Casa Salvador es la adaptación de una vivienda existente, implantada en un pequeño padrón de la zona céntrica de Montevideo. La ley de promoción de vivienda, vigente en Uruguay desde 2011, debería funcionar como un plan social capaz de garantizar el acceso a la vivienda de los sectores de menores recursos. En la práctica ha operado más como un instrumento de promoción inmobiliaria: de las cerca de 60.000 unidades construidas a su amparo, el 83 % se adquirió como inversión y no para ser habitado. Solo en las zonas centrales de Montevideo se estima que hay unas 20.000 viviendas desocupadas, a las que se suman muchas otras precariamente habitadas o subutilizadas.
¿Cuáles son las condiciones de habitabilidad de las viviendas que promueve el mercado inmobiliario?
La pregunta excede a Montevideo y alcanza a buena parte de las ciudades latinoamericanas. Casa Salvador parte de esa contradicción. En lugar de sumar una unidad nueva al circuito, transforma una vivienda ya construida. La casa original tenía 50 m² en una sola planta y ocupaba todo el terreno, un padrón de cuatro metros de frente por doce de fondo. Su tipología planteaba tímidamente un sistema de medios niveles, con la cocina, el comedor y un sótano a medio nivel del acceso. No presentaba un valor arquitectónico significativo y sus espacios, excesivamente fragmentados, condicionaban negativamente el uso cotidiano: faltaban dimensiones mínimas, luz y ventilación. La mitad correspondía a la construcción inicial, sólida, en concreto armado y albañilería.
El proyecto conservó los espacios estructuralmente más sólidos —el sistema principal de escaleras y servicios—, eliminó las adiciones posteriores y replicó ese sistema en vertical. Así multiplicó la superficie habitable y dotó a la vivienda de condiciones espaciales y ambientales mejoradas: la casa creció hacia arriba y ganó la luz y el aire que antes no tenía.
Los espacios habitables se organizan en cuatro ámbitos de tamaño análogo, de unos cuatro por tres metros: un subsuelo, una terraza y dos espacios interiores que admiten usos distintos (dormitorio, sala, estudio o comedor) sin que ningún tabique fije de antemano cuál. La envolvente es relativamente abierta, capaz de dar lugar a la flexibilidad y a distintas formas de apropiación. Los servicios se resuelven en los descansos de la escalera, a medio nivel de cada espacio habitable. La casa mantiene su intimidad abriéndose hacia dos pequeños patios interiores, que multiplican el espacio y generan una sensación de amplitud dentro de sus ajustadas dimensiones.
Reutilizar lo existente aprovecha la materia y la energía ya invertidas, y devuelve al uso una casa que la ciudad mantenía cerrada. Frente a un modelo que produce vivienda como activo financiero, Casa Salvador demuestra que intervenir sobre lo construido puede dar una vivienda con mejores condiciones —más luz, más aire, más espacio— que muchas de las unidades que hoy se levantan de cero. En un contexto donde la adaptación y la reutilización resultan cada vez más necesarias, actuar sobre lo ya edificado es también una forma de proyectar una ciudad sostenible.