Teodoro González de León
“Tienes que aprender a ver, nadie te va a enseñar, tienes que ver tu” me dijo ante su enorme colección [...]
10 julio, 2026
por Miquel Adrià | Twitter: miqadria | Instagram: miqadria
Invitados por la UIA (Unión Internacional de Arquitectos) para asistir a su congreso trienal en Barcelona, llegamos con tiempo para celebrar el día más largo del año con los amigos de toda la vida, entre cohetes, calor y cava. La verbena de Sant Joan, a pesar de su nombre sacro, es la fiesta pagana y milenaria más arraigada de la cultura catalana y el arranque de una temporada de festivales de todo tipo —teatro, pop, jazz—, enriquecida en esta ocasión por el encuentro de más de diez mil arquitectos de todo el mundo, convocados para debatir la agenda y los objetivos de la profesión. Había una enorme expectación ante la promesa de que el congreso sería, como mínimo, tan relevante como el de 1996, cuando los espacios previstos para los encuentros quedaron completamente rebasados y las actividades se expandieron hacia calles y plazas. Fue también el momento del nacimiento del fenómeno de los star architects: coincidieron Richard Rogers y Norman Foster, Jacques Herzog y Rafael Moneo, Wolf Prix y Daniel Libeskind, bajo el liderazgo intelectual de Kenneth Frampton e Ignasi de Solà-Morales. Fue allí donde Peter Eisenman ofreció una conferencia entre auténticos baños de masas, luciendo una camiseta del Barça. Por entonces yo ya vivía en México y asistí a aquel encuentro magnético y entusiasta, que terminaría convirtiéndose en un momento decisivo para la gestación de Arquine, revista que nacería apenas nueve meses después. Sí, hubo un antes y un después.
El año Gaudí y los cuatro evangelistas de la Sagrada Familia
RCR organizó un diálogo sobre Gaudí y la contemporaneidad de la Sagrada Familia como homenaje al centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí y a los ciento cuarenta años del inicio de la construcción de la basílica, cuyos 172 metros de altura la convierten en la iglesia más alta del mundo. Todavía inacabada, la Sagrada Familia es hoy el principal atractor de Barcelona y un motor turístico únicamente superado por la Torre Eiffel y el Coliseo romano. Para la ocasión, RCR reunió a algunos de los participantes más destacados del congreso, junto con arquitectos locales y autoridades, para ofrecer cuatro lecturas de ese espacio inmenso y fantástico imaginado por Gaudí a partir de la inversión de curvas catenarias, sostenidas sobre columnas inclinadas y ramificadas, capaces de conducir las cargas mediante una reinterpretación radical de la lógica estructural del gótico. Como si se tratara de cuatro evangelistas, Rafael Aranda, Carme Pigem, Ramon Vilalta y la arquitecta japonesa —también premio Pritzker— Kazuyo Sejima ofrecieron visiones complementarias. Aranda habló de la naturaleza, la materialidad y la experiencia sensorial; Sejima destacó el trabajo colectivo de varias generaciones entregadas a un único propósito y la transformación progresiva del paisaje urbano; Pigem enumeró las condiciones físicas y urbanas de la basílica para concluir que el espacio construido es, ante todo, una combinación de piedra y luz; finalmente, Vilalta —el cuarto evangelista— puso el acento en el aliento casi divino del proceso creativo de Gaudí, aunque todo apuntaba también a una reivindicación, en clave RCR, de la vigencia contemporánea de esos mismos principios.
Más allá de la intervención de estos gaudinianos contemporáneos, la ocasión permitió disfrutar del extraordinario interior de la Sagrada Familia mientras la luz del poniente incendiaba los vitrales. Para mí, como para tantos barceloneses, fue la primera visita en más de cincuenta años a un templo que habíamos abandonado a la suerte de las hordas turísticas.
Las Tres Chimeneas
El domingo 28 de junio, verbena de Sant Pere, tuvo lugar la inauguración del Congreso en la antigua central térmica de Las Tres Chimeneas, situada en la desembocadura del río Besòs. Como corresponde a una infraestructura energética de escala colosal, el edificio liberó unos espacios casi piranesianos, extraordinarios y sorprendentes, convertidos ahora en escenario de la exposición central del evento: carteles adheridos a los muros, maquetas por doquier, instalaciones asombrosas y, finalmente, una gran escalinata construida con andamios que se derramaba hacia la playa.

El montaje resultó espectacular. A un lado se situaba el escenario de las autoridades; al otro, una pantalla gigante; por encima de todo, varias grúas terminarían convirtiéndose en protagonistas de una performance tan torpe como fascinante, destinada a descorchar una botella de champán.
Becoming
Treinta años después del histórico Congreso de la UIA celebrado en Barcelona en 1996, la ciudad volvió a convertirse en el principal foro internacional de la arquitectura. Si entonces el debate giraba en torno a la consolidación de la ciudad olímpica y al optimismo de la globalización, la edición de 2026 reflejó un cambio de paradigma. Bajo el lema Becoming. Architectures for a Planet in Transition, el congreso propuso abandonar las certezas disciplinares para entender la arquitectura como un proceso abierto de transformación permanente frente a la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la escasez de recursos y la creciente desigualdad urbana. Los curadores (Mariona Benedito, Carmen Torres, Pau Bajet, María Giramé, Pau Sarquella y Tomeu Ramis) evitaron construir un relato único o una sucesión de figuras estelares. Su propósito fue articular un espacio plural de discusión donde arquitectos, investigadores, activistas y estudiantes compartieran protagonismo. El concepto de Becoming se desplegó en seis grandes líneas temáticas —More-than-human, Circular, Embodied, Interdependent, Hyper-conscious y Attuned— que estructuraron más de un centenar de conferencias, talleres, debates y mesas de trabajo distribuidos en distintas sedes de Barcelona y su área metropolitana.

Uno de los grandes aciertos del congreso fue precisamente su formato. Más que concentrarse en el Centro de Convenciones (CCIB), las actividades se extendieron al Disseny Hub y, sobre todo, a Las Tres Chimeneas, convertidas durante unos días en un gran laboratorio ciudadano. La elección de este enclave industrial no fue casual: simbolizaba el desplazamiento de la atención desde los espacios institucionales hacia los territorios de la transformación urbana y la reutilización del patrimonio existente. Foros abiertos, instalaciones y actividades nocturnas transformaron el recinto en un auténtico festival de arquitectura, abierto también a la ciudadanía. Uno de los consensos más evidentes fue que la arquitectura ya no puede limitarse a producir edificios. Las sesiones dedicadas a More-than-human insistieron en ampliar el campo disciplinar para incorporar otras formas de vida y entender cada proyecto como parte de sistemas ecológicos complejos. El paisaje dejó de ser un telón de fondo para convertirse en protagonista del diseño, mientras las reflexiones sobre biodiversidad, agua y restauración ambiental atravesaban buena parte de las presentaciones.
Otro de los ejes dominantes fue la economía circular. Arquitectos como Jean-Philippe Vassal y H Arquitectes defendieron que el futuro pasa menos por construir que por transformar, rehabilitar y reutilizar. Frente al paradigma expansivo que dominó buena parte del siglo XX, la reutilización del patrimonio construido, la reducción del consumo material y el aprovechamiento inteligente de los recursos aparecieron como principios centrales de la práctica contemporánea. La dimensión social estuvo igualmente muy presente. En las sesiones dedicadas a Embodied e Interdependent destacaron intervenciones como las de Marina Tabassum, con sus sistemas de vivienda móvil para las comunidades desplazadas de Bangladesh, o Palinda Kannangara, cuya obra mostró una arquitectura profundamente vinculada a las condiciones culturales y ambientales de Sri Lanka. Paralelamente, numerosas mesas abordaron la crisis global de la vivienda, la necesidad de fortalecer las políticas públicas y el papel de la arquitectura como infraestructura de cuidado antes que como objeto icónico.
El congreso evitó deliberadamente el formato de las grandes conferencias magistrales, aunque la intervención de Junya Ishigami resultó especialmente inspiradora y la conversación entre Smiljan Radić y Enrique Walker acabó siendo, más que un diálogo, un extraordinario monólogo sobre las obsesiones proyectuales —«cáscaras y huesos»— del más reciente premio Pritzker. Sin embargo, la proliferación de mesas simultáneas obligaba continuamente a escoger entre ponencias que, en muchos casos, reunían arquitectos sorprendentemente próximos en intereses, métodos y procesos. Esa afinidad terminaba diluyendo, en ocasiones, la singularidad de sus discursos. Uno de los debates más estimulantes surgió en torno al papel de la tecnología. Bajo el apartado Hyper-conscious, la intervención de Eyal Weizman y Forensic Architecture amplió radicalmente el campo de acción del arquitecto al mostrar cómo las herramientas espaciales y digitales pueden utilizarse para documentar violaciones de derechos humanos y preservar evidencias en zonas de conflicto. La arquitectura aparecía así no solo como disciplina proyectual, sino también como instrumento político, forense y de memoria. Quizá el mensaje que terminó imponiéndose fue el de Attuned: una invitación a recuperar la inteligencia de la arquitectura cotidiana. Frente a la fascinación tecnológica, varios ponentes reivindicaron el valor de las tipologías vernáculas, de los espacios intermedios y de aquellas formas de habitar capaces de fortalecer la convivencia. La pregunta por cómo volver a construir comunidad resultó tan importante como la discusión sobre emisiones de carbono o innovación digital.

En conjunto, el Congreso de la UIA 2026 dejó la impresión de que la arquitectura atraviesa una profunda redefinición. Más que celebrar nuevas formas espectaculares, el encuentro apostó por una disciplina capaz de escuchar, reparar, reutilizar y colaborar. Si el congreso de Barcelona de 1996 simbolizó el auge de la ciudad global, el de 2026 probablemente será recordado como el momento en que la arquitectura asumió que su futuro depende menos de producir objetos excepcionales que de participar, junto con muchas otras disciplinas y actores sociales, en la construcción paciente de un planeta en transición.

Y mientras tanto…
En paralelo, no daba la vida para atender todos los eventos. El lunes, casi simultáneamente, el Pabellón Mies van der Rohe fue sede del cóctel del MCHAP/IIT de Chicago y la Sala Beckett del encuentro organizado por Columbia University, reuniendo en ambos casos a algunos de los ponentes más destacados del congreso y a numerosos arquitectos locales. Y, abusando del don de la ubicuidad, todavía dio tiempo para visitar la exposición de maquetas de los proyectos ganadores y finalistas de los Premios Mies van der Rohe a la arquitectura europea, instalada en el Palacio de Victoria Eugenia de Montjuïc. El martes asistimos a la exposición de dibujos visionarios del legendario Peter Cook y a su conversación con Benedetta Tagliabue en la Fundació Enric Miralles. Al día siguiente presentamos, en el Colegio de Arquitectos de Cataluña, el libro de EMBT / Benedetta Tagliabue, con la participación de Sandra Bestraten, Beatriz Colomina, Mark Wigley, Benedetta y quien narra esta crónica —todos coautores del volumen—, además de las intervenciones de Josep Maria Montaner e Igor Peraza, autores también de otros textos del libro.

Cabe destacar otras dos exposiciones imprescindibles: Barcelona 2026-2035 y Seny i rauxa. 150 años de arquitectura catalana. La exposición Barcelona 2026-2035. Una ciudad para vivir, instalada en la nueva Casa de la Arquitectura de Barcelona, en la antigua sede de la Editorial Gustavo Gili, propone una mirada al futuro de la ciudad a través de los principales retos que afrontará durante la próxima década. Su elemento central es una gran maqueta tridimensional de Barcelona sobre la que se proyectan datos, infraestructuras y escenarios de transformación, permitiendo visualizar la evolución urbana desde distintas escalas. La muestra plantea la ciudad como un organismo en constante cambio, donde la vivienda, la movilidad sostenible, la adaptación al cambio climático, la recuperación del espacio público y la dimensión metropolitana aparecen como ejes fundamentales. El recorrido combina información histórica, proyectos en construcción y propuestas de futuro, ofreciendo una lectura accesible tanto para especialistas como para el público general. Al mismo tiempo, inaugura un espacio permanente dedicado a la arquitectura y el urbanismo, concebido como lugar de reflexión y debate. Más que celebrar una ciudad acabada, la exposición reivindica estas disciplinas como herramientas para imaginar y construir un futuro más habitable, resiliente e inclusivo para Barcelona y su región metropolitana.

En el Disseny Hub Barcelona se encuentra, por su parte, la extraordinaria exposición Seny i rauxa. 150 años de arquitectura catalana. El título reúne dos conceptos profundamente arraigados en la cultura catalana, que podrían traducirse como sensatez y arrebato, cordura y pasión, o mesura y desmesura. La muestra, una de las exposiciones centrales de Barcelona Capital Mundial de la Arquitectura 2026 y del Congreso Mundial de la UIA, plantea una pregunta de fondo: ¿existe una manera específicamente catalana de hacer arquitectura? En lugar de responder mediante estilos o épocas, los curadores Carme Ribas, Victòria Garriga y Joan Roig recurren a esa dualidad cultural como hilo conductor de aproximadamente ciento cincuenta años de producción arquitectónica, desde la fundación de la Escola d’Arquitectura de Barcelona, en 1875, hasta la actualidad. El recorrido no se organiza por autores o movimientos, sino por escalas del habitar, desde la habitación y la casa hasta la ciudad y el territorio. Más de quinientas piezas —planos, maquetas, fotografías, dibujos, muebles, documentos históricos y obras de arte— establecen diálogos entre obras históricas y contemporáneas, poniendo en relación a figuras como Gaudí, Domènech i Montaner, J. A. Coderch o Enric Miralles con estudios actuales como H Arquitectes o TEST.

El mayor interés de Seny i rauxa no reside tanto en descubrir obras desconocidas —muchas son ya canónicas— como en el dispositivo curatorial: la decisión de leer siglo y medio de arquitectura a través de una condición cultural compartida, en vez de hacerlo mediante cronologías, estilos o biografías. La exposición no pretende fijar una identidad catalana, sino mostrar las tensiones que han atravesado su arquitectura: tradición e innovación, racionalidad y experimentación, continuidad y ruptura. El título funciona, así, menos como clasificación que como metáfora de un equilibrio cambiante. Esa apuesta la convierte en una de las exposiciones más ambiciosas de la Capital Mundial de la Arquitectura 2026.
Encuentro de escuelas
Zaida Muxí lideró el Primer Encuentro Iberoamericano de Escuelas de Arquitectura, organizado por la ETSAB —Universitat Politècnica de Catalunya— y el Tecnológico de Monterrey, con el propósito de reflexionar sobre la implementación académica de criterios y conocimientos para un planeta en transición. El objetivo era trasladar al entorno académico las reflexiones y temáticas planteadas por el Congreso Mundial de Arquitectura UIA Barcelona y, más allá del encuentro, construir una red académica iberoamericana. Participaron las y los directores de las escuelas de arquitectura de la UBA de Buenos Aires; de las universidades católicas de Chile y Perú; de FIU y Texas University, en Estados Unidos; Mackenzie y la Escola da Cidade, en São Paulo; así como del Tecnológico de Monterrey, con toda la artillería de sus distintos campus, además de ITESO, ISAD, Ibero y Centro de México, entre muchas otras instituciones de España y México. Si bien la vocación del encuentro era entender el futuro de la enseñanza, buena parte de las conversaciones derivaron hacia las diferencias entre cátedras y departamentos o hacia la manera de lidiar con la inteligencia artificial. Fue, de todos modos, una excelente iniciativa para dilucidar caminos hacia el aprendizaje y la enseñanza de una profesión también en transición, que ya no puede seguir repitiendo fórmulas obsoletas.
Y, para cerrar el maratón de actividades, no podíamos dejar pasar el concierto de Van Morrison, el extraordinario bluesman de Belfast que, a sus ochenta y tantos años, sigue rugiendo como un león.
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