La casa donde nació Cien años de soledad
Las fantasías surgen de lo indeterminado, pero cristalizan en lugares concretos. La casa donde Gabriel García Márquez escribió Cien años [...]
22 septiembre, 2026
por Carlos Rodríguez
“El edificio necesita comer para ir formando su cuerpo, ingeniero, como la gente. Se come el cemento y la varilla y la arena […] A mí me gusta ir viendo crecer las obras desde que son un mugroso terreno, lleno de basura y de meados de perro, luego se limpia y se arregla, como se arregla una novia para que le hagamos un hijo. Y se lo hacemos, ¡cómo de que no! Las obras son como los hijos, por eso a mí me gusta trabajar en esto de la construcción y más me gustaría si las obras no terminaran nunca. Cuando el edificio está así, creciendo, pues es de usted y mío y de todos, se le ve nuestro sudor, nuestro trabajo y hasta nuestra sangre, pero luego ya terminado, pues ya qué, llega otra gente que no ha visto ir creciendo el hijo y que no puede quererlo como nosotros que le hemos ido dando nuestra vida, pedazo a pedazo…”, dice don Jesús (Ignacio López Tarso), que exaspera con sus palabras al ingeniero Federico Zamora (José Alonso), que le espeta: “¡Ya chingao! ¡Cállese!”.
A través de un prólogo que muestra el asesinato de don Jesús, el velador de una obra en construcción, Jorge Fons introduce al espectador en Los albañiles (1976), que se estrenó hace 50 años. El inicio es admirable tanto en la forma como en el tono. Igual que el inicio de Psicosis (1960) de Hitchcock, la cámara muestra la panorámica de un edificio a medio construir que, poco a poco, se acerca y entra a través de una ventana. Así, queda establecido el misterio de la muerte del hombre que va a plantear la película. Es también una forma de anunciar que se trata del asomo al microcosmos de una realidad compleja, si es que el edificio sirve como metáfora de la ciudad o de algo más grande.
Destacan, entre otras, dos características. Primero, que la narrativa no lineal articula los tiempos y las historias con maestría. También al inicio, Isidro, uno de los chalanes de la obra, baja desesperado las escaleras para avisar que encontró el cuerpo de don Jesús. Al llegar a la planta baja cae en una zanja y desata las risotadas de los trabajadores, que se burlan de él, entre ellos el personaje de López Tarso. Así, en pocos segundos, Fons ha regresado el tiempo para contar la historia y descubrir lo que pasó.

La segunda característica de Los albañiles es el lenguaje coloquial que tan bien trabajaron Fons y Vicente Leñero, que participó en la adaptación de su propia novela homónima. Los albures y el sonsonete chilango son casi poéticos en boca de Adalberto Martínez “Resortes”, que con su voz inconfundible interpreta a El Patotas, un viejo cábula que es parte del profuso mosaico de personajes del director, que le sirve, entre otras cosas, para sospechar quién planeó y ejecutó el asesinato.
En Los albañiles actúan David Silva, que ya para entonces era una leyenda del cine mexicano, Jaime Fernández, Salvador Sánchez, José Carlos Ruiz y Gerardo Zepeda, así como los entonces jóvenes José Alonso, Salvador Garcini y Eduardo Cassab. Mención aparte merece Katy Jurado, que hace un brevísimo tour de force como la esposa de don Jesús, que mienta madres y se revuelca en la tierra de rabia e impotencia. Antes, la temeraria Jurado protagonizó el episodio que dirigió Fons de la película coral Fe, esperanza y caridad (1974).

López Tarso es la pieza central a partir de la que se articula la historia. A pesar de las reticencias de los ingenieros, que dicen que está loco (en realidad es un esquizofrénico) y es un viejo mariguano, lo contratan como velador. Don Jesús es un personaje hondo. Su verborrea tiene jiribilla, hace metáforas y analogías repetidamente. Él sabe todo lo que pasa en la obra, sabe, por ejemplo, del robo de material y sus faltantes. También es el acosador de Celerina, la joven novia de Isidro. Es un personaje que en manos de López Tarso –que, según contó Fons, en los descansos se impregnaba las uñas de tierra– se asemeja a tantos hombres difíciles de acomodar por sus ideas y proceder, a veces oportuno y otras un metiche indeseable.
Fons filmó la película en un terreno donde se construía realmente una unidad habitacional al sur de la ciudad, por Xochimilco. La ventaja de esta decisión es que la historia se desenvuelve con naturalidad. El director solo tenía que echar mano de lo que ya estaban haciendo los trabajadores, maestros albañiles, tableros, herreros, que se confundían con los intérpretes. Es un procedimiento distinto con respecto a otras películas del cineasta, que mostraba la historia de Los cachorros (1973) a través de la habitación atiborrada de objetos del protagonista. O de la recreación en un set de un departamento de Tlatelolco para Rojo amanecer (1989).

Los albañiles ganó el Oso de Plata en la edición 27 de la Berlinale, en 1977, el galardón es el tercer premio en importancia del certamen. Ahí compitió con películas de Robert Bresson (El diablo, probablemente), François Truffaut (El hombre que amaba a las mujeres) y Terry Gilliam (La bestia del reino).
Son pocas las películas mexicanas que abordan el mundo de la construcción. Ahí están, por ejemplo, Dos mundos y un amor (1954) que toma como motivo la creación de la Torre Latinoamericana, o Donde el círculo termina (1956), ambas de Alfredo B. Crevenna, que parcialmente toca las corruptelas del negocio de las concesiones de construcción. En un tono muy distinto se encuentra, por supuesto, la saga de El día de los albañiles, que comenzó en 1984, con cómicos y vedettes.
Más reciente, Mano de obra (2019) de Moisés Zonana presenta la historia de un grupo de albañiles que buscan justicia para un compañero de trabajo muerto. Los albañiles se distingue por su vivacidad y crudeza, no ha perdido vigencia la forma en que muestra la desigualdad del ámbito de la construcción, la marginalidad de sus trabajadores y la injusticia; el tratamiento de la historia y los personajes, por otro lado, confronta al explorar a cabalidad su humanidad contradictoria que descoloca. Con sus audaces recursos formales y narrativos, el filme sigue siendo una verdadera lección de lenguaje cinematográfico. Han pasado 50 años y las especulaciones sobre el asesinato de don Jesús todavía subyugan e intrigan a los espectadores.
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