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Columnas

¿Terminaron las vacaciones?

¿Terminaron las vacaciones?

1 octubre, 2013
por Gustavo Gómez Peltier | Twitter: peltierDF

Autodidacta, filosofo y urbanista, Paúl Virilio plantea en su texto Pensar la velocidad que el progreso y la catástrofe son el anverso y el reverso de la misma moneda. Afirma que construir el Airbus 380 para mil pasajeros es generar la posibilidad de tener mil muertos o que haber construido el Titanic fue construir el naufragio del Titanic. “No es triste decirlo, en absoluto, es una realidad,” asegura el autor. Para Virilio no hay ningún pesimismo en esto, ninguna desesperanza, es simplemente un fenómeno racional. Afirma que se trata de un fenómeno ocultado por lo que el llama “la propaganda del progreso” mediante la cual se halaba de los beneficios y se niegan los riesgos. La propaganda del progreso es también utilizada para justificar el desarrollo urbano –junto con sus respectivas arquitecturas— en miles de ciudades en todo el mundo. El “progreso” para revestirse de realidad suele ir acompañado de una ideología mediante la cual sea posible plantear un “objetivo común”, que en el caso de las ciudades bien puede interpretarse como una “idea de ciudad”. La ciudad como el paraíso ideológico, moderno y por tanto edificado. Ciudades como el Berlín de la Alemania Nazi, el Stalingrado de Stalin, el Detroit de Roosvelt y por que no, el Acapulco de Miguel Alemán, han dado cuenta de que Virilio parece no equivocarse.

Acapulco, una ciudad creada bajo la propaganda de un sistema político para el que la “modernización” era ineludible y que para lograrla con la velocidad que demandaban los tiempos se tenía que basar en la explotación de los recursos naturales. Por su condición geográfica y natural Acapulco tendría una doble condición: ser el paraíso construido sobre el paraíso. Se comenzó así a edificar un nuevo imaginario, un mundo ideal en donde el cielo y el infierno serían sustituidos por el sol y la playa. Este nuevo imaginario urbano y tropical estaría habitado por personajes de la farándula, la política y la sociedad –el ahí mismo definido Jet Set— que habitarían las arquitecturas de la modernidad y se pasearían en lujosos autos sobre lujosos bulevares. A partir de este nuevo imaginario de los años cincuenta, el resto de los mortales estaríamos más que dispuestos a vernos reflejados en ese falso espejo de la modernidad tropical. Pero las vacaciones han terminado y hoy lo hemos visto todos: la ciudad anegada, la infraestructura destruida, la población residente afectada en sus bienes y en su economía, el turista siempre contento ahora desconcertado y enojado al quedar varado, la ciudad incomunicada vía terrestre, marítima y área, las autoridades paralizadas y los medios dando cuenta de que el paraíso que ellos mismos promovieron se asemeja más a un infierno que también genera rating.

Las ciudades que han sido destruidas se han vuelto a edificar pero nunca lo han hecho bajo la misma perspectiva ideológica, en Acapulco parece que nuevamente se insistirá en la misma por que simplemente no hay otra. Hoy se habla de rescatar y reconstruir, de regresarle su grandeza, de demostrar que sigue en pie y que muy pronto estará listo para servir al turismo y al capital. De lo que no se habla es de reconfigurar una ciudad que siempre ha sido un desastre evidente y que sólo es vista cuando las consecuencias del desastre son televisadas. Y reconfigurar una ciudad no solo es darle a la naturaleza el lugar que le corresponde, reubicar miles de viviendas, construir más infraestructuras hidráulicas, quitarles impuestos a los hoteleros y lanzar campañas publicitarias para sensibilizar a la demanda. La conciencia de crisis no es suficiente para mejorar una ciudad y particularmente su condición económica de absoluta dependencia. Reconfigurar una ciudad implica necesariamente generar un marco de sustentabilidad ambiental y económica, y con ello mantener, mejorar y ampliar el empleo, incrementar la captación de inversiones, fomentar el desarrollo regional y diversificar la actividad de los sectores productivos; se requiere por principio asumir un nuevo paradigma de actuación y desarrollo económico que permita permanecer rentablemente en el negocio del turismo a nivel global.

Es innegable que la actividad turística es generadora de diversos beneficios, lo que si es cuestionable es la intensidad y alcance de estos logros. Si los beneficios no logran impactar positivamente en el nivel de vida de la población, los servicios urbanos, el manejo adecuado del medio ambiente, el desarrollo urbano de la localidad, la educación, la capacitación laboral y el manejo responsable de la administración pública, entonces se pude afirmar que los beneficios son parciales y se encuentran fuertemente segmentados. Si los beneficiarios reales de la actividad turística siguen siendo grupos privilegiados, se pierde la oportunidad de desarrollar un destino sustentable y por tanto competitivo. Setenta años de un falso desarrollo “modernizador” son más que suficientes para darnos cuenta que la ruta resultó falsa.

El Acapulco de los próximos años deberá sorprendernos no por sus playas y hoteles, sino por su capacidad para reconfigurarse como una zona metropolitana con 250,500 viviendas (de las cuales 22,545 no cuentan con drenaje) y 870 mil habitantes (de los cuales 69,600 mayores de 15 años no saben leer y escribir). Cuando las vacaciones terminan se vuelve a la escuela y al trabajo, Acapulco debe aprender la lección y el gobierno ponerse a trabajar de manera responsable.

ACAP

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