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Columnas

Richard Rogers en la Royal Academy

Richard Rogers en la Royal Academy

21 julio, 2013
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria

Richard Rogers es un entusiasta. Este joven octogenario (Florencia, 1933) confía en el poder de la arquitectura no sólo para dar forma sino para transformar la sociedad. Para Rogers el diseño arquitectónico es demasiado complejo para que lo pueda resolver una sola persona y reivindica el trabajo en equipo, la colaboración permanente.

Con pasos rápidos y movimientos frágiles nos mostró con pasión la exposición Inside out en la Royal Academy londinense, poco antes de su inauguración. Esta antología de su obra y de su filosofía, explora la influencia que la arquitectura puede ejercer sobre la política, detonada desde el debate cultural y el activismo social. Tratando de trascender a la forma de los edificios icónicos y fácilmente reconocibles, Rogers propone una lectura de su trabajo desde lo que denomina su ethos, para ofrecer una amplia perspectiva que va del territorio físico de sus obras construidas a las artes visuales, pasando por la ciencia y la tecnología, hasta llegar al compromiso ético. Inside out (Al revés) muestra la génesis de sus edificios más emblemáticos. Ahí están los dibujos originales para el Centro Pompidou de París, que a finales de la década de 1970 puso a Richard Rogers y a Renzo Piano en el mapa de la arquitectura de vanguardia mundial. Ahora, estos dos arquitectos dibujan el skyline reciente de la City londinense con The Shard de Renzo Piano -el edificio más alto de Europa con sus 310 metros- y Rogers, con el “rallador de queso”, a poca distancia del “pepinillo” de Norman Foster y del edificio Lloyd’s que el mismo Rogers construyó en los años ochenta, encumbrando la arquitectura high-tech a su máxima expresión con sus cilindros metálicos que albergan las instalaciones y los servicios en el perímetro y las oficinas diáfanas alrededor de un gran hueco central. El título al revés de la muestra alude también a la necesaria capacidad de adaptación de estas construcciones que nacieron respondiendo a un programa y que, con el paso del tiempo y la incorporación de nuevas tecnologías, se han modificado. Así, los archivos de las oficinas de la Lloyd´s desaparecen y la biblioteca del Centro Pompidou se digitaliza, detonando un exceso de capacidad espacial. La exposición en cambio, está atascada de maquetas, de gigantes detalles constructivos a escala real; de fotos de su infancia -un claro homenaje a su madre-, de la influencia que ejerció su tío Ernesto N. Rogers -socio del equipo milanés BBPR y director de Casabella/Continuità-; de sus primeros años con Norman Foster y sus respectivas esposas, quienes cargaron de entusiasmo el Team Four; de la primera maqueta con la que Renzo Piano y él ganaron el concurso y los planos constructivos dibujados a mano del Centro Pompidou; de cartas, fotos de viajes, maquetas retro-iluminadas y en movimiento, de edificios como la Lloyd´s londinense o la torre Bancomer, en construcción en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México, hasta proyectos fallidos que quedaron en la bodega de la oficina.

Más allá de su obra desigual y festiva que se muestra en esta exposición de impactantes colores que, como él, visten su trabajo, Richard Rogers hace un manifiesto a favor de los valores éticos, sociales y urbanos. Colaborador nato, disfruta la energía que fluye entre disciplinas, entre matemáticos y sociólogos, entre ingenieros y filósofos, para interactuar generando las mejores soluciones. A su vez, reivindica una sociedad justa y equitativa, dando ejemplo en su propio despacho donde comparten utilidades entre socios y empleados. Y asevera que se debe estar en permanente campaña política, ya que ésta “es demasiado importante como para dejarla en manos de los parlamentarios.”

La ciudad es el lugar de encuentro y de intercambio de ideas y bienes. Cuando ésta es gobernada con justicia, transparencia y equidad nos lleva a una sociedad más justa. Y Rogers aspira a legar una ciudad no sólo más justa sino también más hermosa que la que le tocó vivir, por lo que colaboró intensamente con alcalde Ken Livingstone, transformando una ciudad para los coches en una ciudad de ciudadanos.

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