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Columnas

Pula: Notas imperiales desde Roma a Austro-Hungría

Pula: Notas imperiales desde Roma a Austro-Hungría

En la costa noreste del Mar Adriático, justo donde se encuentra la intersección entre las fronteras de Italia, Eslovenia y Croacia, con forma de cuña destaca la península de Istria. Una pequeña porción de su geografía, en la parte norte, pertenece a Eslovenia, el resto se integra hoy día a Croacia. Su ubicación geográfica es privilegiada tanto por ser un punto naturalmente protegido para la navegación mediterránea, como por la cantidad de conexiones por tierra vinculando la región balcánica con la alpina y toda la península itálica.

En esta peculiar península, los Ilirios fundarán la actual Pula. La región de Iliria y en particular Istria fue objeto de la expansión de la República Romana que, en el 177 antes de nuestra era, decide conquistarla para convertirla en uno de los bastiones oriente de contención contra los bárbaros (recordemos que, para Roma, eran bárbaros todos aquellos que no pertenecieran a su civilización, quizás exceptuando a los griegos) a partir de lo cual, a la ciudad referida se le conocerá como Polensium.

Tras el asesinato de Julio César, y la guerra civil subsecuente, terminará alzándose como primer emperador Octaviano, con el nombre de César Augusto. Instaurado en el poder, Augusto toma represalias contra las ciudades que habían apoyado al bando contrario, el de los asesinos de Julio César (Casio y Bruto), siendo Polensium una de ellas, por lo que es totalmente arrasada hacia el 39 antes de nuestra era, pero los beneficios de su ubicación, tanto en lo productivo como en lo comercial, animan a Augusto para que se reconstruya de forma monumental, ahora como Colonia Pietas Iulia Pola Pollentia Herculana, lo que eventualmente derivará en el actual nombre Pula.

Así, esta primera entrega se enfocará en los restos de aquellas construcciones monumentales de la época imperial romana.

Organicemos entonces el recorrido comenzando, como buen arquitecto y urbanista, por la descripción básica de la traza y ¡desde luego! Por los accesos.

La ciudad Romana se organizó alrededor de un cerro que marca una pequeña saliente en la costa protegida por una ensenada que forma el espacio protegido ideal para un puerto. El montículo se convierte en un punto vigía ideal para regular visualmente la entrada al puerto, cuestión que llevo a los Ilirios a construir ahí una pequeña fortaleza, el punto fue retomado desde luego para los mismos fines por la República Romana y por el Imperio de Augusto en adelante.

La condición portuaria y la topografía del cerro, obligan a que la traza no evidencie el tradicional Cardo y Decumano de la Cívitas Romana, y se ajuste a un no menos interesante juego de círculos concéntricos que van aprovechando la pendiente para ascender al fuerte. El espacio principal, el Foro, se ubicará en una plaza al este del cerro y casi en la orilla del mar.

Alrededor del cerro, se levantarán las murallas que protegen a la Ciudad, como era costumbre en un imperio que vivía constantemente en la actividad militar, y si hay muralla, hay puertas para controlar acceso y salida de las personas que habitan y visitan.

La puerta más monumental, de lo que queda hoy día en lo que fuera la amurallada Pola Pollentia, es el llamado “Arco de los Sergios”, construido entre el 29 y 27 antes de nuestra era, ubicada en el extremo sureste de la traza que marcaría la ruta en tierra hacia los territorios donde nace el sol cada mañana. No deja de ser notable que, tras más de dos mil años, y siendo la ciudad un sitio que ha sufrido en carne propia el continuo cáncer de la guerra en distintos momentos, esta magnífica construcción siga en pie, ciertamente algo rota en algunos detalles, como las hojas de acanto corintias que adornan sus capiteles y con los detalles algo deslavados por los dos milenios de sol, viento y lluvia que la acarician. La puerta da acceso como su nombre indica con dirección poniente, a la vía de los Sergios o ul. Sergijevaca en croata, la principal avenida de la ciudad antigua que nos lleva siguiendo su traza semicircular hasta el Foro. Actualmente la calle es el corazón de la vida nocturna, al menos en verano, de la Pula contemporánea. En el lado Este de la puerta se abre una gran plaza cívica. Este espacio público se convierte a su vez en un parque que va rodeando la antigua muralla romana con dirección al norte, dividiendo la sección más antigua de los crecimientos urbanos posteriores. Aunque la altura de la muralla no es despreciable (unos cuatro metros) la dimensión de las edificaciones actuales circundantes atenúa un poco el efecto masivo del parapeto fortificado, aun así, podemos observar un torreón, y el paso de guardia con sus almenas bien definidas.

Siguiendo la ruta que nos marca el trazo de la muralla, aparecerá un arco cuya geometría sobresale de la muralla, dándonos a entender que en otros tiempos, ésta sería de mucho mayor envergadura, probablemente superando los cinco metros de elevación. Este hueco intencionado en el profundo muro que otrora protegiera a la ciudad y sus habitantes de amenazas externas, representa otra de las puertas de la ciudad, en este caso, nos lleva a los restos del antiguo teatro. Roma va a ir equipando sus ciudades de acuerdo a los usos y costumbres de la capital del imperio. La puerta recibe actualmente el nombre de “Puerta de Hércules” pues en la piedra clave que cierra la estructura del arco, aparece ya desgastada por el tiempo, la efigie del héroe griego.

Continuamos el recorrido a lo largo de la muralla hasta encontrarnos con una nueva puerta, en este caso se trata de la denominada “Porta Gemina”. Un bello elemento arquitectónico presentado por dos arcos que, como su nombre indica, son gemelos, enmarcados por columnas de orden compuesto. Aquí, abandonaremos nuestro paseo alrededor de la muralla que circundaba la ciudad, por el simple hecho de que los restos arqueológicos de ésta desaparecen para dejar lugar a edificaciones de finales del siglo XIX, que se expresan más bien en el lenguaje del Imperio Austro-Húngaro. La memoria del elemento que fortificaba a la ciudad romana seguirá expresándose en la geometría de la avenida Kandlerova, pero nosotros encontraremos que, en el crucero de la mencionada vía con la que va en dirección opuesta, hacia el noreste, la perspectiva se remana con la presencia imponente de un edificio espectacular: El Anfiteatro.

Un espacio público al inicio de la Amfiteatarka ul. Presenta una bella maqueta en bronce de la ciudad, como parte de una fuente que nos permite comprender la urbe actual en su conjunto, pero es la magnética arquitectura de arquerías del que fuera un equipamiento fundamental para el entretenimiento de los ciudadanos de la Pula romana, la que nos atrapa inevitablemente atrayendo nuestro andar hacia su encuentro.

El Anfiteatro se construye en tres etapas, la primera de dimensiones más modestas en cuanto a la parte que contiene gradas y envolvente, hecha de madera, durante el imperio de Augusto y su visión de reconstruir la misma ciudad que él arrasa, con una escala adecuada a su ego… digo a sus expectativas de imperio. Una segunda etapa durante el gobierno de Claudio, ya realizado con mampostería. Pero la visión actual se la debemos a la dinastía de los Flavios, siendo Tito o Vespasiano, quienes culminaron la obra.

Cuatro niveles levantan la fachada del imponente anfiteatro, el primero funge como gran basamento prácticamente cerrado, excepto por el punto que marcaría el acceso principal, donde dos de los arcos del segundo nivel se deslizan hasta el piso. Este basamento conecta la masa arquitectónica con la cimentación de la estructura. Después, el segundo y tercer nivel en arcadas que aligeran el volumen proyectando rítmicas transparencias al interior del recinto, como el velo que permite imaginar sin realmente dejarnos ver. Finalmente, el cuarto nivel remata la fachada menos masiva que el basamento, pero menos ligera que sus niveles antecesores, dejando un equilibrio entre los vanos rectangulares y los macizos. La imagen nos lleva inevitablemente al Coliseo romano, evidentemente prototipo influenciador de la construcción que estamos presenciando.

Al llegar al actual espacio urbano donde se abre la perspectiva, nos damos cuenta que el pensamiento arquitectónico de quien realizara la obra, entiende la monumentalidad pero también es pragmático y eficiente, pues la curvatura elíptica de la fachada que envuelve al espacio escénico, se incrusta en la ladera que respalda al evento constructivo que aquí les describo, de tal forma que los cuatro niveles transitarán hasta llegar a dos en el lado opuesto del volumen con relación al punto donde llegamos. Estos dos niveles se compondrán del primero en arcada y el segundo continuando el ritmo de vanos y macizos rectangulares que le dan unidad a todo el conjunto, pues es la única parte de la fachada del edificio que permanece constante.

El recorrido perimetral del monumento, nos permite ir visualizando conforme los arcos quedan a nivel del peatón, atisbos del interior, y la primera sorpresa en este sentido, es el escenario contemporáneo que se levanta entre las ruinas. La segunda sorpresa se manifiesta en una serie de pequeñas carpas que dan sombra al pasillo por el cual se entra a la visita actual. Me molestan, me estorban en la visualización plena del bello vestigio, pero tienen un sentido social: generar sombra en el caluroso verano mediterráneo al público que hará largas filas para acceder al espectáculo, porque si, contrario a lo que uno está acostumbrado, la edificación de casi dos milenios de antigüedad vibra aún con la decisión del gobierno de la ciudad, de utilizarla tanto para escenificaciones que rememoran los tiempos del gladio, como para conciertos y eventos similares de la cultura contemporánea. El anfiteatro no es una momia, es un ser vivo cuyos muros pétreos aún absorben la intensidad vital de la audiencia.

A nosotros no nos han tocado grandes filas. Es temprano en la mañana y aún el verano no ha llegado a su punto climático de viajeros, por lo que compartimos con una cantidad muy cómoda de turistas, la transición entre el exterior y el interior.

Ya adentro, los restos de lo que fueran las tribunas nos dejan imágenes parciales que nos permiten imaginar el gran evento. Al igual que me sucedió con la visita del teatro y anfiteatro de Mérida, Extremadura, relatado en esta columna hace algunos años, el funcionamiento del recinto se ha mantenido en su esencia hasta nuestros días: Varias puertas de acceso, escalinatas para acceder a los pisos superiores, pasillos de circulación equidistantes a cada cierto número de asientos.

Por debajo de lo que serían las tribunas, un sistema de túneles conecta con los espacios de servicio, que ahora presentan un interesante museo de sitio que contiene entre otras cosas, restos de elementos estructurales como columnas y capiteles, máquinas para hacer aceite, y muchas ánforas de barro.

Tras el enorme impacto generado por el anfiteatro, dirigimos ahora nuestros pasos hacia lo que fuera el “Foro de Augusto”, actual plaza principal de la ciudad. El potente espacio público se arma con edificaciones de distintas épocas, evidenciando los dos milenios de ocupación urbana. La mayoría de las edificaciones pertenecen a períodos post romanos que podremos narrar en la siguiente entrega, pero al lado del Palacio de Gobierno, esbelto y elegante, nos mira el denominado “Templo de Augusto”.

El edificio se levanta algunos escalones por sobre el nivel de la plaza, mostrando en su fachada principal el rigor romano para copiar las formas clásicas griegas: un Frontón remata la crujía a dos aguas del techo del templo, sostenido por seis columnas corintias, cuatro frontales y dos laterales que determinan el atrio de entrada abierto a la plaza. Una puerta de grandes dimensiones, único vano de todo el recinto, determina contundentemente el acceso al interior, presentado hoy día con restos de esculturas y bajorrelieves originales de la época. Rodear el edificio nos permite ver con claridad el sistema constructivo de mamposta que aún conserva algunos restos del recubrimiento, más refinado, de cantera labrada. Pero la espalda de la edificación nos regala una sorpresa más: la parte posterior del “Templo de Diana” de idéntica configuración arquitectónica al de Augusto, pero sin fachada principal pues este edificio fue aprovechado para completar el Palacio de gobierno medieval.

La arquitectura se recicla y se reutiliza por las personas que la habitan, se conserva aquello que dichas personas consideran valioso, y cuando deja de serlo, el material del que fuera construido se aprovecha para nuevas edificaciones. Una última visita a los cimientos de una antigua casa cierra la experiencia romana en Pula, pero queda mucho que ver de las otras capas de tiempo que materializan la historia de la ciudad a través de su arquitectura. Ya las comentaremos en la próxima entrega.

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