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Columnas

La arquitectura como trabajo y los derechos laborales

La arquitectura como trabajo y los derechos laborales

23 diciembre, 2021
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

 

 

En estos días fue varias veces compartida por personas relacionadas con el gremio de la arquitectura una nota publicada por el New York Times titulada Architects are the Latest White-Collar Workers to Confront Bosses. El punto de partida era que, “empleados de la reconocida firma SHoP Architects anunciaron que buscan cambiar la fórmula de largas horas a cambio de pagos medianos dando un paso que es casi inaudito en su campo: conformar un sindicato.” El artículo, firmado por Noam Scheiber, inicia afirmando que, en la cultura popular, junto a quienes se dedican a la medicina y a las leyes, quienes trabajan en la arquitectura gozan de cierto prestigio. Lo que hacen se concibe más como una vocación —un llamado— que como un empleo convencional —suponiendo que nadie tiene la vocación de trabajar, digamos,  preparando declaraciones de impuestos ajenas. El pero, continúa Scheiber, es la diferencia en la paga entre quienes se dedican a la arquitectura y esas otras profesiones prestigiadas.

Resumiendo lo que expone la nota, en muchas oficinas de arquitectura, más en aquellas que se conciben como “propositivas” que en las que asumen un papel corporativo, las jornadas a veces son más largas que lo legalmente estipulado —sobre todo si se aproxima alguna entrega importante— y el pago por esas horas extra, si lo hay, tampoco es siempre lo que la ley exige. Ese tiempo y esfuerzo extra se supone que son parte de un compromiso particular no sólo con los empleadores sino con la profesión misma. Así es la arquitectura —aunque de hecho es un discurso que repiten muchas otras profesiones que se autodefinen como creativas.

En México y otros países sucede lo mismo que en los Estados Unidos. En realidad se trata de un enredo complejo con raíces que van hasta la formación de quienes se dedican a la arquitectura. Estudiar arquitectura es aceptar que se pasarán largas noches en vela terminando trabajosas tareas. Quienes enseñan arquitectura asumen muchas veces que ese modelo pedagógico con el que se formaron y que se repite generación tras generación, es el óptimo. Al salir de la escuela o desde los últimos semestres, conviene tener un empleo en una oficina de aceptable prestigio, aunque sea por un sueldo pequeño o incluso inexistente: es ahí, se repite sin reflexionarlo demasiado, que la verdadera formación empieza y, si no, al menos suma al currículum. A su vez, muchas de esas oficinas buscarán trabajo y reconocimiento entrando a concursos o presentando propuestas no siempre bien retribuidas —o, simplemente, sin ningún pago. Son apuestas en las que se invierte mucho tiempo y dinero y a las que se supone que todas las personas que colaboran en dichas oficinas deben sumarse con el mismo ímpetu y compromiso. Así es la arquitectura, dicen. El problema es cuando, además de una vocación, la arquitectura es además un empleo que debería servir para pagar las cuentas. También resulta problemático cuando llegan las retribuciones y recompensas, sean monetarias o “capital” social o “cultural” —el buscado prestigio, pues—, y no se distribuyen de manera equitativa entre todas las personas que invirtieron en la apuesta. El supuesto compromiso con el trabajo y la profesión —ese “ponerse la camiseta” del que se habla a veces— muchas veces no va acompañado del compromiso inverso: el reconocimiento de la colaboración.

En su libro A place for all people: Life, Architecture and the Fair Society, el recién fallecido Richard Rogers afirmó que la arquitectura es social no sólo por su impacto, sino por ser “inherentemente una actividad social, un ejercicio de colaboración”. Constantemente a lo largo del libro menciona quién diseñó qué en distintos proyectos. Pero el reconocimiento a sus colaboradores va más allá de nombrarlos. También explica que su oficina es propiedad de un fideicomiso para la caridad —Charitable Trust, una figura que también implica ciertos beneficios fiscales— en la que el sueldo más alto está limitado a ser máximo nueve veces el más bajo, mientras que el 75% de las utilidades son repartidas entre los empleados con una antigüedad mayor a dos años y el 20% se destinan a obras de caridad elegidas por cada trabajador. Que un arquitecto de los más reconocidos y premiados se detenga a explicar la operación financiera de su oficina es excepcional. La organización de Rogers Stirk Harbour + Partners, por muchas razones, es distinta a la de la la cooperativa de arquitectura Lacol, en Barcelona, con un modelo aún más horizontal y participativo —tanto en responsabilidades como beneficios—, o del Fideicomiso para beneficio de los empleados —Employee Benefit Trust— en que recientemente se convirtió la oficina de arquitectura fundada por Zaha Hadid, que en un comunicado afirmó: “las generaciones más jóvenes de arquitectas y arquitectos están exigiendo que nuestra profesión se vuelva más accesible e igualitaria.”

El problema, quizá, resida en cierta concepción de la arquitectura misma como algo que, al mismo tiempo que exige mucho trabajo, lo excede; como un suplemento al mero trabajo, pues. El arquitecto concibe antes de actuar, según explicó Boullée en el siglo XVIII, y aunque apuntaba a una diferencia entre el construir y la arquitectura, esa distinción quiere instalarse en el seno mismo de la arquitectura separando no sólo la concepción de su ejecución en dibujos y modelos, sino instaurando una jerarquía entre los trabajadores de una oficina de arquitectura que, por supuesto, se traduce en los beneficios económicos recibidos. Que nuevas generaciones de personas dedicadas a la arquitectura se reconozca en principio como trabajadores —aunque sea de cuello blanco— con la posibilidad, por tanto, de exigir sus derechos y terminar con malas prácticas —como bajos sueldos, horas extras sin paga o “becarios” también sin ninguna remuneración— ya implica repensar la manera como la arquitectura concibe el trabajo y se concibe a sí misma como un trabajo. Queda, hacia fuera de la disciplina y la profesión, repensar también la historia que separa y articula el trabajo de construir la arquitectura —no sólo edificios— del trabajo de concebirla. 

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