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Columnas

La Reja de Vacío | Parte 1

La Reja de Vacío | Parte 1

5 mayo, 2023
por Carlos Will | twitter: @_tlatelolco | instagram : @carloswill_

Poco tiempo después de que llegué a vivir a la ciudad de México, tuve un afortunado encuentro en una librería de viejo en Miguel Ángel de Quevedo: un pequeño tomo con una portada no demasiado atractiva y notoriamente descolorida por los años, que sin embargo se convirtió pronto en un objeto personal entrañable y sobre todo, en una especie de portal del tiempo, a través del cual, los autores me transmitieron curiosidad y pasión.

El Catálogo de arquitectura contemporánea de la ciudad de México de Louise Noelle y Carlos Tejeda, fue editado con el apoyo del fomento cultural Banamex, en el año 1993, el mismo año en que nací. Un libro de mi edad, que sin embargo comenzó a gestarse mucho antes que yo, en 1988 cuando por iniciativa de Carlos Tejeda, se pretendió compilar una guía que diera reconocimiento a los edificios más significativos de todo un siglo, ya que no existía una publicación semejante por entonces.

Durante más de dos años me empeñe en dedicar, prácticamente todos mis tiempos libres a visitar las más posibles, de las obras que reúne el libro, no sin antes hacer una lista con un orden distinto al cronológico, que distingue a la publicación. Ordené las obras por accesibilidad, comenzando la lista por aquellas que además de su cercanía, eran espacios públicos o cuyo acceso no tenía costo. La lista concluía con aquellas obras que han sido destruídas o fatalmente modificadas, hasta el punto de no poderlas reconocer.

Durante este periodo, hubo sin embargo un tópico que llamó mi atención particularmente, y al que me gustaría referirme aquí, ejemplificando con obras que aparecen en el catálogo y que es concretamente: el problema de la seguridad en la actualidad de algunos edificios modernos; Las obras a las que quiero referirme, se encuentran generalmente en un espacio intermedio o casi al final de la lista de accesibilidad y sus características revelan una intensa experimentación enfocada en las intenciones de crear -espacio público- dentro de la propiedad privada.

Estas obras coinciden principalmente en la cualidad de no tener bardas o rejas que delimiten con contundencia y claridad el espacio público del privado, además de que en algunos casos, presentan grandes claros en sus fachadas; Más allá de una revisión académica del fenómeno, quisiera cronicar mi experiencia visitando estos edificios, para reflexionar en torno a la forma en que estas decisiones constructivas, han reaccionado frente al embate de los tiempos; y para dar continuidad a la idea de la lista (que no mencionaré completa por no agobiar) lo haré en orden de accesibilidad.

La lista de estos edificios seleccionados es la siguiente:

  1. Museo Rufino Tamayo
    1981
    Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León

Al tratarse de un museo, es un sitio que he visitado con frecuencia, es muy fácil llegar a él desde las zonas céntricas de la ciudad, y además está rodeado de un magnífico bosque (del que, por cierto, alguna vez renegara González de León) también público y abierto las 24 horas.

Por los alrededores es normal ver durante el día un buen grupo de guardias del propio museo, que junto con los que se encuentran dentro, resguardan la seguridad de este edificio que por unos lados parece monolítico e impenetrable, y por otros revela su fragilidad con unos cristales que apenas separan al exterior de las obras que se muestran dentro. Alguna vez, por motivos que no me enorgullecen, llegué con un grupo de amigos visitantes, a las inmediaciones del museo en horas poco comunes: era de madrugada y teníamos quizá varias copas de más encima. Seducidos por los volúmenes del edificio y con la valentía que nos otorgaba nuestra etílica situación, escalamos sin más miramientos por los taludes verdes de pasto, hasta encontrarnos —sin darnos cuenta— en la azotea más alta del edificio, donde (con la adrenalina subiendo por la garganta frente la posibilidad de ser descubiertos), observamos una vista única, y quizá irrepetible del bosque circundante y los edificios en el horizonte; sigo sin comprender cómo semejante imprudencia no tuvo consecuencias…

2. Secretaría de Relaciones Exteriores (CCU Tlatelolco) 1964-1965
Pedro Ramírez Vazquez y Rafael Mijares

Por varios años viví en Tlatelolco, un sitio que se convirtió para mí en una obsesión y que marcó, con experiencias de todo tipo, esta etapa de mi vida en la Ciudad de México. El edificio blanco, como constantemente lo llaman los vecinos para simplificar la conversación, es un auténtico misterio: la mayor parte de sus pisos parecen vacíos, es sabido que funcionó como secretaría de relaciones exteriores apenas por unos años y hasta el suceso de octubre de 1968, cuando quedó abandonado hasta que fue absorbido por la UNAM para convertirse en centro cultural. Este edificio me ha parecido siempre interesante por su similitud con otros construidos en la época y que incluyen la misma tipología de un edificio porticado en sus alrededores, con pilares esbeltos y siempre forrados con mármol; con una inevitable presencia de espejos de agua, que en este caso, han quedado irremediablemente secos, alguno de ellos convertido incluso en un frontón improvisado. Otros ejemplos de este tipo de edificio en la ciudad son la Fábrica de Escuelas, de Francisco Artigas, o el edificio del palacio de Justicia, de Juan Sordo Madaleno (que por cierto perdió también ya los espejos de agua). La zona porticada del edificio, ha ido sucumbiendo con lentitud a la maldición tlatelolca de las rejas-en-todas-partes, quedando en los últimos días rodeada por una ridícula malla ciclónica, colocada con la excusa de que a la torre se le están desprendiendo pedazos de su forro de mármol, que podrían aniquilar con facilidad a algún peatón desprevenido; sin embargo, esta nueva reja, aliviará con seguridad a algún guardia somnoliento con pocos ánimos de lidiar con un indigente (o borracho) que se aproxime demasiado a los cristales del edificio en la madrugada.

3. Edificio de la Secretaría de Salubridad y Asistencia 1926-1929
Carlos Obregón Santacilia

Este espléndido edificio, quizá se encuentra injustamente opacado por la escala de sus vecinos. Cuando me refiero a él en alguna conversación, nunca falta quien confiesa conocer con exactitud dónde se encuentra la Estela de Luz, pero jamás haber visto la citada obra de Santacilia que está precisamente a un costado. A pesar de que se trata de un edificio aplastante y llamativo con sus flamantes puentes de cobre, suele pasar desapercibido; por esto me animé a incluirlo en en esta lista, a pesar de que estuvo a punto de no entrar, pues en la actualidad tiene una reja perimetral que lo separa con celo del espacio público, aunque en la pequeña fotografía que aparece en el libro de arquitectura contemporánea se le ve como caído del cielo en el centro de un solar, que por entonces estaba rodeado de nada. La vertiginosa transformación de esa zona en particular del Paseo de la Reforma, donde ahora se levantan algunos de los rascacielos más altos de la ciudad, hace obvio el porqué de la reja en torno al edificio art déco. Alguna vez, y como muchas veces he hecho en otros edificios, atravesé con paso firme esta reja pensando pasar hasta donde me lo impidieran. No logré llegar ni a la mitad del camino entre la reja y la puerta principal del edificio, cuando fui interceptado por un par de policías, que haciendo gala de su tradicional intransigencia y nula capacidad de escucha, me ordenaron abandonar el sitio, dejando claro que no existía ni una mínima posibilidad de que alguien ajeno al edificio pudiera atravesar ese umbral… Saborearemos el misterio que esconden sus jardines interiores hasta el día en que algún pariente o amigo llegue a ser secretario de salubridad, o sea que quizá nunca.

Continuará…

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