Arquitectura abigarrada, allá y acá
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20 mayo, 2026
por Alfonso Fierro
Créditos de imágenes: Travis Roozée
Se escuchan abejas y moscas zumbando, aves, el anuncio de un trueno y la lluvia, los perros ladrando, coches que pasan, grillos, insectos y un merengue que un carro se lleva lejos y que dice ya no aguanto esta pena. La grabación se reproduce en la esquina, desde unas bocinas. Hay tres petates en el suelo para sentarse. Principalmente se escucha lo que sucede en ese lugar, en ese paisaje. Nada del otro mundo. De vez en cuando, una voz se entromete en medio y, junto con unas hojas sueltas desperdigadas en la instalación, nos localiza en un sitio muy en particular: estamos en un ejido en el centro de México, en Tlaxcala, en un pueblo llamado Santo Tomás de la Concordia cerca del río Atoyac. Es un ejido donde los artistas Dylan Clark (Ventura, California) y Ángel Xicohtencatl Espinosa (Nativitas, Tlaxcala y Lee, Massachussets) han estado trabajando hace tiempo, pues de ahí es la familia de Ángel. La voz solo aparece a veces, en realidad es el paisaje el que continúa. Hasta que algo aparece. Un ruido, alguna actividad. Acudes de nuevo a la voz y al apoyo de las hojas sueltas: parece que alguien está plantando un árbol, y que ese árbol es un capulín. Luego el ruido se detiene. Vuelve el paisaje, pero ahora da la sensación de que el árbol ya está ahí.
Pensé que quizá sí hubo un tiempo, algún punto en algún momento de la historia, en que la fruta redondita de ese árbol dejó de llegar a la casa donde crecí en la ciudad de México. Antes llegaba de vez en cuando, por temporadas, y aparecía como por arte de magia. Un día entrabas a casa y el capulín ya estaba ahí, en el platón de la fruta en el centro de la cocina. Y es que no llegaba, como casi todos los alimentos, en las bolsas de plástico del supermercado o en la canasta de la recaudería sino que llegaba por obra de alguien que había conseguido un bonchecito en algún lado –quizá en algún tianguis o de las manos de alguien más– y que decidía compartirlo con mi madre. Luego dejó de verse en algún punto, y aunque seguramente aún se encuentre en los tianguis, da la sensación de que cada vez se le ve menos. Yolanda me dijo que su bisaabuela tenía un árbol de capulín en casa y que se aprovechaba siempre que las ramas daban su fruto en racimo, primero la pulpa y luego los huesitos, la semilla tostada con sal. Pero también ese árbol en algún punto se fue de ahí y ya no está.
Créditos de imágenes: Travis Roozée
Al mismo tiempo siempre ha estado, como esa grabación que sigue y por donde no dejan de pasar abejas y coches. Las exploraciones arqueológicas de Carmen Cristina Adriano-Morán y Emily McClung de Tapia hallaron restos de carbón de leña de capulín en el Valle de Teotihuacán entre 400 ac-1500 dc, indicando que el cultivo del capulín –Prunus serotina ssp. capuli– se daba ya desde aquel entonces y se aprovechaba como leña. Años después, McClung de Tapia mostró en un artículo publicado en los Anales de Antropología evidencia del consumo del fruto de capulín en zonas como Tlatelolco, Xaltocan y Teotihuacán. Ya en el Vocabulario del franciscano Alonso de Molina publicado en 1571 aparecía el nahuatlismo capolín, que el fraile definía como árbol o fruto del cerezo. Antes de eso, en Santiago de Tlatelolco, el médico indígena Martín de la Cruz dictó en nahuatl a su traductor Juan Badiano los usos medicinales del capulín, que se utilizaba para tratar pústulas y úlceras. También en Tlatelolco, Sahagún anotó la existencia de varias especies de capulín, por lo menos cuatro variantes identificables, cultivadas y con nombre propio desde tiempos muy antiguos. Y el naturalista imperial Francisco Hernández confirmaría la dispersión evolutiva del capulín a partir del cultivo humano y añadía un extraño comentario sobre los usos medicinales de la fruta: “el polvo de la misma desvanece las nubes de los ojos, aclara la vista y cura las inflamaciones, ablanda y humedece la lengua cuando está seca por el excesivo calor.”
Donde las crónicas adolecen es en rastrear la historia comercial del capulín y por lo mismo parte de su historia migrante. Su registro aparece en menos grado que árboles valiosos en los mercados globales ya desde aquel entonces como el cacao. Está también ausente en las crónicas que narran la colonización de California a través de las misiones de autosuficiencia, porque los frailes no lo llevaron al norte. Tampoco es tan visible en las crónicas comerciales relacionadas con la nao de Manila. Y sin embargo el capulín viajó a ambas partes. La voz que por momentos se entromete en el paisaje a media narración vuelve para obligarnos a cambiar de rumbo o quizá solo para darle un efecto móvil a ese paisaje que sigue y sigue. En Filipinas el árbol también se cultiva en pequeñas huertas familiares o en los caminos de las zonas altas. No se sabe bien cómo llegó. Hay un año que suena, 1924, pero es un tanto arbitrario. Igual está claro que viajó, tarde o temprano, siguiendo una red comercial establecida desde la colonia que depositaba semillas en el puerto de Acapulco con rumbo a Manila u a otras de las innumerables bahías del archipiélago hasta asentarse aquí y allá en las tierras altas.
Créditos de imágenes: Travis Roozée
Los moscos siguen zumbando en la grabación. Hacia California parece que el capulín no siguió la ruta de los misioneros de la colonia sino la de los exploradores agrícolas de principios del siglo veinte que trabajaban para el departamento de agricultura de los Estados Unidos. En su Manual de Frutas Tropicales y Subtropicales de 1920, el explorador Wilson Popenoe describió en detalle el capulín. Luego trató de llevarlo a California con el objetivo de generar su monocultivo, pero el árbol parece que simplemente no se dejó, por lo menos no en esa lógica de cultivo. Pero quizá algún capulín haya sobrevivido también ahí, posibilidad que no es cancelada por esa grabación donde los moscos zumban y los perros ladran.
No sé. No sabemos tanto del capulín ya, en realidad, y tal vez ni siquiera recordemos cómo se ve o cómo sabe a estas alturas. Por más que nos esforcemos, en la grabación nos queda solamente aquello que lo rodea. Al mismo tiempo parece que por ahí está, en algún lado. Porque la grabación sigue y dura. Llega gente un rato, se va y los moscos vuelven a zumbar, pasa otro coche, ladra otro perro, quizá es el mismo, y al fondo, más allá del capulín enterrado, se escucha de paso un corrido y otro merengue más.
Pochtecayotl | Dylan Clark & Ángel Xicohtencatl Espinosa | Shangai Seminary (Chicago, IL)
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