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Columnas

Acapulco Golden (I)

Acapulco Golden (I)

2 noviembre, 2023
por Ernesto Betancourt

“México es el peor lugar del mundo para estar durante un periodo de angustia, una especie de Moloch que se alimenta de almas sufrientes […] un lugar para estar fuera de él.”
Malcolm Lowry (1)

 

Ya desde 1969 Paul Ehrlich y John Holdren alertaban sobre el exceso de emisiones de CO2 y el aumento residual del calor generado por los combustibles fósiles que causarían desastres ecológicos por el incremento en la temperatura en la atmósfera y los mares. (2) Ante la desgracia sufrida en Acapulco el pasado 25 de Octubre lo primero que hay que decir, para comenzar a llamar a las cosas por su nombre, es que Otis no fue un fenómeno natural. El huracán que golpeó con esa fuerza letal a la costa mexicana del Pacifico es el resultado del calentamiento global ocasionado por la irresponsabilidad de gobiernos indolentes e industriales codiciosos.

Lo segundo es que el Puerto de Acapulco era ya una ciudad fallida desde la ultima década del siglo XX, y ya anunciaba futuras desgracias. Hoy es una ciudad destruida. La estructura morfológica de la ciudad ha venido distribuyendo a sus habitantes según los ingresos y la topografía propia del sitio: expropiaron el acceso al mar donde se bañan los visitantes, cerca de las franjas costeras se ubicaron los más favorecidos, mientras la población local a su servicio, viven encaramados en la montaña o en los llanos en el llamado anfiteatro y la sabana.

 

Se estima que en Acapulco hay una población fija de 779,566 habitantes, de los cuales 52% son mujeres, y la cuarta parte son menores de 19 años. De ese total, 43% radica en viviendas con 2 dormitorios, y 36% con casas de uno solo; es decir, el 79% de la población de la ciudad habita en viviendas de no más de 2 habitaciones.

Las líneas de aprovisionamiento de agua y la red de drenaje sufrieron un grave deterioro y un déficit acumulado de años de improvisación y abandono que mantienen a la población en una situación de desabasto intermitente, y de riesgo por inundaciones e infecciones latentes agravadas por la actividad sísmica del subsuelo otra vez, un problema que es más notorio en las zonas más pauperizadas, que en el caso del drenaje se revierte vertiendo las miasmas desde las alturas de los cerros, hacinados de pobres, hasta la turística avenida Costera. Hoy se habla de 580 mil personas damnificadas y 7 mil hectáreas de construcciones destruidas o dañadas. Se estima que hay apenas unos 16 mil inmuebles asegurados, y de estos sólo 7 mil lo están contra huracanes. Se contabilizan alrededor de 900 kilómetros de caminos y calles inundados o afectados. (3) Es decir, una ciudad por décadas desbastada, fue devastada el 25 de Octubre de 2023 por emplear un retruécano, lo que no significa que no siguiera siendo un paraíso económico y fiscal para distintos grupos empresariales, partidos políticos y gremios que se dedican al mercado de estupefacientes y trata de personas.

 

Los años 50 y 60 marcaron el esplendor de Acapulco como centro turístico, coincidieron con el momento en el que unos cubanos barbudos vestidos de verde olivo le arrebataban a los estadounidenses su resort favorito en la isla del Caribe, y tuvieron que trasladarse a las costas del Pacífico mexicano para seguir con la fiesta. Sin embargo Acapulco hacía mucho que dejó de ser ese paraíso turístico del jet set internacional al que le cantaba Frank Sinatra en “Come Fly With Me”, o que recibía a Liz Taylor con Tequilas Sunrise.

 

Durante los 80 y 90 se abrieron nuevas opciones turísticas, tanto en el ámbito nacional como internacional, y la oferta acapulqueña cambió. Para entonces Acapulco había sido prácticamente abandonado por los turistas extranjeros, y se convirtió en una periferia más de la Ciudad de México y sus alrededores, acercada por la Autopista del Sol. Los hoteles de playa pasaron del gran turismo al all inclusive, enfocados al mercado nacional de ingresos medios, que mató la vida urbana y comercial de otras escalas y tipologías, al enclaustrar a los visitantes en los complejos hoteleros sin necesidad de “usar” el espacio público exterior. A la par las de mayores ingresos, mudaron sus fines de semana a las playas de Punta Diamante, donde antes se erguía solitario el complejo construido por Paul Getty: el Hotel Princess, en medio de los jardines diseñados por Luis Barragán, a suntuosos condominios de arquitectura soft a lo Miami Beach, que funcionan de igual manera con todas sus amenities indoors, dejando el exterior para el abasto eventual, servicios locales y dealers que reparten estupefacientes.

Ese “renacimiento” del centro turístico, tan querido por los chilangos, detonó una nueva migración rural. No es casualidad que al conjunto construido para relocalizar a los habitantes del llamado anfiteatro le llamaran: Ciudad Renacimiento, “La Rena”, como se le conoce popularmente, donde la población en busca de trabajo comenzó a hacinarse. Así surgieron los nuevos asentamientos: La Colosio, la Zapata y la Sabana, en contraste con Punta Diamante; viviendas de una o dos plantas, muchas autoconstruidas, situadas en algunas de las zonas más violentas, que han colocado al Puerto entre las 10 ciudades más peligrosas del mundo. (4).

 

La imagen de un clavadista volando desde el peñón llamado La Quebrada era una de las imágenes más reproducidas en las tarjetas postales de los años 60. En ese entonces el municipio de Acapulco contaba con 84,720 habitantes y el puerto con 49,149 residentes fijos. Para fines de la década de los 80 ya tenía más de 500 mil, es decir, su población fija creció 6 veces en una extensión de cerca de 80 km2 en el curso de 30 años.

Hoy ese Acapulco dorado de tarjeta postal y luminarias hollywoodenses ya no existe, Otis sólo lo puso en evidencia lo que hace mucho sólo existía en la memoria de muchos de nosotros que aprendimos a ver y admirar el mar en sus playas.

La reconstrucción tomará tiempo, la forma en la que se encare esa historia en dos episodios, el antes y después de Otis, marcará el futuro de Acapulco: la reconstrucción de los hoteles y condominios afectados como estaban y más acciones improvisadas, realizadas al vapor para apaciguar de manera momentánea a los damnificados y causar el impacto electoral que requiere la coyuntura política, solo retrasará un poco la debacle definitiva. Ya se intentó recuperar en 1997 el Acapulco tradicional sin un plan estratégico, que solo acabó en intervenciones cosméticas que en nada alteraron el déficit urbano que no merece la ciudad. La infraestructura permaneció igual: en ruinas. El transporte público quedó en manos de corporaciones amafiadas con el poder y, para colmo, en fechas recientes se canceló el Fondo Nacional para Desastres Naturales (Fonden), que no sólo estaba constituido por fondos para contingencias, sino que era un mecanismo para su gestión, ejercicio y control.

Postes eléctricos derribadas por el huracán Otis, que azotó Acapulco el 27 de octubre de 2023.  Foto: AP Photo / Felix Marquez.

 

Una vez superada la etapa de emergencia, la rehabilitación del Puerto de Acapulco debería tomar el tiempo adecuado. Acapulco tendrá que ser parte de la agenda electoral para 2024 pues trascenderá esta administración y quizá a la que sigue. Habrá que inyectarle recursos —y muchos— públicos y privados, adquirir o expropiar suelo de calidad para utilidad pública, establecer un programa de estímulos fiscales, crear una agencia de gestión metropolitana para ejecutar la recuperación mediante proyectos integrales, razonados, conciliados con los distintos actores sociales, y con la población directamente afectada, así como administrar y asignar los recursos de manera eficaz y democrática mediante concursos y licitaciones abiertas.

Será necesario recuperar la infraestructura turística como la principal generadora de empleo, pero si en verdad se quiere un futuro sostenido para la ciudad debe evitarse la dependencia de una sola fuente de ingresos. Detroit, en Estados Unidos, sucumbió cuando se fugó la industria automotriz que mantenía a la ciudad. En Acapulco la utilidad del suelo tendría que ser recalificada y revalorada, así como tendrá que enmendarse la estructura hídrica, de vivienda, y los equipamientos y su movilidad, con un enfoque hacia la sostenibilidad y viabilidad integral de la ciudad.

Johnny Weismuller, el actor que le dio vida al Tarzán más famoso del cine, fue campeón de natación y waterpolo, estrella de la época dorada de Hollywood. Acabó su vida decaído en su hotel de Acapulco: Los Flamingos, justo enfrente de la Isla Roqueta. El inmueble ya estaba en franca decadencia cuando su dueño cayó enfermo y con delirios psicóticos, emulando el alarido que le hizo famoso en las pantallas, imagen poderosa y sugerente de un pasado glorioso, convertido en un presente decadente, delirante y muy triste.

La segunda parte de esta columna se puede leer aquí.

Referencias:

(1) Jorge Ruffinelli: “El viaje que nunca termina”: Malcom Lowry en México, disponible en .cdigital.uv.mx
(2): Ver Alan Weisman: La cuenta atrás; Penguin Random House, 2014, Barcelona.
(3): Elias Camahi; El País, 30 de octubre de 2023.
(4): World-statistics.org

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