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Martín Gutiérrez (1927-2020)

Martín Gutiérrez (1927-2020)

25 septiembre, 2020
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria

 

Martín Gutiérrez transfirió constantemente el conocimiento de la docencia a la práctica profesional y —a la inversa— de su despacho a la escuela. El arquitecto sabía que teoría y práctica van de la mano, así como aprender y enseñar. La arquitectura es una disciplina compleja, generalista, que modela el espacio creando límites. Y el aprendizaje requiere de disciplinas para conformar espacios. Con vocación innovadora donde la práctica y la docencia se complementan, y lejos de los modelos académicos de antaño, cabe ubicar la trayectoria del arquitecto Martín Gutiérrez, que a lo largo de cuatro décadas exploró los caminos de la enseñanza de la arquitectura, incorporando conocimiento práctico y teórico, involucrando a los mejores profesionales en la docencia, y estimulando a los estudiantes hacia el descubrimiento creativo de la profesión.

“Cuando terminé mi carrera —recordaba Martín Gutiérrez— sentía que salíamos muy mal en metodología y pésimos en construcción.” Desde su examen profesional, González Reyna lo invitó como profesor auxiliar y éste no aceptó.“Sí, quiero ser profesor, pero no estoy listo para serlo”, así que primero se fue a Filosofía y pidió a dos grandes pedagogos que le dejaran entrar como oyente a sus clases. A su vez, decidió trabajar en una constructora para aprender el oficio. Tras dos años de oyente en Filosofía y de albañil, ya se sintió seguro para seguir su trayectoria tenaz hacia la pedagogía. En la Escuela Nacional empezó dando clases y lo que apuntaba como un complemento de su profesión acabó siendo la mitad de su vida.

En 1964 Martín Gutiérrez aceptó la propuesta del rector de la Universidad La Salle para crear la nueva Escuela Mexicana de Arquitectura y conformó un consejo consultivo con los mejores arquitectos de la época. Y casi al mismo tiempo se convirtió en el coordinador académico de la Asociación de Instituciones de Enseñanza de la Arquitectura de la República Mexicana, ASINEA (de la que sería también director seis años después). Así que con su consejo consultivo y un excelente equipo de jóvenes profesores llevó a cabo una de las aventuras docentes más interesantes del país, con mucho entusiasmo, contagiando a los jóvenes profesores y alumnos, convencidos de que estaban participando en algo que valía la pena.

 

Tras diez años liderando este proyecto académico que sin duda fue relevante en la enseñanza de la arquitectura a nivel nacional, Pedro Ramírez Vázquez, como rector general de la Universidad Metropolitana de México, lo invitó a dirigir la Escuela de arquitectura y diseño. En la UAM, Gutiérrez dio un brinco enorme en términos de enseñanza, al proponer que el diseño fuera la cuarta área del conocimiento llamada Ciencias y Artes del Diseño, CyAD. Como nuevo director de Arquitectura, planteó el triángulo pedagógico: “Nosotros sentimos que nuestros problemas no estaban aislados de el qué, el cómo y el quién. Todas las estructura académicas universitarias, en ese entonces, tenían tres áreas de conocimiento: Ciencias Básicas Ingenierías, Ciencias Biológicas Salud y Ciencias Sociales y Humanidades. Ninguna de ella contemplaba la presencia del Arte. Entonces, cuando Ramírez Vázquez me invitó a fundar la escuela de arquitectura de la UAM, propuso que organizara la carrera en el área de Ciencias Básicas Ingenierías. Yo rechacé totalmente, porque ya tenía la experiencia de la Escuela Mexicana de Arquitectura durante diez años y nos habíamos dado cuenta de todo lo que le faltaba al arquitecto.”

Después de estudiar y sintetizar, Martín Gutiérrez formuló una definición del diseño arquitectónico: “la Arquitectura es la vivencia del hombre con el espacio diseñado, así nuestra profesión adquiere dimensiones sublimes como impulsora vital del desarrollo de la cultura, como motivadora de convivencia social, como satisfactoria de requerimientos tangibles e intangibles del usuario, como respuesta a nuestra identidad nacional buscando la verdad en su expresión profesional, identificando la función de la forma de la materia y como fuente creadora inspirándose en el espíritu de nuestra herencia cultural”. La Cuarta Área del Conocimiento tuvo gran trascendencia, tanto a nivel nacional como internacional. Cuando Martín Gutiérrez terminó su periodo como presidente del consejo directivo ya se habían creado escuelas en 28 estados y a nivel internacional estuvo a punto de fraguar una alianza estratégica con la Universidad de Harvard.

Paralelamente, la práctica profesional alimentaba de conocimiento la carrera del arquitecto Martín Gutiérrez. En la Escuela Nacional de Arquitectura conoció a Carlos Gosselin, quien sería su socio por diecisiete años. La arquitectura es un trabajo en equipo y así lo entendieron ellos. En 1962 tuvieron oportunidad de llevar a cabo una pista de hielo cubierta sobre la av. Revolución de la Ciudad de México. No solo la cubrieron con la trabe-losa más grande que existía en ese momento -y que definió la expresión del edificio- sino que tecnológicamente fue muy novedosa en las instalaciones hidrosanitarias para asegurar la calidad de la pista de hielo. Este mismo espacio fue sede olímpica de voleibol en 1968. Dos años después se convocó un concurso para los edificios de la olimpiada y Martín Gutiérrez y Carlos Gosselin (con Javier Echeverría y Juan José Diaz Infante) decidieron participar en el concurso de para la alberca olímpica. En Ciudad Satélite llevaron a cabo un primer proyecto de autocinema (1958) y un año más tarde proyectaron otro en la Colonia del Valle, con una osada y atractiva cubierta del acceso realizada con la asesoría de Félix Candela. También abordaron otro tema novedoso con un edificio para autolavado, que debía ser “una forma eminentemente comercial para llamar la atención” con una atractiva cubierta y que provocara una experiencia singular. Le siguió una agencia Ford en Acapulco, que desencadenó otros muchos proyectos de esta índole. Sin embargo sus obras más destacadas no formarían parte de estas tipologías de importación estadounidense propias de esos años de apogeo del automóvil, sino de algunos proyectos vinculados al mundo académico en el que Martín Gutiérrez seguía inmerso. Un buen ejemplo es el Colegio Cristobal Colón, construido en 1970, en Lomas Verdes, donde muestra cómo la forma emerge de la función. La Rectoría de la Universidad del Bajío (1985) es otro buen ejemplo de arquitectura vinculada a la enseñanza. En este caso, desde el encargo se solicitó que el nuevo edificio de la rectoría debía ser un ícono del campus, un referente que representara la “cabeza” del conjunto que, a su vez, fuera un homenaje al rector. Quizá por eso surgieron dos torres que simbolizaban esa dualidad, para sostener las distintas plataformas que conforman cada nivel, a modo de cajones dalinianos entreabiertos.

Le siguieron otros edificios de departamentos y de oficinas, y colaboraciones con otros arquitectos como Pedro Ramírez Vázquez, Jorge Campuzano, David Muñoz, Teodoro González de León, Abraham Zabludovsky o Francisco Serrano. Desde los años sesenta hasta entrada la década de los años ochenta, proyectó más de cincuenta residencias en El Pedregal, el primer condominio horizontal y participó en concursos de vivienda social. Por esas experiencias donde se entreligaban los proyectos sociales y las enseñanzas docentes, Martín Gutiérrez fue nombrado presidente del concurso internacional de vivienda organizado por la UIA (Unión Internacional de Arquitectos).

La biografía de Martín Gutiérrez estuvo llena de retos y logros para acercar el conocimiento a la práctica y viceversa, en un intrincado ir y venir entre la exploración formal y funcional de sus obras y la búsqueda de un modelo de enseñanza de la arquitectura. Nunca conforme, este iconoclasta fue el propulsor de nuevas ideas del quehacer del arquitecto, más contemporáneas que las que regían en las escuelas mexicanas, y más conectadas con una visión nacional e internacional donde el conocimiento se comparte tejiendo redes. Recordar y reconocer los logros de Martín Gutiérrez —que hoy nos ha dejado— es nuestro modo de honrar su trayectoria como arquitecto y como docente. Que descanse en paz.

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