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Columnas

Santa Maria dei Miracoli: cuando el mármol se vuelve luz

Santa Maria dei Miracoli: cuando el mármol se vuelve luz

2016. Caminaba sin rumbo, hacia donde la ciudad me llevara. Sin guía ni mapa, dispuesto a la sorpresa.

Había cumplido con un encargo profesional (como coordinador en aquel tiempo del programa de arquitectura) entregando los trabajos de los alumnos de la Cátedra HOLCIM, para que fueran expuestos en la bienal, así que, por el momento, no tenía agenda ni objetivo, que no fuera dejar que la deriva y el aparente azar de callejones y canales que la traza veneciana nos ofrece como alternativas contrastantes de movilidad, me envolviera en su inmensa telaraña. Y digo aparente azar, porque al final no hay tal, simplemente la red está tejida en un patrón desconocido hasta ese momento por mí, al menos desde el dictamen de la experiencia, porque mapas había visto y estudiado previamente a la visita, pero la experiencia biográfica nunca es igual.

Entre la necesidad del encargo y la posterior deriva, la cantidad de momentos transcurridos en tan sólo un par de kilómetros era desbordante. El sol reinaba aún en el cielo, sin oposición de nubes, coqueteando con las sombras que proyectan las miles de edificaciones y, de pronto, apareció un contorno de luz solidificada. Esa, estimadas y estimados lectores, es al menos la percepción que ante mis ojos provocó el extraordinario templo renacentista.

Santa Maria dei Miracoli asomaba con su ábside, su cúpula y su torre, entre los diversos planos que dibuja el Campo de Santa María Nova cuando se le cruza del norponiente al sur oriente. Debo de confesar que, pese a la importancia histórica de la edificación, hasta ese momento no figuraba en mi biblioteca cerebral y si en algún momento cruzó su imagen y narrativa por mis ojos, fue en uno de esos instantes en que, como estudiante, uno realiza ciertas acciones cual autómata, debatiéndose entre el cansancio provocado por el desvelo y la necesidad de pensar en el proyecto a resolver para el curso de la materia afín, en algún semestre de tantos, mientras simultáneamente intentaba poner atención en clase de mi querida maestra Gigliola Carozzi.

Habiendo confesado mi falta de conocimiento, especialmente a mis amigos cuyos orígenes están en esta bella ciudad, como Julio o Caterina, retomo el relato blandiendo mi licencia poética del bloque de luz solidificada.

Construido a finales del denominado “Quattrocento”, ese siglo que consolida al pensamiento humanista y su inevitable visión antropocéntrica, la elección de Pietro Lombardo para ir ensamblando diversos bloques de mármol con los que dar forma a la comisión de un tal Ángelo Amadi, permite al material capturar de forma peculiar los rayos solares para reflejar cristalinamente la tersa superficie y los colores con los que se delinean sus vetas.

La geometría del volumen combina marcos y arcadas, bóveda, cúpula y torre en una sola nave, mientras que el ritmo de las ventanas anuncia los juegos de claro oscuro que, dependiendo la hora del día, permitirán al mármol del interior volverse luz pura o radiación ante la sombra, según les toque.

No me meteré a comentar estilo o filigrana, no es en este caso y para este lenguaje mi campo de conocimiento profundo, pero la realización perfecta del labrado en cada uno de los elementos daría para pararse a observar cada parte del edificio durante extendidos jornales que ocupan meses. La prisa es mala compañera en un viaje como este, pero es la medida del tiempo que tuve.

Así que las y los amables lectores, encontrarán seguramente muchas y mejores imágenes del templo descrito en una breve navegación por la red, que las compartidas por mí, donde intentando capturar el momento me limité a unas cuantas creyendo equivocadamente que “tendría tiempo de regresar y registrar con más detalle” los espacios internos y externos que derivan de esta obra. Nunca hubo el tiempo, la cantidad de días en la ciudad y la cantidad de espacios a recorrer y experimentar, además de los otros compromisos que me llevaron a Venecia, terminarían por consumirlo todo.

A menudo me enfrento, reconociendo mi lupa personal en el disfrute y apreciación de la arquitectura, con las discusiones sobre el estilo y la defensa acérrima que la visión academicista de la ilustración, todavía prevaleciente en la óptica que la cultural occidental hace del término y su estudio. Sin contradecir en absoluto los profundos y complejos estudios que existen sobre el tema, ni denostar de ninguna manera la muy profesional opinión de amigas, amigos y colegas dedicados a ello, cuando se me presentan experiencias que combinan todas las emociones espaciales que mis sentidos pueden captar con la serenidad y oficio del maestro constructor, que ensambla las piezas del rompecabezas de forma pertinente, con fe y orgullo en su quehacer, entonces encuentro que la arquitectura trasciende el estilo, convertido entonces en un breve gesto ideológico de momento.

Y aprovechando el momento, retomo la idea Miesiana sobre los materiales “preciosos y precisos” para cerrar la reflexión de hoy de la siguiente manera: los materiales preciosos y precisos son todos: tierras, palos, piedras, metales. ¡Ah, pero la búsqueda inagotable para combinarles convirtiéndolos en configuradores de espacio!

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