Más allá de su función, el proyecto transmite una visión colectiva: trabajar en conjunto, mantener vínculos con el territorio, transmitir, recibir, convivir y degustar. El programa híbrido reúne oficinas, espacios gastronómicos, áreas de exhibición y espacios de recepción dentro de una organización clara y adaptable. Favorece el intercambio entre distintos oficios, incluido el trabajo de los nez —especialistas en la creación de mezclas aromáticas—, en un entorno propicio para la transmisión de conocimientos y el estímulo creativo.
En Salles-d’Angles, el proyecto se integra en un paisaje ondulado estructurado por viñedos. La arquitectura acompaña el terreno y geometriza el territorio en lugar de restringirlo. Ubicado dentro de una instalación industrial de embotellado de Hennessy, clasificada como ICPE —instalación industrial sujeta a regulación ambiental en Francia— y situada junto a una base aérea militar, el edificio desarrolla una superficie de 4,000 m² en un contexto exigente.
El edificio se organiza mediante una composición tripartita: basamento, cuerpo principal y nivel bajo cubierta. Su relación con el terreno es singular: la estructura de madera descansa ligeramente sobre él, sin anclarse, preservando la integridad del suelo natural y reafirmando su ligereza y reversibilidad. Este espacio de transición combina confort climático, circulación y contemplación.
El cuerpo principal se despliega mediante una retícula estructural regular, articulada rítmicamente por una galería de pasarelas. El nivel bajo cubierta se eleva hacia el cielo mediante la prolongación de la marquesina, cuyo intradós está teñido de un rojo intenso que evoca los reflejos ambarinos del coñac.
El paisaje penetra en los espacios interiores, que se prolongan visualmente hacia el horizonte. Al sur, el proyecto se abre hacia el terruño y los viñedos. En esta orientación, la fachada compuesta por pasarelas adquiere profundidad y una función activa: constituye tanto un espacio de colaboración como un sistema de protección solar pasiva. Al norte, un jardín-patio compartido reúne las actividades de ambos edificios en torno a un espejo de agua que propicia el diálogo entre arquitectura y naturaleza.
Las pasarelas conforman una galería habitable que fomenta la interacción, mientras que las aberturas enmarcan el paisaje e integran los espacios en su entorno.
El acercamiento al proyecto se concibe como una secuencia de bienvenida, desde el paisaje hasta la arquitectura, en sintonía con la cultura de la hospitalidad propia del universo del coñac. Desde el estacionamiento, los senderos convergen hacia la parte superior de un terraplén que configura una explanada compartida y conduce a una pasarela que señala el acceso. Desde este punto de equilibrio, el edificio se despliega hacia el jardín inferior y los niveles superiores, mediante una transición continua entre paisaje, terreno y arquitectura.
En el interior, esta continuidad se invierte: los espacios se abren primero hacia el jardín y después hacia el paisaje circundante.
La estructura modular prefabricada de madera expresa una racionalidad poética, sustentada en una retícula clara de columnas y vigas. Los espacios de transición favorecen la fluidez, la ventilación natural y una relación constante con el paisaje: distante hacia el sur y orientada hacia el interior al norte.
Las áreas de circulación, concebidas como auténticas estancias, se despliegan a la manera de una sala hipóstila, formada por una sucesión de columnatas. Estas enfatizan la estructura de madera y organizan los desplazamientos por el edificio, ofreciendo perspectivas profundas y aperturas visuales. Las estaciones de café, los rincones y las mesas compartidas enriquecen las áreas de circulación e integran de manera natural los distintos usos.
Los espacios principales se apartan del orden que rige el conjunto para convertirse en momentos excepcionales, ubicados estratégicamente en los extremos del sistema, como episodios dentro de una narración.
La Place du Village, bajo una doble altura y un techo de vidrio ámbar, trasciende la función de restaurante para convertirse en un lugar de convivencia. Otros espacios expresan la identidad de la Maison: el mostrador de eaux-de-vie recibe a los viticultores; la sala de degustación privilegia la privacidad y la concentración; y el comedor combina hospitalidad y espacio de trabajo con sencillez y eficiencia.
La madera, lejos de utilizarse como recurso decorativo o efectista, expresa una arquitectura constructiva, sostenible y sensible, en sintonía con la cultura vitivinícola. Su veta y sus ritmos generan una materialidad viva, tanto visual como táctil. El desempeño acústico convierte el edificio en un refugio, donde el silencio adquiere una cualidad espacial esencial.
El desempeño energético y las certificaciones reflejan una ambición integral, en la que la excelencia ambiental se convierte en un motor de creación.
Hennessy Village trasciende el carácter elemental de la tipología convencional de edificios terciarios destinados a oficinas y servicios. Entre intuición y método, sensibilidad y rigor, el proyecto propone una arquitectura elegante que no busca demostrar, sino revelar.
Una arquitectura que imagina lo evidente y despierta, sencillamente, la emoción.