Qapital: nueva torre de Kengo Kuma en Quito explora modelos de vivienda compacta
El arquitecto japonés Kengo Kuma ha dado a conocer las primeras imágenes de Qapital, una torre de uso mixto de [...]
13 junio, 2026
por Emiliano Muñoz Espinoza
Son múltiples las enseñanzas que un joven arquitecto puede adquirir al escuchar a un profesional consagrado presentar su obra. La trayectoria de Mauricio Rocha está respaldada por décadas de práctica y por una producción que ha consolidado una identidad arquitectónica reconocida internacionalmente. Formado en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, Rocha ha construido una obra fundamental para comprender la arquitectura mexicana contemporánea. Muchas de las voces más relevantes del gremio en el siglo XXI han heredado —directa o indirectamente— parte del conocimiento gestado en su taller. Su producción no solo ha contribuido a la identidad construida del país; también ha formado generaciones de arquitectos bajo una ética proyectual rigurosa.
Tuve la oportunidad de asistir a una conferencia impartida por Mauricio Rocha en la Universidad Centro. A partir de una selección de proyectos, el arquitecto presentó los principios que han guiado su práctica y expuso una trayectoria marcada por la claridad conceptual, el rigor material y una profunda sensibilidad hacia el habitar.
Me interesa recuperar algunas de las ideas que dejó la charla y las reflexiones que despertó en quienes asistimos.
La clave está en la postura proyectual: la forma en que el arquitecto se aproxima al acto de construir. Para Rocha, una de las nociones centrales es la interdisciplinariedad. Su formación estuvo atravesada por el diálogo con otras disciplinas artísticas y por la comprensión de que la arquitectura puede operar como un dispositivo vivo, capaz de relacionarse con la memoria, el paisaje y la experiencia estética.
Desde sus primeros ejercicios profesionales aparece la intersección entre arquitectura, arte y poesía. El uso del vacío para enmarcar elementos preexistentes —como un arco enladrillado en una antigua casa— revelaba ya una intención de resignificar el espacio mediante operaciones mínimas. La arquitectura aparece entonces como un medio para alterar nuestra percepción de lo cotidiano.
Intervención en Temistocles 44, 1993 | Mauricio Rocha
El habitante ocupa un papel central. Cada obra busca producir una experiencia fenomenológica precisa: contrastes de luz, fragmentos preservados, materiales envejecidos o gestos de contención que convierten la memoria en parte activa del proyecto. Mantener un muro de adobe en lugar de demolerlo es un manifiesto de principios, una postura frente al tiempo y al territorio.
Casa Graciela Iturbide, Heliotropo, Barrio del Niño Jesús Coyoacan, 1991 | Taller Mauricio Rocha
Rocha habló también del riesgo de repetirse. Para evitar que la obra se convierta en una fórmula, el despacho procura trabajar sin ataduras estilísticas ni materiales preconcebidas. Cada proyecto exige una lectura específica del lugar, del programa y de la ciudad.
La escuela de Invidentes y Débiles Visuales— ejemplifica con claridad esta estrategia. El proyecto retoma aprendizajes de la modernidad mexicana y técnicas constructivas locales. Los taludes perimetrales, realizados con tierra recuperada del propio terreno, aíslan el conjunto del ruido urbano y transforman un desecho en recurso arquitectónico.

Rocha compartió además una anécdota reveladora sobre el proceso de diseño. Para presentar el proyecto a un usuario con ceguera, el despacho elaboró una maqueta háptica con distintas texturas y materiales que permitían comprender espacialmente el edificio. Según relató el arquitecto, la verdadera validación ocurrió cuando el usuario recorrió la maqueta con las manos y comenzó a preguntar por la luz, las alturas y las circulaciones. La experiencia demostraba que una idea arquitectónica también depende de cómo se comunica.
El arquitecto recordó igualmente las enseñanzas de su maestro Humberto Ricalde, particularmente la importancia de mantener cohesión material en cada obra. Rocha mencionó como referencia la idea de limitar el número de materiales y trabajar con recursos locales, en sintonía con los principios del regionalismo crítico formulados por Kenneth Frampton.
En la escuela, la plaza central surgió durante el proceso de diseño, aunque no figuraba en el programa original. El espacio terminó por convertirse en el corazón del conjunto. La arquitectura respondía además a distintas condiciones de percepción visual: muchos usuarios no habían perdido completamente la vista y distinguían el espacio a partir de contrastes lumínicos. La luz y la sombra se transformaron entonces en herramientas de orientación y experiencia.
Escuela de invidentes y débiles visuales, Iztapalapa, Ciudad de México, 2001 | Taller Mauricio Rocha
El manejo de los volúmenes, los muros de tepetate reforzados estructuralmente y la relación con el agua producen una atmósfera particularmente compleja. Pequeños canales acompañan los recorridos y permiten orientarse mediante el sonido, además de contribuir a la micro-climatizacion pasiva del exterior.
La diversidad de texturas en los acabados de concreto, ejecutados a través de cimbras diversas, ayuda también a identificar distintas áreas del conjunto. A esto se suman jardines aromáticos y vegetación seleccionada específicamente para enriquecer la experiencia sensorial. La arquitectura propone una experiencia sensorial completa.
El color adquiere igualmente un papel fundamental. Rocha explicó que el amarillo es uno de los tonos más perceptibles para personas con debilidad visual, razón por la cual barandales y elementos de señalización recurren a esa gama cromática. En las áreas de lectura, los pasamanos incorporan fragmentos en braille de obras literarias, mientras que sistemas acústicos especializados transforman el espacio en una experiencia inmersiva.
Escuela de invidentes y débiles visuales, Iztapalapa, Ciudad de México, 2001 | Taller Mauricio Rocha
En otra escala, Rocha abordó la intervención en la Torre de los Vientos de Gonzalo Fonseca —aunque durante la charla hizo referencia a la relación contemporánea del espacio con Pedro Reyes—. La operación consistió en insertar una escalera helicoidal de madera dentro de la estructura existente, convirtiéndola en mirador. El arquitecto destacó que gran parte de la resolución final dependió del conocimiento técnico del carpintero de obra, reivindicando así el valor del saber constructivo no académico.
El Mercado de San Pablo sintetiza otro momento importante de la arquitectura mexicana reciente. El programa original contemplaba únicamente una cubierta, pero el despacho reinterpretó la lógica espacial de los tianguis tradicionales: techumbres escalonadas que regulan la entrada de luz y facilitan la ventilación natural. Sin incrementar significativamente el presupuesto, el proyecto consiguió mejores condiciones térmicas y espaciales. Formalmente, la cubierta dialoga con el paisaje urbano irregular de la localidad, marcado por procesos de autoconstrucción y una heterogeneidad material evidente.
En el Centro Cultural San Pablo, la intervención funciona como una operación de “acupuntura arquitectónica”, según las palabras de Rocha. Una estructura ligera de acero y madera inserta nuevos espacios de biblioteca dentro del edificio histórico, mientras un pasaje público conecta el conjunto con la ciudad. El proyecto explora las tensiones entre patrimonio, espacio público y uso contemporáneo.
Algo similar ocurre en el Centro Cultural Los Chocolates, donde el programa surgió de un análisis detallado de las dinámicas sociales del sitio. El resultado es un espacio profundamente apropiado por la comunidad, al grado de que, cuando se propuso convertirlo en oficinas administrativas, la población defendió su permanencia como equipamiento cultural.
La narrativa alrededor del Pabellón Sonoro estuvo marcada por una fuerte carga poética. Rocha describió el sitio original como “un antiguo muro de fusilamiento, un árbol y dos piedras”. La intervención transforma las huellas de violencia en aperturas hacia el paisaje: perforaciones que convierten antiguos impactos de bala en pequeñas ventanas de contemplación. El pabellón, por su diseño, exige ser descubierto lentamente.
Otro proyecto significativo fue Estudio Iturbide, realizado para la fotógrafa Graciela Iturbide. El edificio destaca por el manejo preciso de celosías de ladrillo que filtran la luz y construyen una atmósfera de penumbra controlada, adecuada para el trabajo fotográfico. Aunque aparentan ligereza absoluta, estas celosías integran refuerzos estructurales ocultos dentro de la mampostería.
En el caso de la ampliación del Museo Anahuacalli, obra galardonada con el Mies Crown Hall Americas Prize, el desafío consistía en intervenir el paisaje volcánico del Pedregal sin imponer un gesto dominante. El proyecto organiza nuevos pabellones alrededor de una plaza central y utiliza materiales como recinto volcánico y madera para integrarse al entorno. La arquitectura parece flotar sobre la lava. Los cimientos retraídos, las pasarelas y los parteluces permiten que el paisaje siga siendo protagonista. La arquitectura funciona como un marco donde la imagen es el paisaje, propone recorrerlo y hacerlo visible.
Rocha abordó también la nueva sede de la Cineteca Nacional en Chapultepec, desarrollada dentro del plan maestro de la Cuarta Sección del Bosque. El proyecto reutiliza una antigua fábrica de pólvora y municiones, transformándola en un complejo cultural con salas de cine, talleres y espacios públicos. La estrategia privilegia la reutilización de infraestructura existente bajo una premisa clara: la arquitectura más sustentable es aquella que evita construir innecesariamente.
Durante la sesión de preguntas, Rocha insistió en que la arquitectura puede incluso pasar desapercibida como objeto; lo importante es la experiencia que produce. Habló también de las tensiones inevitables en proyectos públicos y de la necesidad de defender la lógica del diseño frente a negociaciones presupuestales o políticas.
“Lo importante es que al final exista armonía”.
Sobre vivienda colectiva, expresó interés en desarrollar más proyectos de esa naturaleza, aunque reconoció las dificultades que implica trabajar con modelos inmobiliarios guiados principalmente por la rentabilidad. Aun así, insistió en la importancia de la dignidad espacial y en la responsabilidad de la vivienda frente a la ciudad.
“La habitabilidad no termina en el umbral de una puerta. Depende también de la relación con el espacio público, los servicios, los sistemas de movilidad y los lugares de encuentro colectivo.”
Rocha defendió además una formación humanista para los arquitectos, cercana a la filosofía y a la ciencia política, como herramientas necesarias para comprender el impacto urbano y social de la disciplina.
Hacia el final de la charla surgió una reflexión en torno a la “mirada distraída”, idea propuesta por el arquitecto chileno Smiljan Radić, recientemente galardonado con el Premio Pritzker.
“Mientras que una mirada atenta arrastra prejuicios, marcos contextuales y conocimiento heredado, una mirada distraída está libre de ataduras, observa desde la inocencia y la humildad, en suma, nos permite seguir sorprendiéndonos incluso ante lo habitual, las maravillas no le pasan desapercibidas al arquitecto distraído.”
Quisiera cerrar con una observación personal. La arquitectura, como cualquier práctica artística, es siempre una producción colectiva. No solo eso, en ocasiones es producto de varias colectividades que entran en diálogo para producir una experiencia integral de habitabilidad. La obra de Mauricio Rocha hace de esa condición colaborativa uno de sus principios fundamentales. Arquitectos, artesanos, ingenieros, constructores y habitantes participan en la construcción de una experiencia compartida.
La obra de Rocha se ha convertido en una referencia indispensable para quienes hoy se forman en arquitectura en México. Más allá de estilos o formas, deja una enseñanza sobre ética, sensibilidad y responsabilidad frente al territorio y sus habitantes.
Como señaló el propio arquitecto al concluir la conferencia:
“No importa la escala, no importa el presupuesto, lo más importante son los principios, éticos, políticos. Como arquitectos debemos saber manejar la luz, la temperatura y la memoria. Hay que escuchar al usuario y desde ahí entender las sensaciones de la experiencia intangible, lo que sucede de un lugar a otro, los intersticios. Los materiales y las estrategias de diseño cambian, pero siempre hay diálogo y contraste sobre lo nuevo y lo viejo. Los invito a producir una arquitectura que nos haga sentir amables en un sitio”
El arquitecto japonés Kengo Kuma ha dado a conocer las primeras imágenes de Qapital, una torre de uso mixto de [...]
El Centre Pompidou anunció la construcción de su primera sede en América en la ciudad brasileña de Foz do Iguaçu, [...]