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Columnas

‘Los niños no pueden estar durmiendo en la calle’

‘Los niños no pueden estar durmiendo en la calle’

11 octubre, 2017
por Indira Kempis | Twitter: in_dei

 

Wendy Sánchez Vargas, una de mis mejores amigas de “toda la vida”, me lo dijo con firmeza al teléfono. Esa frase que detonaba la urgencia después del desplome de cientos de casas en el Estado de Morelos.

¿Quién se hubiera imaginado que la tragedia nos alcanzaría la tarde del 19 de septiembre de 2017? Nadie. Como si fuera un juego de azar en el que perdemos todos, habitantes de este Estado como los de Oaxaca, Puebla, Chiapas y Ciudad de México, tuvieron que salir a darle la cara a la monstruosidad que todavía, y hasta el momento, representa el que muchas familias se hayan quedado sin hogar, sin hermanos, tíos o madres, con el peso de la incertidumbre del futuro y en esa terrible soledad que representa saberse vulnerable ante la fuerza de la naturaleza.

Este país del que siempre nos hemos quejado. Al que soportamos porque no queda remedio alguno. El que a mí me recuerda a diario lo que no me gusta, no quiero, me molesta. El país que es tuyo pero que sientes tan lejano en cada acto de corrupción, impunidad e injusticia. Ese país del que no quieres ni pronunciar su nombre porque hasta duele cuando el “ya merito” nos deja en los lugares despreciables de cualquier lista. Sí, ese país tan gastado de promesas insulsas y de gente condicionada a no cambiar, nos dio la voltereta de “tortilla” que necesitábamos para reconocer que juntos somos más.

No soy nueva en esto de incidir en lo público y llevo estas últimas semanas yéndome a dormir con sorpresa. De lo bien organizados que somos si nos lo proponemos, de la generosidad que abunda ante el sufrimiento de otros y de lo mucho que estamos dispuestos a sacrificar a riesgo de la propia vida por el rescate y la estabilidad moral y material de nuestros paisanos.

He sido protagonista y testigo de no saber sus nombres ni recordar sus rostros, pero saber que los vi, los olí, los sentí cerquita del corazón que también me palpitaba. A cada hombre y mujer cargando cajas de vivieres, moviéndose para retirar escombros, prestando sus casas, sus baños, sus camas para que otros pudieran hacer uso, alimentando en cada abrazo un espíritu quebrado ante el escenario atroz.

Y, entre esas personas, estaba mi mejor amiga del bachillerato, Wendy, la que esa pre-ocupación la hizo transformarse de mercadóloga y empresaria a ingeniera, secretaria, asistente, carpintera, arquitecta, administradora de proyectos, psicóloga y un sin de otros oficios que supongo ella misma desconocía.

Mientras yo volaba de Monterrey, Nuevo León, a Cuautla, Morelos, entre decenas de llamadas y mensajes de WhatsApp para adelantarme a lo que sé hacer, ella ya había localizado a tres familias de una vecindad que perdieron sus casas, no habían tenido la visita de ninguna autoridad y llevaban días viviendo en la intemperie.

“Quizá lleve a algunas personas al sitio”, le comenté mientras algunas organizaciones de la sociedad civil, expertos y autoridades teníamos una reunión a la que llegué directo sin comer y con el cabello mojado de un recién baño de ese día en el que estuve despierta casi 24 horas.

“Diles que vengan porque los necesito”, me dijo con desesperación, explicando la situación riesgosa y vulnerable en la que se encontraban las personas.

La reunión transcurrió con el tema clave para la reconstrucción: el censo. Ellos no pudieron ir porque había que seguir reconociendo el territorio, así que caminando tuve que llegar sorteando el desastre porque a donde voltearas había algo derrumbado: una lámpara, la columna de una iglesia, un pedazo de barda o la barda completa, una ventana. ¡Tan roto el corazón como el conteo de cada perdida! Esto sin contar las vidas humanas que también se perdieron, principalmente en Jojutla, Morelos.

Pero cuando arribé a la vecindad, el “milagro” estaba hecho. Mi amiga había comprado con su propio dinero madera; su esposo, Julián, quien trabaja en una empresa cuya marca es reconocida, había sacado algunas lonas de publicidad para donarlas; su hermano Jorge Sánchez Vargas y el profesor José Luis González se encargaron de hacer cálculos y movilizar a esa decena de otros jóvenes estudiantes de una escuela y un par de trabajadores de la maderería que por voluntad propia habían decidido ir a ayudar a lo que se convertiría en trabajo hormiga de lo que denominamos #HogarEmergenteMX para instalar lo que, ahí mismo, con la iniciativa de la sobrevivencia, se estaba gestando: la instalación de vivienda emergente para las personas de muy escasos recursos cuyos cuartos –para ellos casas– habían quedado, literalmente, sobre el piso.

Hay que dar lo que sabes hacer. Entonces, se me ocurrió, junto con mi esposo Gustavo, armar la recolección de donativos vía virtual, con el propósito de que más personas pudieran tener un techo en lo que los dichosos planes de reconstrucción se convierten en una realidad.

Lamentablemente, Morelos no es la Ciudad de México, con ese cúmulo de recursos que están totalmente a la mano. Tampoco es Oaxaca que, desde antes del sismo, la desigualdad ya había hecho estragos en su territorio. Morelos no se puede quedar como el “perro de las dos tortas”, pensé. Necesitamos hacer visible la necesidad y atraer los recursos con el fin de beneficiar a más familias que, aún con lo que hemos hecho entre todos, los meses siguientes serán de una larga espera para la vivienda permanente.

No sólo son casas, son sus entornos, su cultura, su patrimonio histórico y su organización familiar, económica y social lo que está de por medio. Hay algo que es invisible a los ojos y eso, incluso, son las emociones y sentimientos que también deberían entrar en ese proceso de rehacer la vida comunitaria en resiliencia.

Difícil estos tiempos en los que el sismo de esa tarde nos tomó en la crisis álgida que tenemos en México por la opacidad, las faltas a las leyes y/o reglamentos y esa manía por construir en un “valemadrismo” despiadado que nos ha llevado al olor a muerte que no tuvo por qué haber sido en esa magnitud de no ser por ese helipuerto, ese jacuzzi, ese espectacular, ese político en turno administrando al son del dinero de intereses voraces nuestras propias vidas.

Lo cierto es que esos niños estuvieron durmiendo sin un techo; en tanto, Wendy los encontró e hizo todo lo que estuvo a su alcance para ayudarlos.

Ese poder femenino también es una muestra de la capacidad de las mujeres. Y esa empatía es lo que provocó que desde mi trinchera y otras nos involucráramos en el sobre esfuerzo de reaccionar ante la urgencia.

#HogaremergenteMX recaudó en días un poco más de 84 mil pesos. Se han entregado hasta el domingo 8 de octubre 39 casas, y se espera alcanzar las 50.

Víctor Vargas, Rafael Valdespin, Brianda Leon se han encargado del censo. Agueda Gon, Edgar Olaiz, Elisa Trujillo, Brenda Pérez, Marcela González y Nacho Rodríguez, estamos al pendiente de la continuidad de los esfuerzos porque esto no acaba hasta que se acaba.

Cuando me alcance la vejez le quiero contar a las niñas y los niños que hubo un tiempo en el que mi país amargo nos mostró las mieles de lo que somos capaces: transformar en medio de la crisis, la tormenta y la adversidad.

A Wendy y Julio Pérez Machorro que nos une algo más que el caos. La amistad que cambió la realidad de un pedacito de país. Ellos son sin duda mis motivos para amar a México. No, no podemos permitirnos que este país existan niños, con o sin sismo de por medio, que estén durmiendo en la calle.

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