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29 octubre, 2026
por Carlos Rodríguez
Hay varios momentos en Digger (2026), la nueva película de Alejandro G. Iñárritu, que desmienten lo que sucede realmente en la historia. Esta ruptura se logra a partir de mostrar que el espacio donde ocurre la acción es un espacio diseñado para la representación. El espectador que no sabe nada de la película se verá sorprendido por las vueltas que enredan la metaficción de la trama, que expone el montaje de una obra de teatro.
La arquitectura pensada para la representación en Digger, es decir, su diseño de producción, incluye primero espacios que se identifican con los sets de filmación y los camerinos; luego un foro de tonos fríos donde el personaje de Tom Cruise lanza una arenga para excusarse del desastre ecológico que causó su proceder, y finalmente un escenario teatral. Todo ello está encaminado a mostrar que la obra de teatro que se realiza, llamada Fossil Fools, es la ficción histórica de un hecho que alteró el mundo para siempre.
A pesar de las críticas, Digger es innovadora, incluso si su propuesta argumental ya estaba desde hace tiempo en series de televisión como Black Mirror y sus derivas distópicas. Pensemos, por ejemplo, en la secuencia que sucede directamente frente al público del teatro. Ya no se trata de un ensayo, la obra sucede frente a los espectadores, el mar simulado es tan real como el zambullido de Tom Cruise, sólido como el actor que hace de Digger, a pesar de los tics propios de Hollywood y la necedad innecesaria de su caracterización –¿no hubiera sido más eficaz ver al envejecido Tom sin el disfraz de viejito?–. Con su doble capa, la representación conmueve tanto a la audiencia sentada en las butacas como al espectador frente a la pantalla de cine. El pacto teatral funciona, lo único que necesita es un espacio físico propicio para imaginar que dirija y centre la atención del público.
El filme de Iñárritu es parte de una serie de películas estrenadas en 2026 donde el fenómeno teatral tiene un papel preponderante. Filmes notables que probablemente serán consagrados con nominaciones y premios el próximo año. The Man I Love de Ira Sachs, Elsinore de Simon Stone y El gran debut de Jesse Eisenberg.

La vuelta al teatro, el regreso a lo meramente vivencial, en estas películas es una forma de reflexionar sobre el tiempo. El futuro catastrófico de Digger, donde el teatro atrae todavía al público para mirarse en el escenario como espejo; la vida que se agota del actor de The Man I Love, que ensaya una versión teatralizada de Érase una vez en el este, del dramaturgo canadiense Michel Tremblay, con la que intenta recuperar su joven vida y carrera; también la figura de Ian Charleson, el olvidado actor de Carros de fuego (1981), motivo de la biopic de Stone, donde el intérprete británico, en la piel de Andrew Scott, se aventura a hacer Hamlet en el Teatro Nacional. Tanto el personaje de The Man I Love como el de Elsinore lidian con su diagnóstico de vih en una época en que la posibilidad de prolongar la vida todavía no es posible. En El gran debut, por otro lado, el teatro es como una última llamada para Mona Friedman (Julianne Moore), una mujer madura, opaca y codeada por su familia y entorno. Sin entrenamiento actoral, Mona encuentra una oportunidad peligrosa e inesperada para transformar su vida como actriz de método a través del musical Nosy Neighbors.

Digger, curiosamente, acaba de una forma similar a la ambientación de Niños del hombre (2006) de Alfonso Cuarón, en un tiempo y espacio donde el colapso ya pasó y se ha instalado la normalidad. El director de fotografía de ambas películas es Emmanuel Lubezki, por supuesto. En el desenlace, luego del intenso juego claustrofóbico de Digger, de los espacios desmentidos, imprescindibles del juego de la representación, la cámara sale por fin para tomar aire. El público se retira, se dirige a la calle, respira la realidad, a pesar de la máscara que porta para protegerse del ambiente.
Estas películas, incluso si dos de ellas transcurren en el pasado durante la época más fatídica en la que tantas personas murieron de sida, insisten en decir que se acerca el fin de algo –o que acaso ya llegó el desenlace– y lo articulan a partir del arte más vivencial y efímero, el teatro, que a diferencia del cine exige de la atención en el presente, sin desvíos externos. Su ceremonia requiere de algo cada vez más difícil de conseguir, concentración. El teatro como resistencia.
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