificaciones y, entre ellas la basílica. El conjunto terminará siendo demolido prácticamente en su totalidad, transportándose el material hasta la ciudad de los canales, para ser utilizado en edificaciones nuevas. Hoy permanece una pequeña capilla como testigo sobreviviente de la Pula bizantina, y se ofrece un espacio arqueológico contiguo donde se presenta el basamento de la planta basilical como un fantasma de la memoria, contenido por pétreos muros colindantes que expresan las capas del tiempo.
La Capilla es pequeña, sencilla, honesta en su belleza volumétrica y su piel exterior, pues tristemente nos tocó cerrada y no pudimos admirar los interiores. De su volumetría, recuerda aquellas estructuras del Prerrománico asturiano comentadas en otros artículos, donde dos pequeñas naves se entrelazan perpendicularmente para formar la planta en cruz, siendo el punto de intersección del crucero, el que se eleva por encima del resto de la volumetría para poder introducir luz al espacio interior, el elegante volumen se cubre con un tejado a cuatro aguas, coherente con su función de crucero. Un par de detalles particulares aligeran la masividad constructiva de este elemento: primero los cuatro arcos de medio punto en cada fachada que cobijan a las ventanas cubiertas con celosías; segundo, las esquinas del volumen se manejan remetidas, entrelazándose en negativo como si fuesen entrecalles. Adosadas a este volumen van las pequeñas naves que completan el conjunto, donde la envolvente semi octogonal del ábside ayuda a reforzar estructuralmente el remate posterior de la edificación, tensionándose con el eje del acceso, expresado al igual que las capillas laterales, con un prisma rectangular rematado en una techumbre a dos aguas. Como sucede en el volumen del crucero, los muros se aligeran con sobreposiciones de arcos en las fachadas laterales, dejando la solidez absoluta para la portada del acceso, que sólo cuenta con austera puerta rematada de forma axial en vertical con una ventana, y para el ábside ya descrito, que solo cuenta con una perforación en la parte central posterior.
Desde este punto, tomamos nuevamente la calle principal que rodea al cerro del cual parte la traza concéntrica que ya comentamos en el artículo anterior: Ul Sergijevaka caminándola hacia el poniente para regresar a la plaza principal y antiguo Foro Romano, solo que en esta ocasión ya no atenderemos al templo romano que ahí subsiste, descrito en la entrega previa, para centrarnos en el actual Palacio Municipal de Pula o como se le llama allá, Palazzo Comunale, nombre que refiere al largo periodo de dominación veneciana de la ciudad.

El análisis exterior de este peculiar edificio (pues no pudimos entrar a sacar fotos al ser un edificio de servicio público activo) nos revela una vez más que, en la mayoría de los casos, la arquitectura existente no obedece “estilos” sino a sobreposiciones de lenguajes según la época. Son hibridaciones donde una sociedad aprovecha los restos de lo que deja la otra. Así, el edificio hacia la plaza principal presenta una fachada con elementos barrocos y renacentistas. Un pórtico en planta baja filtra la sonora y dinámica energía de la plaza, señalando a su vez el acceso al edificio y haciendo el ajuste de escala necesario para transitar entre el exterior y el interior. El pórtico sostiene un segundo nivel que se compone en relación a la arcada inferior a partir de una loggia que enfatiza el eje simétrico que rige el diseño.

A ambos lados de la loggia, dos ventanales rectangulares anuncian espacios de trabajo internos. La simetría rigurosa de la portada, se rompe en las esquinas, a la izquierda viendo a la edificación de frente, remata la esquina con el perfil de la cantera que forma la piel de la fachada, para ser sustituida en la cara lateral del edificio por un aplanado de mortero liso que se va perforando por las ventanas que requieren las oficinas internas. La esquina derecha, presenta por el contrario una columna que la contiene. A simple vista parecería un añadido posterior, pero en realidad es el remanente preexistente de la edificación previa, del siglo XIII, que también albergaba funciones gubernamentales.
Justamente al doblar la esquina norte del Palazzo, el muro-fachada nos presenta un inesperado “collage” de elementos que marcan en la piel del edificio la memoria que manos artesanas de diversas épocas dejaron al paso de los siglos. Un pequeño arco de medio punto es sostenido por dos columnas cuyos capiteles expresan aún la escultura propia del románico, aunque los datos avisan que el edificio se termina a finales del siglo XIII, lo cual haría que fuesen manifestaciones algo tardías, si aún creemos en el rigor de los estilos acotados a un tiempo específico. El arco es la discreta introducción lateral al pórtico principal que da a la plaza, sin embargo, el pequeño elemento toma una mayor escala al estar enmarcado por un arco ojival tapiado en el parte superior y rematado más arriba por un friso de pequeños arcos también ojivales. Esa probablemente era la altura original del tejado del edificio medieval, ya que el friso corre a lo largo de la fachada, interrumpido por perforaciones posteriores de diversas proporciones y formas. Predominan las ventanas rectangulares de proporción 1 a 1.5 veladas con persiana y enmarcadas sutilmente por cantera, pero en la parte superior, donde evidentemente leemos una ampliación en altura del edificio, aparecerán en orden de oriente a poniente, una de mayores dimensiones en proporción 2 a 1 rematada en arco de medio punto, otra rectangular remetida y abocinada en proporción horizontal, y dos pequeñas también horizontales, que parecen simples huecos para ventilar algún elemento de servicio (no puedo asegurar que esa sea su función, solo deduzco a partir de la lectura de su expresión).
En planta baja, hacia la esquina surponiente, otras dos ventanas rectangulares aparentemente de factura más reciente, diría yo siglo XX y una puerta. Los tres elementos fuertemente enmarcados en cantera, expresan más su aspecto funcional de acceso el último, y ventilación e iluminación los dos anteriores, en una abstracción geométrica total, aunque sobre los tres, se asoma un atisbo de preexistencia en arco rebajado que acentúa todo este juego de variables en el tiempo. Al final, esta aparente fachada caótica, es un pequeño palimpsesto arquitectónico que en su esquina poniente, perfila una delgada columna rematada en una sirena con doble cola, y continúa su narrativa de escrituras previas, en la parte posterior donde se encuentran los ya narrados restos del templo de Diana.

Pasamos ahora a otra edificación que es también un producto de sobreposiciones y crecimientos evolutivos a lo largo del tiempo en que se ha desarrollado su existencia: La Catedral de la Asunción de María. Aunque me hubiera encantado compartirles una experiencia visual completa, tristemente nunca encontramos la edificación abierta para visitar el interior, por lo que solo podremos reflexionar sobre los elementos que componen su volumetría.
La masa general del volumen actual, data según la página oficial del gobierno local, del siglo V de nuestra era, en que la serie de estructuras construidas cien años antes para la comunidad cristiana que las utilizaba, se consolidan en un espacio alargado y rectangular de tres naves, donde el ábside queda al nororiente y la portada al surponiente. Tras esta primera organización estructural, un incendio obligará a realizar una restauración mayor en el siglo XIII, para, posteriormente, a inicios del XVIII culminar el conjunto con una portada tardo renacentista y un campanile suelto que presume su esbeltez en la mitad de la pequeña plaza que le cobija. Estos dos elementos corresponden al momento culminante de la dominación veneciana, y evidencian una factura constructiva muy diferente al resto del volumen, al menos a primera vista. En la base del campanile es posible observar con claridad, sillares provenientes del anfiteatro romano presentado en la entrega anterior.
Rodeando el edificio hacia el norte, la fachada lateral del templo describe con honesta sencillez la espacialidad del interior que tristemente no pudimos ver: La nave central se levanta a mucha mayor altura, lo cual permite generar ventanas que la iluminen naturalmente. Estos vanos expresan la forma y tecnología del románico, rematadas en arcos de medio punto. La nave lateral norte, de menor altura para lograr el efecto antes descrito muestra un par de aperturas cuya geometría se define por el arco ojival más propio del gótico, aunque la escasez de vanos no refleja la búsqueda de luz propia de la ideología que procuró dicho lenguaje. La rítmica de los contrafuertes que ayudan al muro a tomar los empujes laterales junto con un pequeño volumen semicircular hacen que la austeridad total de esta fachada adquiera un interés compositivo en su minimalismo.
Al llegar al ábside, toda la parte posterior de la construcción volverá a regalarnos, como sucedió con el Palacio de Gobierno antes relatado, un conjunto de fachadas en palimpsesto. La parte baja del muro nos permite leer las primeras construcciones del siglo IV, por encima y tras una cornisa tres ventanas ojivales introducirían el sol naciente al interior del templo. Adosado al volumen del templo, al sur de este, se encontrarán las habitaciones del obispo y las oficinas administrativas, cuya fachada continúa esta lectura de sobreposiciones de épocas, con fuertes recuerdos románicos y bizantinos incluyendo un mosaico de la Virgen María, aunque algunas ventanas del segundo nivel y todas las del tercero, denotan intervenciones más bien del período humanista.
El edificio de habitaciones y servicios es pequeño, y lejos de envolver un gran claustro, se remata al poniente con un porticado abierto a un pequeño jardín que corre a lo largo de toda la fachada sur del templo, la cual repite la dinámica de ventanas descrita hace unos párrafos en la fachada norte.
Un tercer templo medieval nos lleva, casi sin darnos cuenta, a ascender por las pequeñas calles perpendiculares que conectan las avenidas que se dan en círculos concéntricos hacia el fuerte. En el penúltimo de ellos, Castropola ul. Se encuentra el monasterio de San Francisco.
La historia relatada nos dice que los franciscanos llegaron a Pula muy poco tiempo después de la fundación de la orden por el santo de Asís a principios del siglo XIII, si embargo el conjunto no se completó hasta un siglo después por un tal Jacobus de Pola. En un interesante libro que he encontrado en la red, de Bernardo Molina y José Ignacio Echeverría, se describen las normas para la vida de los frailes menores franciscanos, establecidas a mediados del siglo XIII en Narbona, en las cuales se basa el arquitecto Jacobus para la composición de los espacios monásticos del conjunto que describiré en un momento. Es decir, esta edificación respondía a los principios más modernos que, para la época, definían la vida colectiva de aquellas personas que habían decidido enfocar su vida a Dios, a través de la regla establecida por Francisco.
El arquitecto interpreta rigurosamente la normativa, pero la adapta peculiarmente a las condiciones del sitio y del lote asignado, que se encuentra haciendo esquina entre la calle Castropola y la “pendiente” como se les denomina a las vías que conectan perpendicularmente a las avenidas concéntricas Vicenzo da Castija. Nosotros llegamos desde el norte por Castropola ul. Dos muros de mampostería de piedra acotan la calle: el de la izquierda, es la contención del cerro que sigue subiendo, el de la derecha es la barda que oculta las celdas y espacios comunes del monasterio a la vista de la población, para asegurar al menos físicamente, la privacidad que el recogimiento aceptado de los frailes requiere. La barda al seguir la geometría de la calle, remata en la gran masa del templo, cuya escala monumental destaca en su contexto inmediato.
Lo que vemos en primera instancia del templo desde Castropola es la parte posterior o ábside, donde el volumen prismático de la nave se descompone en tres cuerpos que cobijan al interior dos altares laterales y el altar principal. Estos tres cuerpos se adosan a la nave principal casi como si fueran muebles, en una clara transición de escalas y procesos constructivos. Entre ellos, cargada al norte se eleva una sencilla pero bella espadaña, estructura destinada a que las campanas repiquen y llamen al rezo tanto a los frailes, como a la comunidad del barrio. Largas y verticales ventanas irán perforando las fachadas de cada volumen. Los gruesos muros de sillar de cantera (piedra labrada y colocada a canto en geometría precisa) dan a las ventanas una profundidad que permite jugar con la geometría abocinada, donde la parte exterior es más ancha y remata en un arco ojival, mientras que la interior es más angosta y remata en un arco trilobulado. Estas sutilezas rompen a la percepción de un ojo educado, la severa austeridad de una arquitectura que carece de ornamentación escultórica con excepción de un pequeño balcón que asoma en la fachada sur, con sus ménsulas estructurales trabajadas en boleos, y, en la parte superior de los muros, donde las cornisas labradas rematan el muro para contener la cubierta a dos aguas.
Rodeamos el templo sin encontrar acceso aparente, hasta que en la perspectiva de la Pendiente Vicenzo da Castija, el hueco entre el final del volumen del templo y la colindancia de la casa vecina, se llena por la alfarda de una escalinata que se desarrolla en contrapendiente a la vía.
Ahí nos dirigimos hacia una ancha y bien trazada escalinata que nos recibe para ascender al atrio donde encontraremos tanto el acceso al templo, como al monasterio. La portada que da entrada al espacio sagrado mantiene el rigor seco y austero de todo el edificio, solo roto por dos elementos: El volumen rematado en pedimento clásico donde se inscribe el arco de la puerta que, en arquivoltas labradas representando el cordón del sayo de San Francisco, adecúa la escala de ésta entre el afuera y el adentro, y el óculo que inyecta luz al coro, situado en eje con la puerta y el tejado, en cuya circunferencia se resalta escultóricamente el mismo cordón franciscano, símbolo de la orden.
Al norponiente del atrio, encontramos algo escondida la entrada al monasterio, sin nada muy particular. Es al ingresar al espacio interior, que se nos descubre el claustro, ese espacio interior que concentra la vida colectiva de las personas que ahí habitan, inscrito en un rectángulo perfecto, acotado por una arquería en la planta baja donde el arco y sus dovelas se expresan en tabique, mientras que columnas y muros lo hacen en piedra. El segundo nivel, o claustro alto, cambia su lenguaje a marcos estructurales de columnas de piedra y vigas de madera, donde el claro es más ancho que alto. Finalmente se cubre con un tejado a dos aguas. El patio del claustro en este caso, se adorna con un pequeño jardín. Todo muy austero, siguiendo con rigor absoluto la regla de Francisco.
Desde el claustro se observa la parte superior del templo en el cual se recarga, con la esbelta espadaña resaltando por encima de todos los volúmenes. Ya en los deambulatorios que rodean el patio, encontramos muestras de capiteles de distintas facturas como una exposición de testigos pétreos, silenciosos, discretos, ordenados para codificar memorias de tiempos extintos.
Solo las puertas que llevan al refectorio, y las columnas de sillar de cantera labrada, presentan alguna delicadeza formal de mayor refinamiento. Las primeras, una secuencia de arcos, donde el principal es de medio punto, que acoge a dos arcos ojivales que a su vez culminan en arcos trilobulados. Una bella secuencia evolutiva para decorar las vidrieras que filtran la luz al espacio interior. Dos son los vanos que se expresan en esta composición, una a cada lado de la puerta que sólido arco ojival sostenido por recias columnas que manifiestan la importancia colectiva del espacio. Al interior sin que pudiéramos pasar, pero espiando por las hojas de vidrio, alcanzamos a ver restos de pisos en mosaico veneciano con dibujos diversos, entre ellos, el símbolo ario del movimiento del que se apropiaron muchos siglos después y de forma deplorable, los miembros del partido Nacional Socialista alemán.
Una pequeña puerta enmarcada en piedra y rematada en la parte superior por un bajorrelieve en forma de arco ojival, nos da acceso al templo, ya que, como pueden observar en las fotografías, la entrada principal a éste se encontraba en proceso de restauración, impidiendo el andamiaje de la obra, poder ingresar por ella. La que nos permite pasar, es la adusta puerta por la que los frailes acuden al espacio sacro, la otra, sería la que daría acceso a las personas de fe, ajenas a la vida monástica.

El interior del templo destaca por su luz, que penetra por los largos ventanales góticos a un espacio que nutre, ya que no cuenta más que con las bancas que le amueblan, la bella armadura de madera que sostiene al tejado, y los desnudos de piedra que le envuelven. Al fondo, el coro nos presenta un viejo órgano tubular, pero el óculo a pesar de que brinda luz, no puede ser visto por la obra de restauración. Al lado opuesto, la nave remata con el altar principal y los dos laterales, cobijados por una arquería gótica. A diferencia de la nave principal, los tres espacios de altar se cubren con bóvedas de crucería marcadas con nervaduras. Un bellísimo y altamente manufacturado retablo gótico, adornado con pan de oro, brilla a la luz natural en el altar principal. La única pieza de lujo que se permite el adusto templo.
A pesar de la austeridad, es de notar la pieza arquitectónica que da acceso al balcón que observamos y describimos en la fachada exterior sur del templo: Una bella escalinata que parece flotar pegada al muro, sube en simetría perfecta a dos balcones, uno interior que forma el púlpito donde el sacerdote da la homilía, y otro exterior ¿será que en algún momento funcionó como púlpito externo para aquellas personas que no podían acceder por cualquier motivo al templo? Yo no había visto esa expresión antes, o no la recuerdo, pasto para seguir investigando.

Del medievo saltamos hasta la modernidad que promovió el racionalismo renacentista y su evolución barroca, no ocuparemos ahora un recinto religioso, sino uno defensivo. A lo largo de varios siglos, el poderío comercial de la Ciudad Estado conocida como Venecia, implicó que la bella y hoy romantizada ciudad de los canales tuviera un rango de incidencia política y administrativa en extensos territorios tanto de la península itálica, como de las costas mediterráneas. El poder del comercio, nos guste o no, conlleva mecanismos de control diversos y sofisticados en algunos casos, contundentes y pragmáticos en otros. Dentro de los mecanismos contundentes y pragmáticos, está el de la defensa de la mercancía o de los territorios a través de las armas, y de ahí la reconstrucción en la punta del cerro alrededor del cual se trazó la antigua Pula, de una fortaleza en el siglo XVII. Venecia construye en defensa de sus intereses y el Fuerte de Pula refleja claramente el racionalismo renacentista que domina los mecanismos militares para ello.
La planta es austera y pragmática: un espacio cuadrangular rematado en cada esquina por un baluarte en forma de punta de flecha. El resto lo hace la topografía. Caminamos por Castropola Ul. A la salida del Monasterio, con dirección norponiente hasta la intersección con Grandinski Upson, donde giramos casi 180 grados a nuestra derecha. Esta vía es el último anillo concéntrico antes del fuerte y su acceso principal. Siguiendo la dirección de la calle, a la izquierda encontramos los primeros muros de contención del fuerte con algunas incisiones donde aparecen escalinatas que cortarían el trayecto perpendicularmente a la calzada, a la derecha un parapeto que da al paisaje; ambos de piedra aparente. Un nuevo giro de 180 grados ahora sí, y Grandisnki Upson nos deposita a la puerta de la fortaleza, acotada por dos baluartes y con la torre vigía en segundo plano. Una batería de cañones nos da la bienvenida, recordando la época y el tipo de armamento vigente con que se aplicaba la defensa del recinto amurallado. Desde la plaza, alcanzamos a ver la ciudad, la espadaña del monasterio y la bahía.
Antes de ingresar al recinto, me asomo a los fosos, que arman ese tipo de espacio donde un percibe realmente lo difícil que es penetrar una fortaleza bien diseñada. Los cañones, otrora instrumentos de destrucción, hoy silenciosos y corroídos tienen una sensación escultórica, aquella de la mano paciente de la naturaleza que todo transforma. Un puente de madera nos permite trascender el foso y postrarnos ante la puerta, cuyo único ornamento es un recuerdo de pedimento clásico que remata un arco de medio punto. Al cruzarlo, penetramos por el túnel que forma la muralla al interior.
Ahí, podemos ingresar a lo que otrora eran los edificios de habitación y administración del fuerte, o deambular subiendo las rampas, por el paso de guardia y los baluartes. Esta opción nos regala bellas vistas de la ciudad, otrora necesarias para la vigilancia de la misma y del puerto, ahora, para recreación de las personas que visitan: los fragmentos del teatro romano, del anfiteatro, la bahía, los tejados de la ciudad antigua, nuevamente el monasterio y su espadaña, la profundidad de los fosos, puertas hoy en desuso.
Un ascensor nos llevará a otro tiempo y otra realidad. Es un sistema espacial, el último que narro en esta segunda entrega. En este sitio, convergen de manera peculiar las memorias del miedo y la esperanza simultáneamente, así como la necesidad de imaginar resiliencia en momentos catastróficos.
Este sistema recibe el nombre de Zerostrasse, y se encuentra en el fondo del cerro que cobija en su cúspide al fuerte. Su origen nos lleva a los tiempos del imperio Austro-Húngaro, cuando las crecientes tensiones internacionales, y la inconformidad de los súbditos de Francisco José y Elizabeta en regiones puntuales balcánicas, terminaron derivando en la Primera Guerra Mundial. Previendo el estallido, y dada la importancia comercial de Pula para el imperio en función de su posición estratégica en el Mediterráneo, el Imperio manda a construir un sistema de túneles que fueran capaces de albergar en caso de bombardeo, a profesionistas importantes, militares, bodegas de alimentos y armamento, en un esquema tipo panóptico, cuyo centro coincide con el vértice geométrico del cónico cerro (no del fuerte). Una calle parte hacia el sur, otra sensiblemente al oriente, otra simétrica a ésta al poniente, y otra al nororiente. Cada túnel sale a un punto específico de la traza concéntrica de la ciudad antigua.
Tras la denominada Gran Guerra y la disolución del Imperio de Francisco José, la ciudad quedó en manos del gobierno italiano, que amplió la red cuando ya se veía venir la Segunda Guerra Mundial, enfocando el destino de los túneles no a la élite profesional y militar, sino a la población en general. Las máquinas de guerra habían evolucionado lo suficiente para que el bombardeo aéreo fuera una realidad terrorífica y devastadora.
La visita actual con el conocimiento de su historia no deja de ser escalofriante, la museografía es estupenda y la sensación lumínica tiene una mezcla de catacumba, antro de moda, y espiritualidad intelectual que hacen de la permanencia una experiencia trascendente, al menos en mi sistema sensorial.
Así termina nuestra vista a Pula, donde la belleza se ve alimentada constantemente por este binomio triste pero inevitable al parecer, de nuestra humanidad, que transita entre lo sublime y lo deplorable, entre la imposión y la guerra, o la fuerza colectiva y solidaria.
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Hace tres años, mi colega, la Mtra. María del Pilar Álvarez y yo, escribimos un artículo que fue presentado en [...]