Urbanismo Anfibio
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31 agosto, 2026
por Alfonso Fierro
Cortesía: INBAL
Como estudiante del sistema educativo mexicano, innumerables veces escuché la mítica historia según la cual el pueblo mexica, mucho tiempo antes de construir la gran ciudad-lago de Tenochtitlán, venía en realidad de una casa olvidada llamada Aztlán o “lugar de las garzas”, localizada en algún punto de un “norte” vago e indefinido. Jamás escuché, en cambio, que un milenio después, en barrios como el Pilsen de Chicago o el East Side de Los Angeles, el movimiento chicano setentero empezó a llamar Aztlán a sus territorios y espacios de vida dentro de los Estados Unidos. La exposición Aztlán, túnel del tiempo, curada por Jesse Lerner, Rubén Ortiz-Torres y Joshua Sánchez y exhibida actualmente en el Museo del Palacio de Bellas Artes, busca zurcir esta conexión en buena medida olvidada o desconocida para un público local en México.
Cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes
Aunque se presenta como una exposición sobre arte chicano, Aztlán, túnel del tiempo se concentra sobre todo en el arte producido por las comunidades mexico-americanas de la ciudad de Los Angeles, California. Al evitar condensar todo el arte chicano de todas partes de Estados Unidos, la exposición resiste un gesto totalizador que habría resultado en una muestra más somera y superficial de la que logra con su foco en la ciudad californiana. Desde este pequeño aleph de la cultura chicana producido por el arte angelino, entramos en las profundidades de Aztlán. Vemos cómo las poblaciones chicanas se han apropiado de territorios como el East Side de LA a través de gestos arquitectónicos que mexicanizan los barrios, del surgimiento de una moda característica, de una gráfica con gestos indigenistas y de prácticas culturales distintivas como la cultura lowrider.
Pero quizá la sección de la exposición que más profundamente toca la naturaleza de Aztlán es aquella llamada “transtemporalidad” y dedicada al arte futurista chicano. Artistas como Rafa Esparza y Guadalupe Rosales producen arte que mezcla elementos disonantes, de la saga de Star Wars a los códices prehispánicos y los corridos de Chalino Sánchez. Piezas como la Piedra del Sol convertida en la nave de Han Solo de Rafa Esparza sugieren que, así como las poblaciones chicanas narran sus origenes “remixeando” sus distintas memorias culturales producto de su situación diaspórica, así también se imaginan y proponen futuros basados en cruces imposibles y encuentros inesperados. La idea de Aztlán sostiene esto. Como mito de orígenes azteca luego reapropiado por las comunidades chicanas, Aztlán es un espacio utópico –un no-lugar– cuya forma y localización son en realidad abiertas y flexibles. En tiempos obsesionados con la pureza de los orígenes nacionales y los límites fronterizos, la muestra nos enseña que los futuros chicanos apuestan en cambio por la contaminación, la descolocación y la construcción de territorios de vida emergentes.
Cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes
Si la exposición no estuviera en Bellas Artes sino en un museo de Los Angeles o en alguna otra parte de los Estados Unidos, podría decirse que la muestra busca enfatizar la presencia territorial de la cultura mexicana en ciudades americanas y en un campo artístico que sigue marginando, despreciando o exotizando a las poblaciones mexico-americanas. Podría incluso argumentarse que la exposición responde a las condiciones políticas actuales en los Estados Unidos, en particular la mediatización de la violencia migratoria y la criminalización sistémica que las poblaciones latinas viven hoy en día en los Estados Unidos. Y si bien es evidente que este eco aparece y se sostiene en la muestra, es relevante que la exposición esté en México y en el Palacio de Bellas Artes en particular.
Proyectado como casa de ópera por el italiano Adamo Boari durante el Porfiriato y sus anhelos cosmopolitas, el palacio fue famosamente reapropiado por el muralismo posrevolucionario a través de un lenguaje nacionalista basado en una interpretación de la cultura popular mexicana. Los murales de Rivera, Siqueiros, Orozco y Tamayo, de muy distintas maneras, ofrecen como dice Mary K. Coffey una pedagogía de la nación según la cual el México moderno es el resultado de un proceso revolucionario capaz de derruir el elitismo porfiriano para formar un nuevo orden representado por las formas, símbolos y prácticas culturales provenientes desde abajo. Si bien la ópera nunca entró de lleno en los gustos populares, esta pedagogía de la nación ha sido tan exitosa que ha convertido a Bellas Artes en un sitio de peregrinación turística por excelencia a donde miles de personas van en busca de un relato de la nación mexicana (o una imagen de la misma). Es además un espacio donde han sucedido subsecuentes eventos fundacionales para nuestra idea de la mexicaneidad, como lo fue el concierto de Juan Gabriel de 1990 que ahora se transmite periódicamente en el zócalo de la CDMX como un rito más de la nación fundado en su cultura popular.
Cortesía: Museo Nacional de Bellas Artes
Desde este ángulo, Aztlán: Túnel del Tiempo inscribe la cultura chicana dentro del relato nacional mexicano. Este gesto no es menor. Como decía David Maciel en el prólogo a El México de afuera: historia del pueblo chicano, todavía hoy existe en México un profundo desconocimiento e incluso un desprecio por las poblaciones que han migrado, se han establecido o siempre han vivido más allá del Río Bravo. Apenas hace unas semanas, durante el mundial, los comentaristas de Vix –plataforma que se dirige en buena medida a las poblaciones latinas en Estados Unidos– exhibieron este desprecio cada vez que trataron de discutir fallidamente si un jugador nacido en los Estados Unidos era o no “verdaderamente” mexicano (incluyendo discusiones bizantinas sobre la importancia de comer tacos). En un contexto político como el que se vive en Estados Unidos en estos momentos, reconocer a las poblaciones chicanas y su cultura del lado mexicano es valioso en tanto puede prevenir su aislamiento político, social y cultural. Anclada en la idea de Aztlán, la exposición evoca así un relato de orígenes bien conocido en México, lo conecta con la menos visible historia chicana y crea de este modo un puente necesario para una nación que no puede ni tiene por qué imaginarse sin su diáspora.
Aztlán: Túnel del Tiempo. Curada por Rubén Ortiz-Torres, Jesse Lerner y Joshua Sánchez (curador asociado). Museo del Palacio de Bellas Artes, abierta hasta el 27 de septiembre 2026.
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