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Una ruina para el futuro

Una ruina para el futuro

2 junio, 2023
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

¿Qué pasa cuando las mejores biologías del siglo XXI no pueden hacer su trabajo con la suma de individuos limitados y contextos, cuando la suma de organismos y entornos, o genes más lo que sea que necesiten, ya no sostiene la riqueza desbordante de los conocimientos biológicos, si es que alguna vez lo hizo? ¿Qué pasa cuando la suma de organismos y entornos apenas puede recordarse, por las mismas razones por las que ni siquiera las personas en deuda con Occidente pueden verse a sí mismas como individuos en historias exclusivamente humanas?

Donna J. Haraway

Pueden establecerse distinciones entre la ciencia ficción y la ficción especulativa, dos formas de narrar que han legado líneas de reflexión no sólo para la literatura sino para el ejercicio de las ciencias o, como veremos, la arquitectura. Más que describir los engranajes que ambas prácticas narrativas puedan contener como géneros estéticos (una tarea para la crítica y teoría literaria), podemos partir de una generalización que, pese a ser arriesgadamente amplia, puede funcionar para fines explicativos. La ciencia ficción lidia con las consecuencias de la tecnología sobre una sociedad dada, mientras que la ficción especulativa trata con las tensiones entre la posibilidad y la imposibilidad. Por ello, los registros de la ficción especulativa pueden abarcar el horror o la fantasía: su objetivo es el de crear una idea verosímil, la cual pueda activar una reflexión sobre el mundo que habitamos. Las distopías, por ejemplo, son una gran muestra de los logros de la ficción especulativa. Pero también lo son las visiones más esperanzadoras cuyo potencial está en complejizar cómo observamos lo que nos rodea.

Pensemos en el estanque de un acuario: ¿qué es lo que está detrás del vidrio? ¿Es un ornamento para el disfrute del turista, o es una especie que puede funcionar como un marcador del avance de la crisis climática, ya que en cualquier momento puede dejar de estar ahí? Ante estos cuestionamientos, la ficción especulativa procura dar respuestas que surjan de la simultaneidad y la contradicción: no por evitar proponer una solución ante las urgencias de un planeta que muere, sino para afrontar que éstas tienen una proporción tal, que no podemos seguir dirigiéndonos bajo los ejes que siguen proponiendo la misma manera de estar en el mundo que sigue afirmando las mismas diferencias entre los humanos y el resto de lo que puebla el planeta. La bióloga Donna J. Haraway, quien también se ha nombrado como una narradora de ficción especulativa, ha declarado en su libro Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno que no existirá otro momento para asumir que nos enfrentamos a una ecología que fue modificada y violentada por las actividades humanas. No es posible posponer más la discusión. Pero no por esto las tecnologías que, en un principio, formaron parte de la destrucción, serán ahora las que ayudarán a salvar al mundo. Haraway propone algo mucho más complicado: quedarnos con un planeta que resiste a su propia costa para entender que “nos necesitamos en colaboraciones y combinaciones inesperadas”; para entender que necesitamos tanto de las bacterias como de aquellos seres con los que no convivimos por encontrarse sumergidos en el océano, y que las tecnologías que han provocado estos puntos ciegos puedan ser apropiadas por el discurso de los otros, como pueden ser las entidades animales.

Recientemente, la arquitecta Tatiana Bilbao ha esbozado ideas similares respecto a la disciplina de la que forma parte y para la que construye. “Me di cuenta que mi trabajo no había ayudado a erradicar desigualdades”, dijo en la conferencia “Casa, comunidad y ciudad. La casa como acto social”. “Como oficina, estábamos embebidos en un sistema donde lo que hacíamos perpetuaba de manera profunda esa desigualdad y esa discriminación. Desde ese momento, hemos reflexionado no sólo con respecto a la discriminación de género, sino sobre cómo la arquitectura en general es un acto que discrimina per se. Sólo con el hecho de pensar que existe una persona que puede determinar la manera de vivir de otra es, de entrada, un acto colonizador y discriminatorio”. En el contexto de esa conferencia, Bilbao elaboraba reflexiones sobre cómo los humanos podían desarrollar su vida en una tipología ineludible como lo es una casa, y sobre cómo la arquitectura formaba parte de un problema que debía aceptar entre sus labores proyectuales no para dejar de construir sino para diseñar proyectos que confrontaran que la vida no puede seguir sosteniéndose bajo las mismas formas arquitectónicas. A la manera de la ficción especulativa, que evita satanizar a las herramientas que han forjado un mundo cada vez más irrespirable, Bilbao decide ejercer su disciplina bajo perspectivas que narran, de manera verosímil, cómo es que el mundo comienza a ser.

 

 

“Si me hablas de sustentabilidad, la sustentabilidad es no construir nada y vivir en cuevas. No nos hagamos tontos y no nos lavemos las manos diciendo que un edificio es sustentable”, me dijo en el recorrido inaugural del Gran Acuario de Mazatlán, también nombrado como el Centro de Investigación del Mar de Cortés.  “Pero necesitamos ciertas estructuras. Somos una especie muy compleja que necesita no nada más cuevas sino espacios que nos permitan relacionarnos con nuestra propia identidad. No sobrevivimos nada más de cuevas. Si ya tenemos esta capacidad intrínseca de existir en este planeta, que es construyendo, entonces vamos a aprovecharla para poder establecer otras formas de entendernos. Eso es lo que creo que debe hacer la arquitectura hoy en día. Es mejor encontrar que la discipline se ocupe en generar otras posibilidades: para entender que formas parte de un ecosistema, que eres un ser orgánico, y que no hay otra historia de la que formar parte”.

 

Una serie de muros de concreto aparente que parten de un centro cilíndrico conforman un edificio de recorridos que no están dirigidos ninguna señalización. En su mayoría, el conjunto se encuentra expuesto a la intemperie del sol, y unos chorros de agua van desgastando la superficie de los muros para permitir que la vegetación, no delimitada por jardineras, pueda apropiarse de la estructura. El acuario es una ruina que proviene de un pasado indeterminado y que se dirige hacia un futuro certero: el del crecimiento del nivel del agua por el calentamiento global. Inspirada en los vestigios arqueológicos del Templo Mayor de Uxmal, esta ruina se pensó para un visitante futuro que obtendrá como única evidencia que las especies marinas pudieron reunirse en aquel sitio. “No sabemos quién construyó el edificio en 2023. No sabemos si quienes lo diseñaron pensaron en la ciudad o no. No sabemos si pensaron en otras cosas. Nosotros sólo abrimos el camino para que se descubra cómo fue tomado por la naturaleza.”

El propósito de esa ruina es poner en tensión a los mismos fundamentos de la arquitectura, en tanto forma y en tanto la decisión de un autor. “La forma siempre es algo que representa una imposición de una visión que alguien tuvo. Para este edificio, decidimos asumir que no hay nadie que escape de una decisión formal. Simplemente, el hecho de construir algo físico ya trae implícito eso. Pero también procedimos con plantear al acuario como exactamente sólo eso: una forma que no sabemos qué es. No tiene un programa específico: es una forma. A partir de ahí, decidimos que la naturaleza la ocupara de una forma orgánica.” ¿Cuál fue la estrategia de diseño para pasar del concepto al edificio? “Se propusieron una serie de muros que se fueron componiendo a partir del centro. Pero los muros no se colocaron para formar espacios con ciertos tamaños o para formar programas. La arquitectura se compone de acuerdo al tamaño y proporción del espacio que quieras determinar. Lo hicimos como una composición meramente estética, al contrario de disponer de los elementos para determinar las funciones.”

 

Bilbao continúa: “La arquitectura no se puede alejar de establecer una definición formal, estética y espacial, porque es lo que es. Yo considero que habría que buscar las maneras menos determinantes posibles para poder permitir que sean plataformas para que cada quién decida cómo habitarlas. Es un choque continuo, porque, de facto, la arquitectura determina. No hay cómo zafarse de eso.” Pero, más que un programa, lo que fue entregado a Mazatlán es un contenedor capaz de recibir a la derrama turística y de cobijar las actividades científicas de una serie de biólogos que pueden estudiar, en su propio hábitat, a la especie del Mar de Cortés, con lo que el acuario expande sus funciones y sus propios límites físicos, ya que la simbiosis entre el objeto y su ecosistema es la de una colaboración inesperada entre el mar y la biología. Asimismo, las vitrinas del acuario proponen una forma de ver a la fauna endémica del mar, no como una decoración sino como las otras formas de vida que es posible que desaparezcan en los próximos años y que la arquitectura relega a un mero efecto. “Teníamos el absoluto deseo de querernos encontrar una ruina tomada por la naturaleza. No llegamos con una lista de las especies que habitarían el proyecto. Tampoco pensamos en el número de visitantes. Tampoco había una ruina que se pudiera recuperar. Lo que hicimos fue algo mutuo: hicimos un edificio que no estuviera determinado por tamaño y por número de especies, pero que sí estuviera pensado para que puedan habitar distintos tipos de especies, los humanos lo puedan visitar y, a la vez, tenga una forma específica. Es una conversación entre lo humano y lo no-humano. No sabemos ni queremos saber ni nunca se pretendió saber el número de especies. Hoy hay cinco, pasado mañana hay diez, en 10 años hay tres. Esto irá cambiando porque el acuario se adapta al mar y al entorno. Hoy las condiciones pueden ser unas, pero después éstas se modificarán. Tal vez, el calentamiento global provoca que ya no sobrevivan las mantarrayas ni aquí ni en el ecosistema de afuera, por lo que podrán verse otros animales. Es un proceso. ¿Cómo la arquitectura puede sostener procesos de vida siendo un espacio muy estático, muy impositivo, muy determinado? Este edificio trataba de abrir esas preguntas”.

¿Cuáles son los retos de exponer un proyecto que reflexiona sobre el futuro que se avecina a unos clientes? “La suerte es que el cliente no llegó con un programa determinado. De hecho, ya tenían un proyecto hecho. Lo que nos expusieron era lo contrario a lo que nosotros queríamos hacer. Me dijeron que justamente por eso habían buscado a la oficina, para alejarse de lo que se había hecho con la otra propuesta. Creo que el proyecto fue posible porque ya existía una adversión ante lo muy programado y establecido, y porque no había tiempo, y porque no se habían imaginado qué sí se podía hacer. El primer día que presentamos la historia los clientes no lo podían creer, no tanto de entusiasmados sino de asustados. No entendieron por qué habíamos hecho una historia que no existe y cómo habíamos construido un edificio que no estaba situado en la época en la que sería construido. Pero, ¿cómo se lo cuentas al cliente? De la misma manera en la que lo hemos ido contando. Sin embargo, sí encontramos de su lado una apertura a integrarse en el proceso. En aquella primera junta, empezaron a preguntarse por qué no hacerlo. Y empezaron a pensar en otras referencias, como Atlantis.”

“El principal objetivo que ellos querían atacar era el turismo”, prosigue. “Pero justamente mencioné que estábamos en un momento muy distinto, coyuntural. Hay una necesidad de turismo, pero también una responsabilidad con el entorno. Y ambas pueden convivir. Y para llevarlo a cabo, se tuvo que iniciar un proceso muy complejo de entender las entrañas que promueven esa vida. Tuvimos un equipo muy grande de expertos en distintas ramas que entienden qué necesitan los animales: qué tipo de condiciones del agua, qué temperaturas son las que se requieren. Y con ellos son quienes tratamos de entender cuáles eran los espacios y qué tipo de especies podían habitar. Por ejemplo, dejar espacios con luz natural implica que exista una temperatura específica y una exposición a la lluvia”.

El proyecto de Tatiana Bilbao, como una pieza de ficción especulativa, permite varias descripciones que todas son ciertas. No es un edificio cuyo aspecto sea accesible. Sí luce como una ruina, por su imponencia y por ser un objeto un tanto críptico (y se menciona aquí como una cualidad: el riesgo formal del acuario es lo que hace del edificio un aporte al cuerpo de obra del estudio). Sus fachadas ciegas no revelan qué clase de actividades pueden llevarse a cabo en sus interiores, y su nula respuesta al contexto urbano lo separa de edificios que siempre se deben delatar a sí mismos por su cercanía con la zona hotelera. Además, trae consigo mismo un mensaje que muchos no considerarían amable: el mundo será distinto, y ese cambio será irreversible. Sin embargo, convive y colabora con el problema que sustenta su discurso. ¿Cómo es posible que estos proyectos posibiliten discusiones, si no incluyen a otros agentes, como pueden ser los visitantes? Mientras el agua desgasta los muros, es posible mirar a las mantarrayas, a los líquenes y a las medusas para saber que la vida es más que humana.

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