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Columnas

Un irregular panorama de techos y azoteas: 120 años de Santa

Un irregular panorama de techos y azoteas: 120 años de Santa

20 enero, 2023
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

 

Hay un momento en Santa (1903), la célebre novela de Federico Gamboa que este año cumple 120 de ser publicada, en el que la protagonista epónima, después de abandonar a su familia e instalarse en la casa de citas en la que trabajará buena parte de su vida, percibe la ciudad que la rodea. “De la calle subía un rumor confuso, lejano, gracias al jardín que separa la casa del arroyo”. Se lee también que la muchacha miró “un irregular panorama de techos y azoteas; una inmensidad  fantástica de chimeneas, tinacos, tiestos de flores y ropas tendidas, de escaleras y puertas inesperadas, de torres de templos, astas de banderas y rótulos monstruosos; de balcones remotos cuyos vidrios, a esa distancia, diríase que se hacían añicos, golpeados por los oblicuos rayos del sol descendiendo ya por entre los picachos y crestas de las montañas, que, en último término, limitaban el horizonte.”  Santa ya se encontraba muy lejos de Chimalistac, su pueblo de origen, sitio que, en el marco de la novela, delimita una frontera entre lo rural y lo urbano. Podría decirse que su encuentro con el paisaje de azoteas multiplicadas es una especie de señalamiento. Llegó a la ciudad y, así, inicia el meollo de la novela: el trabajo sexual de Santa en una ciudad que modernizaba sus infraestructuras y el entendimiento de quiénes la habitan, y bajo qué condiciones. 

Según apunta Guadalupe Pérez-Anzaldo en su texto “La representación del espacio urbano en consonancia con el sujeto transgresor femenino en Santa de Federico Gamboa”, nuestra protagonista “pone al descubierto las ambigüedades de la metrópolis”, la cual “aspiraba al título de la París de América” destacando, al mismo tiempo, “entre las paupérimas ciudades latinoamericanas”. Fue en 1900, a decir de Pérez-Anzaldo, cuando “más de 10,000 mujeres fueron registradas como ‘públicas’ en los Departamentos de Salud y de Policía”. Si el discurso del régimen imaginaba una urbe cuyos ejemplos de progreso eran Nueva York y Washington, Santa “encarna a esos seres que pululan entre los márgenes e intersticios y que, por lo mismo, le otorgan a la ciudad una simultaneidad y pluralidad de significados”. Continúa la autora: “Como portadora de los males sociales, Santa es la antítesis del progreso anhelado por una clase burguesa ajena a las necesidades alimenticias, educativas y laborales de la mayoría de la población”. Incluso, la misma Santa lo dice en primera persona: “Mi pobre cuerpo magullado y marchito por la conscupiscencia bestial de toda una metrópoli viciosa”. 

Pero, ¿hasta qué punto las dinámicas urbanas moldean la trama de la novela? En opinión de Fernando A. Morales Orozco, crítico literario y autor de Querer, olvidar y odiar es la trinidad perpetua del espíritu. Federico Gamboa y la novela de adulterio (El Colegio de San Luis, 2021), la ciudad es más un escenario que un personaje en sí mismo. “Podemos pensar en Los Bandidos del Río Frío, que tiene muchos capítulos que se desarrollan en la Ciudad de México”, dijo en entrevista. “Hay partes en el Canal de la Viga, por ejemplo. Vemos una ciudad más cercana al siglo XIX. Quizá en el caso de Santa me atrevería a decir que sí hay una presencia muy fuerte de la urbe ya no en términos de ciudad industrial pero sí de una ciudad moderna, aunque la ciudad que vemos, como tal, la estamos viendo de una manera relativa. Podríamos ver a las grandes casas señoriales de otros textos, que nos recuerden a la ciudad novohispana, pero en Santa vemos espacios mucho más pequeños y mucho más cerrados, que nos hablan de casas más modernas. Uno ya no necesita un solar gigantesco porque ya no tienes 57 esclavos viviendo en el traspatio. Entonces, tienes una casa un tanto más pequeña, un poco más cercana a lo que nosotros pensamos como una casa habitación”. 

Sin embargo, la casa de citas en la que Santa se da cuenta que ya vive en la ciudad, es un espacio que puede tomarse en cuenta para encontrar una urbe más desarrollada. “La modernidad de ese sitio, fuera de sus dimensiones, es que la visitan políticos y toreros, y que contrasta con el cuartucho en el que vive Hipólito, el ayudante del pianista ciego que toca en el burdel. Esto nos habla de vecindades y de zotehuelas. Tenemos una ciudad mucho más urbanizada que no se parece en nada al pueblo de San Ángel, el cual ya está siendo invadido por la industria. El hecho ver al río Magdalena sucio por los desperdicios de la fábrica de papel en donde trabajan los hermanos de Santa nos habla de una ciudad que ya está creciendo. Ya vemos un Zócalo, ya vemos el alumbrado público. Es una novela plenamente situada en la Ciudad de México”. Si la novela de Gamboa nombra una Ciudad de México con mayor contundencia, eso va hermanado con la forma en la que se describe el trabajo que ejerce su heroína. “Es posible encontrar semejanzas entre este texto con Los Fuereños, de José Tomás de Cuéllar. En 1891, claramente estamos en una ciudad más pequeña, pero ya vemos en la Calle San Francisco y en la calle 5 de mayo los carruajes por donde pasan ‘aquellas señoras’ que el autor no se atreve a nombrarlas como prostitutas. Pero además de ‘esas señoras’, vemos a los lagartijos, quienes están viendo la vida pasar esperando a que alguien les invite un trago o que los meta al Café Tacuba. Clementina Díaz y de Ovando lo estudia muy bien en su trabajo sobre los cafés y restaurantes de la Ciudad de México. Pero estos espacios de alta alcurnia, de alguna manera, son bastante afrancesados. Pero ya en la novela de Cuéllar aparece por algún lado el puesto de quesadillas, y es esta clase de marcas que nos permiten decir que estamos ante una ficción y una modernidad mexicana. Por ejemplo, pensemos en la posada en la que vive el Jarameño, amante torero de Santa. Ahí viven él pero también otras 50 personas con quienes debe comer. Si ponemos este espacio con la casa de huéspedes a la que llega a vivir Jo, personaje de la novela estadounidense Mujercitas, podemos intuir que, probablemente en la posada de El Jarameño no están desayunando madalenas. Incluso, podríamos leer Santa como una crítica a una ciudad que intentó modernizarse y afrancesarse de todas las formas posibles, pero sin éxito porque, a final de cuentas, la vecindad de Isabel La Católica y 5 de mayo sigue teniendo una sobrepoblación de habitantes”.

Santa vivía con su familia hacia el sur de una metrópoli que todavía contaba con las vistas que pintó José María Velasco. El “afuera” y el “adentro” de la ciudad todavía tenían límites muy claros, pero, ¿los podemos rastrear en el texto de Gamboa? “Para efectos de 1903, sitios como el Tívoli del Eliseo, en la colonia Tabacalera, todavía son considerados sus afueras, si bien forman parte de la ciudad. En Santa, vemos que transitan de su casa de citas hacia el Tívoli, lo que nos habla de una forma de movilidad diferente que no necesariamente vemos en otras novelas. También, el hecho de que se hable de lo que, en ese entonces, era una distancia larga entre Chimalistac y lo que se conoce como la Ciudad de México, nos permite afirmar que leemos sobre una ciudad que se encuentra en plena necesidad de expansión”. Morales Orozco comenta que, en la época, la ciudad crecía hacia la Zona de San Cosme y la Roma, pero también hacia el sur, algo que apenas se insinúa en la historia de Gamboa, ya que no se cuentan con localizaciones certeras.  

“En la ciudad, Santa podría haberse dedicado a cualquier otra cosa”, menciona Morales Orozco, algo que es importante tomar en cuenta ya que en el discurso médico y psiquiátrico de la época, una mujer mancillada sólo puede dedicarse a la prostitución. “Ya hay algo que está volando en el zeitgeist del México de inicios de siglo. La génesis del crimen en México de Julio Guerrero se publica en 1904, libro en el que culminan algunas ideologías que ya existían y que señalan que hay ciertas personas en las clases bajas que, inevitablemente, no respetan los límites sociales ni morales, por lo que se hace evidente que sea de ahí de donde provengan prostitutas y léperos. Este pensamiento ya empieza a aparecer en textos de José Tomás de Cuéllar. En el caso de Santa, la fórmula determinista está apenas sugerida en dos renglones de las 600 páginas que tiene la novela. Gamboa afirma que Santa fue devorada por la ciudad, pero no me atrevería a afirmar que era un camino así de determinista. La ciudad, en todo caso, más bien echa a andar la narración.”

Por esto mismo, la novela puede tener matices incluso subversivos: aquella mujer se dedica, por convicción, al trabajo sexual, por lo que Santa se conforma como un texto singular. Podría pensarse que la moral de la época no recibiría tan favorablemente a un personaje de esta naturaleza, sin embargo, dice Morales Orozco, “este fue nuestro primer best seller. Tenemos textos como Por donde se sube al cielo, novela que se perdió en un periódico hasta que fue rescatada en los 90. A Santa la editan y la imprimen 14 veces en la vida de Federico Gamboa. Esto es un gran dato: significa que la gente la leyó y la compró. Parece que el texto tiene se gancho morboso, de un lector que intenta averiguar cómo es una vida que se encuentra fuera de la normatividad.  Estamos leyendo sobre gente que no merecía estar inscrita en la historia. No estamos leyendo sobre próceres de la patria, tampoco es una historia de aventuras. Otros textos canónicos, como Clemencia o El Zarco, nos hablan de mestizaje y de identidad nacional. En Santa eso ya no está ahí. Hay personajes españoles que no son ni el enemigo ni el colonizador, también están habitando la ciudad. En ese sentido, es una novela sumamente cosmopolita y es en ese cosmopolitismo donde vemos que ya no importa si eres torero o si eres abogado o músico de burdel. Al final, como lo decía Gamboa mismo: ‘todos somos susceptibles de caer en tentaciones’”.

Al contrario de otros textos decimonónicos, Santa sigue siendo leída hasta nuestros días y, si como plantea Morales Orozco, la ciudad es un escenario, es en ese telón de fondo donde una trabajadora sexual testifica el desarrollo de la modernidad en la capital de México, como el “sinnúmero de focos incandescentes, de la cantina, y de los gabinetes, cuyos luminosos rayos intranquilos salen al jardín desde ventanas y puertas, en decidida persecución del enemigo”. La novela de Gamboa no es un mapa preciso de una urbe cuya forma se iba modificando con velocidad inusitada, pero sí un posible registro de aquellos signos que modificaban la narrativa. Si los héroes de la Independencia tomaban la voz cantante, en el texto de Gamboa y en ficciones subsecuentes,  fueron apareciendo espacios y personajes más reconocibles que dan un retrato más cercano de la Ciudad de México. 

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