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Columnas

Qutub Minar: Buscando la libertad desde lo más alto

Qutub Minar: Buscando la libertad desde lo más alto

Corre el siglo 12 de nuestra cuenta de los años (no así la que lleva este personaje) y Qutub-ud-din-Aibak mira al cielo, busca el oriente y comienza su rezo. Sabe que Alá le escucha.

La memoria lejana de su infancia en el ahora lejano Turkestán, la abducción de su familia y su venta como esclavo son referentes de un momento oscuro, pero Alá escucha. Su compra por Qazi Fakhruddin Abul Aziz Kufi le proveyó de un trato amoroso, más de hijo que de siervo por parte de su amo y su familia, además de una educación en lo físico y lo intelectual, que le iría abriendo puertas poco a poco. Su segunda venta, al morir Qazi, le permitió llegar a la corte del Sultán Ghurid, Muhammad Ghori, en la ciudad de Ghazni. Ahí, sus cualidades intelectuales y su carácter noble le valieron la atención de su nuevo amo, misma que, eventualmente le permitiría evolucionar en una carrera militar.

Ahora, como primer Sultán de Delhi y recientemente manumitido, tras la muerte del amo, la historia del esclavo que llegó a ser el General más destacado del gran conquistador Muhammad Ghori, y designado por éste como su sucesor parece un cuento ficticio, parece un cuento de las mil y una noches, por ello Aibak está seguro que es Alá quien ha trazado su destino.

Así, su rezo al creador y arquitecto de su destino, comienza hacia el 1192 con la construcción de Quwwat-ul-Islam (El Domo del Islam), la mezquita desde donde se cantarán las alabanzas al Señor. Para ello, decide como buen militar, una acción impositiva que no deje dudas sobre la fe que regirá desde su gobierno: La mezquita se asentará sobre el previo Templo hinduista de Prithvi Raj, y utilizará para su construcción las piedras labradas de otros 24 templos hinduistas y jainistas.

Su arquitectura describe un gran patio enclaustrado por un porticado perimetral, donde los bellos sillares labrados de los templos previos forman la columnata. El sol se combina con el color arena de la cantera, y la luz penetra y rebota entre el suelo, los muros y el techo, creando una sensación áurea a la cual es difícil pasarle desapercibido. Envuelto en ella, el tiempo se pausa y la respiración se templa volviéndose rezo, sobran las palabras.

La mezquita será ampliada posteriormente por el yerno de Aibak, Shamsuddin Iltutmish, quien añadirá una bella pantalla de arcos apuntados, que provoca una transición de escala entre el exterior del recinto y el interior. Una curiosa e interesante mezcla de expresión netamente musulmana con mano de obra hinduista, provocará que el arco principal de dicha pantalla, funcione más como la unión de dos piezas en cantiléver y no como un arco dovelado. Si usted, lectora o lector, pone atención, notará en la imagen la falta de piedras labradas en cuña. La pantalla se completa con inscripciones del Corán socavadas en la misma estructura ésta realizada con piedra arenisca color rojo.

El mismo Iltutmish mandó construir su mausoleo dentro del espacio de la mezquita. Un notable recinto de piedra arenisca roja, en cuyo interior descansan sus restos arropados por la tumba construida en mármol blanco. Algunos detalles de este material son añadidos a los muros perimetrales del recinto. Versos del Corán y analogías florales ornamentan las paredes, porque en esta forma de generar conocimiento y en esa época, el ornamento no era considerado un delito, como sentenciaría en otro contexto y época, siglos después, el arquitecto checo Loos.

Pero regresando a Aibak, su idea de mezquita sería imperfecta sin un alminar desde donde el almuédano cantará llamando al rezo. Sin embargo, no podía ser cualquier torre, así que Aibak idea con sus arquitectos una base cuya dimensión de unos 14m de diámetro, pueda soportar la máxima altura. La fábrica será realizada con mamposta de ladrillo, pero el recubrimiento dibujando una bella estrella de múltiples picos en planta, estará ejecutado con piedra arenisca roja, jugando entre columnas redondas y prismáticas encintadas por pasajes del Corán.

La pretensión de llegar a lo más alto, hizo que la vida de Aibak no alcanzara para ver culminado su gran minarete, que seguirá creciendo a las órdenes del Iltutmish, quien agregará tres niveles más. Hacia el siglo IV, Firuz Shah Tughlaq reparó el último segmento de Iltutmish, dañado por un rayo, y añadió otro nivel más para llegar a los 72.5 metros de altura que presumen todas las referencias que usted pueda encontrar bibliográficamente sobre el monumento.

El minarete trasciende su uso meramente religioso. Es un acento de la victoria islámica en la región, un gran vigía que cuida silencioso el entorno y señala la ubicación de este centro de energía en el paisaje. Es quizá por ello que se convierte en la única construcción del conjunto, que no presenta signos de decadencia ruinosa.

Por otra parte, el nivel de detalle al que se llega en cada una de sus secciones no deja de ser abrumador. Apoyado por el lente telefoto, quedo absorto en la contemplación de las frases escritas en árabe que se intercalan con cornisas en cuyos fantásticos capiteles se entrelazan arcos apuntados, plolilobulados, trilobulados, unos sobre otros formando capillas interminables que van dándole la vuelta como enorme cornisa, a cada segmento del gran minarete, jugando a su vez con el balance plástico entre la imponente verticalidad del edificio y sus segmentos horizontales que marcan inevitablemente, cada etapa constructiva, todo, todo, acompañado de intrincados tejidos geométricos abstractos.

Con todo lo sobrecogedor que pueden ser estos dos edificios, el conjunto continúa con adiciones posteriores de las cuales, compartiré también algunas reflexiones.

Hacia el 1311 de nuestra era, el entonces gobernante Alauddin Khilji manda a construir una puerta alterna. Por el nombre del personaje, este monumento es conocido como Alai Darwaza (puerta de Alauddin). Considerada uno de los mejores ejemplos sin transformar de la arquitectura indo-islámica, aunque ha perdido algunos de los elementos labrados que ornamentan el volumen, el edificio no deja de ser un espacio contemplativo que suma al conjunto. Intercalando elementos de piedra roja arenisca con mármol, componen el volumen una secuela de celosías en la parte baja, interrumpidas en los cuatro costados por arcos apuntados en la traza, y plurilobulados en el retoque final. En la parte alta, una serie de enmarcamientos de nichos juegan a otra escala, pero con el mismo ritmo, con las celosías. El basamento elevado varios escalones sostiene la edificación de la puerta, mientras que una bóveda semiesférica la remata. Nuevamente se conjugan pasajes del Corán entrelazados con fantasías de juegos geométricos e interpretaciones vegetales que calan la piel de cantera tanto al exterior como al interior.

A un lado de la puerta, e insertado en el conjunto durante el siglo XVI, se encuentra un bello mausoleo donde predomina ahora el mármol blanco, mientras que las celosías se vuelven calados en piedra roja arenisca. El edificio pertenece a la memoria de Muhammad Alí —no el gran boxeador de pesos pesados del siglo pasado, sino un clérigo y académico famoso en Delhi, que era mejor conocido popularmente como Imam Zamin. Montada sobre un basamento de piedra más rudamente trabajada y de colores arena, la columnata de mármol que va cerrando sus claros con las celosías descritas sostiene un segundo cuerpo que, a manera de friso, se convierte en el soporte de una cúpula octagonal.

La ruina de un segundo minarete inacabado, cuya pretensión era ser aún más alto que el de Aibak, una Madrasa (Escuela) y su mausoleo, son parte del legado de Alaudín. Su estado ruinoso, permite acentuar el aire romántico de la zona, donde lo lejano, lo remoto, lo ignoto y lo incógnito, quedan flotando en un ambiente adecuado.

Finalmente, y como algo más dentro del universo excepcional de este grupo arqueológico, no puedo dejar de mencionar un pilar redondo, hecho en hierro sólido y cuya altura llega a los 7 metros, que se sostiene solitario formando una diagonal casi perfecta a 45° con el Qutub Minar (que, por cierto, se discute si su nombre deriva del gobernante que lo manda a hacer, o de un santo sufi del siglo XIII, cuyo nombre también cuadra en la cacofonía: Qutbuddin Bakhtiar Kaki).

Esta peculiar columna fue trasladada a Delhi desde la región de Udayagiri en el siglo XIII de nuestra era. La proporción de altura y diámetro del elemento, genera una bella sensación de esbeltez que contrasta con la monumentalidad del minarete que tiene junto. La columna pertenece a la arquitectura hindú del siglo V de nuestra era, durante el reinado de Chandragupta II. Además de sus proporciones peculiares, la otra experiencia estética que nos brinda, es la de su resistencia a la corrosión, debido a la pureza del hierro con la que está hecho, quizá de ahí, que nadie se atrevió a fundirlo para convertirlo en otra cosa.

Hoy en día, el conjunto protegido por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, dentro de una zona arqueológica mucho más amplia, no está exento de cuestionamientos, ya que al final, y con toda su belleza, deriva como muchos otros grandes monumentos construidos por nuestra especie, de acciones donde una ideología pretende sobreponerse a otra a toda costa. Existen grupos radicales hinduistas, que consideran deben “limpiarse” las estructuras actuales, para extraer y recontextualizar los remanentes constructivos previos a la llegada del islam.

Al final, y como ya es costumbre en estas reflexiones, el patrimonio vale siempre que tenga un significado para la gente, ya sea en ruina o con vida activa. Y los significados como las ideologías, se transforman inevitablemente.

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