Arquitectos de la liberación
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27 octubre, 2026
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria
El pasado 18 de octubre, en el hotel Paradisus Cancún, conversamos con el arquitecto Álvaro Sans sobre la historia y la reciente renovación de uno de los edificios más singulares de la arquitectura hotelera mexicana. Sans participó desde el inicio en el proyecto, concebido por Fernando Higueras con la colaboración estructural de Félix Candela, y años más tarde fue responsable de sus sucesivas ampliaciones y transformaciones. Cuarenta años después de la adquisición del terreno, la conversación permite reconstruir no sólo la génesis de un edificio excepcional, sino también los profundos cambios que ha experimentado la arquitectura hotelera y la propia idea del lujo.
Miquel Adrià: El hotel tiene una condición paradójica: por un lado debe ofrecer una experiencia extraordinaria, algo único; por otro, tiene que funcionar como una máquina muy eficiente, capaz de repetir todos los días las mismas operaciones. ¿Cómo se concilian ambas condiciones desde la arquitectura?
Álvaro Sans: Para responder tendría que empezar por el origen de este hotel. Este octubre se cumplen exactamente cuarenta años desde que, en 1986, compramos el terreno. En aquel momento acabábamos de adquirir el Hotel Las Salinas, en Lanzarote, proyectado por Fernando Higueras y César Manrique, que para mí es uno de los grandes edificios del siglo XX. Cuando conocimos este solar pensamos inmediatamente en Fernando. Mi padre era arquitecto y muy amigo suyo, así que yo ya lo conocía. Le dije: “Tenemos un terreno alucinante en México”. La primera vez que vine a Cancún lo hice exclusivamente para comprarlo. FONATUR estaba desarrollando la zona y aquí prácticamente no había nada: era una playa extraordinaria y, en el otro extremo, apenas comenzaba a construirse uno de los primeros hoteles de Ricardo Legorreta.
Recuerdo el agua: parecía que tuviera luz debajo. Entre el mar y la laguna había una duna enorme, de unos quince metros de altura. De ahí viene precisamente la altura del lobby: el edificio se monta sobre la parte superior de aquella duna. Me impresionó tanto que llamé a Gabriel Escarrer (fundador de la cadena hotelera Melía) y le dije: “Tienes que venir a ver esto”. Vino y, en lugar de comprar un terreno, compramos dos. Entonces pensé: si hay alguien capaz de enfrentarse a este lugar es Fernando Higueras.
MA: Y aparece también Félix Candela.
AS: Sí. Fernando era muy amigo de Félix y lo incorporamos como asesor estructural del proyecto. Candela era bastante mayor; cuando lo conocí debía acercarse a los ochenta años, aunque seguía trabajando y estaba estupendamente. Antes de empezar el proyecto hicimos un viaje por México. A través de Oriol Bohigas -que había sido profesor mío y con quien mantenía una gran amistad- conocimos a Ricardo Legorreta y a Luis Barragán. Visitamos la casa de Barragán, que ya estaba delicado de salud, recorrimos varios edificios y Legorreta nos enseñó su hotel en Ixtapa y una fábrica que estaba construyendo para Renault en Toluca. Fernando no conocía México. Durante unos quince días viajamos por el país y visitamos, entre otros lugares, el Museo Nacional de Antropología y Chichén Itzá. Finalmente llegamos a Cancún. Recuerdo perfectamente el momento en que subimos a la duna. Era el atardecer y el sol caía sobre la laguna. Desde arriba veías simultáneamente el Caribe y la laguna Nichupté. Fernando me preguntó: “Dame alguna pista. Tú que estás metido en esto de los hoteles, dime algo”.
Sin pensarlo le respondí: “Para mí es tan bonita la vista hacia el mar como la vista hacia la laguna”. Separó los dedos índice y medio de ambas manos, los cruzó y dijo: “Pues ya sé qué proyecto voy a hacer: dos hoteles como Las Salinas unidos”. Ahí nació el proyecto. La mitad de las habitaciones disfrutarían del amanecer sobre el Caribe y la otra mitad del atardecer sobre la laguna. Fernando había quedado además fascinado con Chichén Itzá, particularmente con El Castillo. Quería que el atrio tuviera unas dimensiones capaces de contener aquella pirámide. Después apareció la idea de las tres grandes pirámides del hotel. Fue uno de esos momentos en los que comprendes cómo trabaja alguien genial: en quince minutos había aparecido la idea esencial. Después había que conseguir construirla.
MA: Y estructuralmente era muy complejo.
AS: Una auténtica proeza. El edificio, tal como Fernando lo había imaginado, no era estable. Los enormes vuelos hacia el interior no podían sostenerse convencionalmente. Entonces Candela propuso sujetarlo desde arriba: crear un gran anillo estructural en la última planta del que dependiera el conjunto. Todo el edificio permaneció apuntalado hasta cerrar ese anillo. Era maravilloso ver a Candela y a Higueras trabajando juntos. Con un lápiz y un papel discutían mientras dibujaban secciones. Porque éste es, sobre todo, un proyecto de sección. A Fernando le obsesionaba proyectar desde la sección. Y creo que tampoco habría podido imaginar este edificio si algunos años antes no hubiera construido Las Salinas. Aquél es una obra maestra y éste puede entenderse como su evolución. La participación de Félix Candela fue fundamental para hacerla posible.
MA: Años después te corresponde intervenir sobre el edificio. ¿Cómo se trabaja sobre una arquitectura que consideras una obra maestra?
AS: En 1999 se decidió ampliar el hotel. Como originalmente habíamos comprado dos terrenos, todavía existía espacio en los extremos. Cancún estaba entonces en plena expansión y comenzaron a construirse hoteles cada vez más altos. Cuando me encargaron la ampliación dije: “Esto es un templo. Si hacemos algo, sólo podemos terminarlo”. La solución fue añadir las dos pirámides de los extremos. Había que entrar de puntillas. Estudiamos minuciosamente las tres pirámides originales para poder construir otras dos sin competir con ellas. Fue precisamente entonces cuando comprendí todavía mejor el valor del edificio. Después hicimos el centro de convenciones, el spa y otra piscina. El centro de convenciones, que el hotel necesitaba, lo colocamos debajo para que tuviera la menor presencia posible.
Hace uno o dos años nos dimos cuenta de que el hotel comenzaba a estar cansado. No su arquitectura: las catedrales tienen mil años y siguen siendo extraordinarias. Estoy convencido de que dentro de siglos este edificio seguirá siendo magnífico. Lo que envejece son los acabados, las instalaciones, las tecnologías, determinados detalles. Por eso la intervención reciente consiste fundamentalmente en actualizar y sanear. Hemos eliminado añadidos, reparado elementos y renovado aquello que ocurre dentro de la envolvente arquitectónica. Del edificio de Higueras no hemos tocado absolutamente nada.
MA: Eso es precisamente lo que sorprende. Cuando venimos a Cancún con estudiantes, éste es prácticamente el único hotel que visitamos como una lección de arquitectura. Pasamos horas haciendo croquis porque aquí se pueden entender simultáneamente estructura, sección y espacio. Pero desde el punto de vista hotelero, ¿qué ha cambiado en estos cuarenta años? El Paradisus nació dentro de un modelo de turismo masivo y, sin embargo, hoy pretende responder también a un turismo de lujo que busca experiencias cada vez más singulares.
AS: No estoy demasiado contento con lo que ha sucedido con la arquitectura hotelera. Cuando empezamos a construir hoteles en México y en otros países, durante el siglo pasado, normalmente el hotelero era también el propietario. Eran con frecuencia empresas familiares que pensaban a largo plazo. Nadie hacía un hotel pensando en venderlo al año siguiente. Querían edificios hermosos, bien construidos, adecuados al lugar y capaces de durar porque podían pasar a la siguiente generación.
En determinado momento entraron los fondos de inversión y cambió el modelo. El hotel se convirtió fundamentalmente en un activo. Puedes construirlo, explotarlo cuatro años y venderlo. Y entonces empieza a desaparecer la arquitectura. Cancún permite verlo claramente. Edificios que originalmente tenían seis o siete plantas han terminado creciendo diez pisos más. La escala se ha transformado por completo.
MA: ¿Y qué ocurre entonces con el hotel de lujo?
AS: Creo que el verdadero lujo está buscando precisamente lo contrario: edificios más pequeños o la recuperación de hoteles emblemáticos que conservan una buena escala y, sobre todo, un emplazamiento excepcional. Muchas veces fueron los primeros en llegar y, por eso, ocupan los mejores lugares. No creo que el lujo esté en el volumen ni en el tamaño. En Paradisus, el lujo de estas pirámides está en el espacio.
MA: Tanto Legorreta como Gabriel Escarrer han defendido precisamente esa idea: el verdadero lujo está en el espacio.
AS. Porque el espacio es la excepción. Ricardo decía también que un espacio cerrado estaba incompleto si no tenía agua. Hay una frase atribuida a Napoleón cuando llegó a Venecia y contempló la plaza de San Marcos: “Éste es el salón más hermoso de Europa. El lujo es el espacio”. Quizá fue él quien acuñó la idea de que el lujo es el espacio.
Por eso nuestra última intervención en Paradisus tiene más que ver con una actualización en el tiempo que con una transformación espacial. Hemos incorporado nuevas tecnologías y acabados, pero la arquitectura permanece.

MA: El huésped también ha cambiado. ¿Por qué debería venir hoy alguien a Paradisus Cancún? Quienes tenemos una cultura arquitectónica podemos entender inmediatamente el valor del edificio, pero ¿cómo se transmite a un público mucho más amplio?
AS: Para mí la clave está en la sensación de lugar. Cuando entro aquí siento que estoy en México. No podría estar en cualquier otro país. Creo que eso es precisamente lo que busca cada vez más el viajero: llevarse una experiencia del lugar en el que ha estado. Y este hotel te vincula cultural y espacialmente con México. Me sucede algo parecido con el Museo Nacional de Antropología. Cuando lo visité por primera vez quedé fascinado. Es un edificio inequívocamente moderno y, al mismo tiempo, no tienes ninguna duda de que estás en México. Me impresionaron su patio, sus dimensiones y también los materiales: el tezontle, las piedras volcánicas, los mármoles. En aquel primer viaje descubrí una riqueza material que desconocía por completo. México me impresionó profundamente desde el punto de vista arquitectónico. También me entusiasmó la obra de Ricardo Legorreta, que de alguna manera continuó algunas de las búsquedas de Barragán.
Recuerdo una cena extraordinaria en la que estábamos Oriol Bohigas, Ricardo Legorreta, Fernando Higueras y Félix Candela. Ricardo contó una historia que nunca olvidé. Cuando era joven y trabajaba con Barragán, le llevaba sus planos para que los revisara. Barragán los miraba detenidamente y simplemente le decía: “Ricardo, le falta magia”.
Ricardo se desesperaba: “¿Pero qué magia?”. Nos contaba que sólo muchos años después comprendió lo que Barragán intentaba decirle. La arquitectura podía estar correctamente resuelta, podía funcionar, podía estar bien construida, pero todavía faltaba algo. Quizá ésa sea la mejor manera de explicarlo.
Toda buena arquitectura tiene algo de magia.

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