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Comunidad

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18 abril, 2018
por Marina Garcés

 

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Al hablar de lo común no podemos desvincular el espacio del tiempo. Reapropiarnos de los tiempos es, también, redibujar los espacios, pues este mundo vuelto uno se ha conquistado cancelando la historia y colonizando el espacio. Por lo tanto, reapropiarnos de él es a la vez una geografía y una historia. Hemos perdido con la separación de los espacios y los tiempos y muchas de nuestras derrotas actuales tienen que ver con la cancelación de la historia y la totalización el espacio. Destotalizar el espacio para poner en marcha otros tiempos son dos cosas que tienen que ir de la mano. Tras leer a filósofos como Agamben o Rancière, pero también tras experimentar desde los movimientos sociales colectivos de agitación cultural (de agitación general), pienso que en estos últimos veinte años he ido moviéndome del paradigma de la interrupción —del ahora que interrumpe el sentido común, el relato colectivo, el sentido único— y de la excepcionalidad —de aquello que aparece o toma cuerpo, de la toma de plazas y la ocupación de espacios— a tratar de entender la idea de la duración, que vinculo a la continuidad de los espacios discontinuos. En el fondo, el mito del ágora es algo muy pesado. Y el ágora la hemos reeditado en la plaza y en el espacio público. Al final, esa aspiración a la copresencia, a la plenitud de la comunidad —siempre frustrada y que siempre se diluye— me hace pensar en quien se va a casa. ¿Cómo se soporta ese entrar y salir, ese ir y venir? Pensamos en una casa y vemos un plano. Pensamos en una ciudad y vemos un plano. Pero una ciudad o, más bien, las ciudades particulares, actuales, son un llegar y un irse continuo. Las ciudades son un cuerpo hecho de llegadas y de salidas; lugares de comerciantes, de mercaderes, de refugiados, de gente que no soporta su pueblo: de vidas que van llegando. Ese ir llegando es lo que hoy parece haberse vuelto imposible. Europa hoy es la imposibilidad de ir llegando —por su propia política, por sus propios miedos, por la defensa de supuestos privilegios en un mundo que se contrae—. Ésa es su tragedia: no hay llegada y toda salida se convierte en una expulsión. Construir tiempo y espacio es articular algo que no es pura multiplicidad, que no es una colección de mundos que no se puede atravesar. Por eso, me interesa pensar en cómo contar con lo que no se puede contar, cómo contar con los que no están. Cómo ver lo invisible, no entendido como lo trascendente sino como lo que está detrás de aquella pared, lo que está en otro barrio distinto al que habito. Hay continuidades opacas que no pueden resumirse ni en un solo tiempo ni en un sólo espacio, y son esas continuidades las que componen el común o lo común. El tiempo y el espacio deben poderse articular al mismo tiempo que su interrupción. El ahora yo ya no me lo creo, porque arrastras un cuerpo que dura y a la vez envejece, y se cansa y también se renueva. Cada uno tenemos una espalda que no nos hemos visto. ¿Qué hacemos con eso: personal, política, estéticamente?


*Texto editado a partir de una entrevista realizada por Luciano Concheiro


 

Este texto fue publicado en la Revista Arquine No.80, un número que propone veinte palabras clave y veinte autores de referencia para reflexionar sobre este periodo.

 

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