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Columnas

Acapulco Golden (II)

Acapulco Golden (II)

22 noviembre, 2023
por Ernesto Betancourt

“We shape our markets, and our markets shape us, to adapt Winston Churchill’s remark about buildings.” (1) 

A un mes del impacto de Otis sobre Acapulco, ¿qué se llevó el huracán? Primero que nada, vidas humanas, irreemplazables e irrepetibles. Luego, el patrimonio de los sobrevivientes, locales o pasajeros, bienes fincados en el tiempo que sólo podrán ser repuestos con más tiempo y, en tercer lugar, plusvalía: en las menos de cinco horas que duró el huracán, se rasuró la plusvalía repartida en el llamado Acapulco tradicional, la franja costera y zonas circundantes, ya muy afectada desde hace más de una década.

Las ciudades funcionan, crecen y prosperan gracias a la plusvalía, que es el motor de la inversión y el trabajo. Bien que nos guste o no, las ciudades son un mercado de suelo y trabajo, mucho antes de ser el crisol de derechos ciudadanos que supone Henri Lefebvre. Sabemos de sobra que no sólo son eso, son mucho más, pero es esa competencia de intercambio de bienes y servicios lo que desde sus orígenes permanece inmutable y les otorga un destino.

Si en Acapulco no se restaura la plusvalía que hoy se encuentra tan deteriorada como sus edificios e infraestructuras, no habrá ningún destino posible para una ciudad que hoy se ve tan vulnerable ante la naturaleza, pero todavía más por la delincuencia, por más fondos o donativos que se le asignen.

En su fascinante libro The Surprising Design of Market Economies, el periodista Alex Marshall —del que extraigo la cita con la que comienza esta entrega sobre Acapulco (cuya primera parte se puede leer aquí)—, compara los mercados con las grandes extensiones de suelo verde en el interior de las ciudades: superficies arboladas, con césped, plantaciones florales, muchas veces con lagos, colinas y senderos que parecen áreas naturales y silvestres, exiliadas de la colonización del asfalto, que en realidad son jardines artificiales, diseñados de manera cuidadosa por paisajistas en páramos con frecuencia áridos y deslucidos.

Con los mercados pasa lo mismo, no existen sino ahí donde son diseñados y construidos. Como los edificios o los parques, los mercados se han de diseñar y edificar, no son productos de generación espontánea, sino finos mecanismos depurados, calculados y manufacturados, y son precisamente esos mercados los que “hacen ciudad”, para insertar aquí esa expresión tan a menudo empleada por arquitectos y diseñadores urbanos.

Tras una larga carrera en el área de la planificación, el urbanista Alain Bertaud llega a la conclusión, desarrollada en su libro Order Without Design, de que no es el diseño urbano, y mucho menos los planes, lo que crea el patrón ocupacional de las ciudades. El orden espacial de las urbes modernas se genera más a partir del influjo del mercado que por una pretendida doxa urbanística, desarticulada de políticas económicas o fiscales, y que sólo conduce a respuestas fragmentarias en el mejor de los casos, fracasadas e inviables la mayoría de las veces: “Markets transmit through prices the information generating the spatial order. When prices are distorted, so is the order generated by markets.” (2)

Al igual que la arquitectura, la improvisación o espontaneidad puede funcionar, y hasta ser deseable para construcciones sencillas y particulares, pero no para estructuras complejas y colectivas que requieren de un proceso de conceptualización, diseño y ejecución para su correcto funcionamiento, seguridad y beneficio.

La construcción de la Autopista del Sol en los 90 le dio una playa muy próxima a la Ciudad de México y al Estado de México, a sólo 4 horas de distancia, pero también trasladó al Puerto su duplicidad clasista: la ciudad de la prosperidad de un lado y la ciudad del precarismo del otro; llevadas al ámbito del turismo, Acapulco Diamante y el Puerto tradicional, divididos por una montaña. A pesar de ello, Otis los igualó en la tragedia, las vidas, el patrimonio y la plusvalía se perdieron por igual de un lado y del otro de la montaña.

La magnitud y carácter del desastre, y la clara vocación del Puerto ofrecen sin embargo una oportunidad inesperada que facilita la reingeniería de los mercados para resarcir en lo posible el patrimonio y la plusvalía, sólo realizable si mantenemos mercados sanos en operación. Por supuesto que habrá a quien esto le parezca escandaloso e inadmisible, pero no es la primera vez que se ha hecho. Nueva York se recuperó de la bancarrota de 1974 con una estrategia económica y, de la misma manera, renació de sus cenizas tras los ataques terroristas del 2001 con la creación de condiciones financieras para invertir en commodities urbanas. El ejemplo más legendario de la historia fue el que se llevó a cabo en París en 1855, ciudad que transitó no sólo con proyectos especializados, sino sobre todo mediante una estrategia financiera.

El caso de Acapulco es único, y al mismo tiempo el más paradigmático. Puede llegar a convertirse en un modelo para la prevención e intervención en las futuras catástrofes a las que el calentamiento global estará sometiendo a nuestros litorales. La reconstrucción de Acapulco no puede consistir únicamente en la restauración de inmuebles privados o el avituallamiento a los afectados más pobres mediante transferencias de dinero en efectivo o despensas, tampoco con proyectos cosméticos de “acupunturistas urbanos (como suelen llamarse), ni con programas de zonificación y usos del suelo, ni con reglamentos prematuros que ya comienzan a plantear cómo se revivirá Acapulco. Todo eso vendrá después, si se quiere. Lo primero será plantear una estrategia para resarcir la plusvalía y rentabilidad.

Los dos factores que lo hacen posible son: las infraestructuras y la propiedad; las inversiones públicas y privadas, que permiten la producción, distribución y consumo de bienes y servicios en un lugar específico, así como los derechos legales, individuales o colectivos sobre la propiedad, para usar o usufructuar cualquier bien tangible o intangible. Cuando alguno de estos falta o es deficiente, la operación de los mercados y su reflejo urbano será deficiente de la misma manera.

Es difícil decir cual debe ir primero o si deben ser simultáneos, rara vez ocurre así, sin embargo, esta dupla es el único antídoto eficaz, no sólo para el restablecimiento del tejido urbano y social en una urbe, sino para el futuro de muchas generaciones. Las tácticas para bajar a ras de suelo esta estrategia deberán ser definidas por especialistas y ciudadanía, pero la estrategia para reactivar la economía debe tener como eje la recuperación de la plusvalía y la reinvención de mercados funcionales, para lo que requieren:

  • Recuperar e incrementar la plusvalía, creando o reclasificando el suelo. Esto, que parece ser mera especulación, puede ser la única respuesta ante la crisis ya que es lo que en las ciudades moviliza el capital y el trabajo. Lejos de pensar que es un asunto privado, tiene implicaciones profundas con lo público y el Estado.
  • Creación de infraestructura eficaz y sostenible: drenajes modernos, plantas de reúso y tratamiento de agua, plantas potabilizadoras, embalses de agua pluvial. Energías limpias como la eólica y solar, o la infraestructura de movilidad, constituyen la mejor garantía para atraer inversiones productivas y financiar políticas públicas de conservación del medio ambiente y ahorro energético.
  • Reciclaje de la propiedad. El gobierno requiere reservas y bancos de suelo para redirigir inversiones y equipamiento, para la reconformación ambiental y rentable del espacio público y privado que enaltezca la belleza y goce del lugar y generen recursos fiscales para la reposición de las condiciones de habitabilidad y del patrimonio perdido, comenzando por lo básico: vivienda, y equipamientos esenciales; hospitales y escuelas, seguido de estrategias turísticas y de entretenimiento de gran alcance.

Una vez superada la emergencia, y antes de comenzar a “reconstruir” Acapulco, el Estado debería diseñar esos mercados que queremos que operen en Acapulco, y no sólo tutelar su regulación o su mantenimiento, sino gestionarlo. Si esto no se entiende en el próximo gobierno que será el encargado de hacer o no hacer algo con la ciudad de Acapulco, no se habrá entendido nada. De mantenerse en la restauración de hoteles y viviendas como estaban, se perderá la gran oportunidad que ofrece la desgracia. Es claro que al mismo tiempo hay que ser cauto y precavido ante externalidades negativas, como desplazamientos excesivos o burbujas inmobiliarias, pero no timoratos para alentar la acción económica como prioridad

Durante los 17 años que duró la gestión del Barón Haussmann, la transformación de París en el siglo XIX se estima que costó cerca de 2.5 billones de francos provenientes de fondos públicos y deuda estatal. Se puede calcular que el gasto final, calculado según la inflación actual, sería del orden de 18 billones de Euros, (3) sin contar con la inversión privada. Parece mucho, y lo es. Se construyeron alrededor de 140 mil kilómetros de calles; 80 mil de drenajes; se plantaron alrededor de 100 mil árboles, se instalaron 32 mil luminarias de gas, se hicieron más de 15 plazas y más de 1 millón de metros cuadrados de parques e infraestructura para la sostenibilidad y rentabilidad, en el más amplio sentido del término.

A la fecha al menos 18 millones de personas visitan París cada año. La división entre los 365 días del año, arroja unos 50 mil visitantes por día. Si suponemos que un turista promedio pueda gastar mínimamente alrededor de 500 euros, en París estarían circulando alrededor de 25 millones de euros a diario, y la derrama anual sería de casi 10 mil millones, lo cual está muy por debajo del flujo real por turismo en la Ciudad que Haussmann reconfiguró; sus cifras proyectaban el doble, un monto arriba de 20 mil millones de euros al año por turismo (4). Es decir, prácticamente la inversión total de las obras en un año. Además, se calculan cerca de 400 mil empleos directos, 18% de la población económicamente activa (PEA) de la ciudad. Por caro que haya sido en su momento, es poco para lo que sigue redituando a París la inversión haussmaniana.

Hasta el muy conocido geógrafo inglés de izquierda David Harvey se ha visto obligado a reconocer los beneficios de esa estrategia: Haussmann se lanzó a dominar estas tensiones (conflictos de clase, propiedad y poder) y, el que acabara dominado por ellas, no menoscaba una genialidad que procedía de la claridad con que vio que, para poder transformar y modernizar la ciudad, había que movilizar nuevas prácticas en la propiedad.(5)

No sólo Walter Benjamin, sino Georg Simmel antes que él, sabía que son la plusvalía y las infraestructuras lo que modela todo lo que de moderno poseemos en nuestras ciudades. Sea para combatirlo, para acogerlo o domesticarlo, el influjo del capital es insoslayable. Cualquier iniciativa para recuperar Acapulco que no tome ello en cuenta estará destinada al fracaso y condenará al Puerto a una decadencia terminal por la ingenuidad o tozudez de sus actores. Si se quiere rediseñar un Acapulco más seguro, resiliente, prodigo y habitable, hay que diseñar primero los mercados que habrán de propiciarlo, y financiar proyectos sostenibles y rentables que produzcan una autentica derrama fiscal, así como reinvertir en la ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Sólo así podrá evitarse la captura del territorio por la delincuencia; son aparentemente sus integrantes los que, en efecto, ya están contemplando cómo recuperar sus mercados.

“It’s not an economy that supports infrastructure (meaning schools, roads, water systems, Social Security, fire protection, libraries, courts, and so on); it’s infrastructure that supports an economy.” (1)

NOTAS:

1. Marshall, Alex; The Surprising Design of Market Economies, University of Texas Press, Austin. 2012.

2. Bertaud, Alain; Order Without Design, MIT Press, Cambridge, Massachusetts. 2018

3. Jordan, David P., Transforming Paris, The Free Press, New York. 1995.

4. Sobre las estadísticas de turismo en París, se puede consultar la siguiente página: https://www.statista.com/topics/6314/tourism-in-paris.

5. Harvey, David, Paris, capital de la modernidad, Akal, Madrid 2006.

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