La arquitectura necesita crítica, no teoría
Lo que se necesita en arquitectura no es pensar en teoría en abstracto sino en su capacidad de ser crítica [...]
15 junio, 2015
por Joaquín Díez Canedo | Twitter: joaquindcn
Su tercer proyecto en Nueva York, recientemente anunciado, es la torre número dos del World Trade Center. El sitio, uno de los tantos propuestos alrededor del monumento a las víctimas del 9/11 por el plan maestro de Daniel Libeskind, está, evidentemente, cargado de significado. Si bien aún falta mucho para que este magnánimo plan, que incluye cuatro torres que aumentan su altura en espiral enmarcando el monumento, quede consolidado, las obras concluídas incluyen el monumento mismo, la recién inaugurada Liberty Tower de SOM (también conocida como WTC 1 y que reclama el título de la más alta de América) y la más tímida WTC 4, del japonés Fumihiko Maki. La polémica y costosísima terminal de transportes de Santiago Calatrava se alza lentamente entre las torres y el memorial como un gran esqueleto blanco de acero, aún lejos de ser terminado.
La WTC 2, segunda de más altura, fue inicialmente asignada a Norman Foster,[3] pero la decisión de cancelar este contrato es que uno de los futuros dueños, la enorme empresa 21st Century Fox, sentía que la torre de Foster era demasiado solemne y no representaba los valores de su empresa, pues parecía ser más propia de “un banco de inversiones que de una compañía de medios moderna.”[4] ¿Y a quién más llamar para representar el ludismo de los medios que al arquitecto de moda en la Gran Manzana?
Fiel a su estilo, Bjarke Ingels asume la condición de transición espacial entre Tribeca, barrio residencial tradicional de poca altura para escala neoyorquina, y el Distrito Financiero, meca de las torres de cristal de esta ciudad. Simplista ante todo, propone una torre que hacia el norte, Tribeca, se lee como una serie de cajas apiladas una sobre la otra, que se van retranqueando en altura y que permiten terrazas y parques en estos retranqueos. Ingels utiliza el término “villa vertical” para llamar a estas cajas, pues, dice, están inspiradas en las manzanas tradicionales de este barrio de “lofts y roofgardens”. (¿Alguien que no vea el video entenderá la referencia?) Estas cajas, además, parecen estar diseñadas para albergar sus “necesidades específicas”, como canchas de basquetbol, estudios de grabación y atrios. Por el otro lado, hacia el Distrito Financiero, las cajas de la WTC 2 se alinean para ofrecer el gran paño de cristal propuesto por los primeros renders del plan de Libeskind, en un claro intento por apegarse a la solemnidad monumental del sitio.
La presentación en video convence a cualquiera que tenga la voluntad de dejarse llevar por su impecable factura. Bjarke aparece relajado, confiado en la solidez de sus argumentos y siempre a nivel de calle, como si él fuera uno más de los peatones que caminan por las calles de Tribeca todos los días. La explicación de la idea es tan simple que no solo no da pie a críticas sino que parece que no podría haber otra solución: es evidente que lo único que podría haber ahí eran esas cajas. Entonces arranca la verdadera odisea: la torre se materializa como por arte de magia después de haber aterrizado de forma ingrávida sobre el terreno. Entramos a uno de los lobbies en donde la gente está feliz de tener que tomar un ascensor que los llevará a la gloria laboral: hay diversidad racial, un estudio de televisión con los Simpson de fondo, una chica tomando el sol descalza y en traje sastre en una de las terrazas, pájaros a doscientos metros de altura, y dos jóvenes ejecutivos colgando lámparas chinas en un espacio de triple altura mientras su colega, una atractiva entrepreneur, avienta un avioncito de papel. Todo es posible en esta espiral ascendente de innovación, cristal y creatividad sin límites, hasta echar una reta de basquet o aplaudirle al limpiavidrios.

Lejos queda la crisis financiera del 2008, las imágenes de los impactos aéreos sobre las Torres Gemelas, el enorme desplazamiento de gente hacia las periferias de la ciudad por los elevados costos de vida en el centro y el alto número de suicidios de ejecutivos de Wall Street que, agobiados por las presiones de la vida laboral escogen esta ruta para acabar con sus vidas. En esta torre de BIG, al compás del Danubio Azul, todo está resuelto y la vida es feliz.
No sé en qué mundo he vivido, pero definitivamente quiero vivir ahí, en la Gran Manzana: the BIG Apple.
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[1] Acá se puede consultar la nota periodística que anuncia el proyecto: https://nextcity.org/daily/entry/new-yorks-new-335-million-storm-surge-barrier-will-transform-the-lower-east [2] Acá más información: http://www.dezeen.com/2011/02/08/west-57th-by-big/ [3] Cabe mencionar que este no es la primer polémica dentro del sitio. La Liberty Tower sería originalmente diseñada por Libeskind y SOM, quienes finalmente desplazaron al polaco. [4] Acá se puede ver lo publicado por Dezeen, así como el video promocional http://www.dezeen.com/2015/06/09/big-two-world-trade-center-skyscraper-new-york-city-oust-foster-partners/
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