El fantasma del capulín: paisaje migrante
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15 julio, 2026
por Alfonso Fierro
(Detail) José Lozano, La sonámbula (The Sleepwalker), 1998, serigraph / serigrafía, 22/58, NMMA Permanent Collection, 1999.104, Published at Self Help Graphics & Art and (Detail) Nick Wesley, View from the Wild Mile, 2021, digital photograph, Courtesy of Urban Rivers
Íbamos ya tarde hacia San Jerónimo, en Milpa Alta. Ese viernes había llovido muy fuerte desde las tres o cuatro de la tarde. Ya era noche y el diluvio había cedido, pero las calles eran ríos y lagos a un costado de los embarcaderos de Nativitas y luego por San Gregorio Atlapulco, donde la fiesta seguía como si nada. No era aquella una imagen nueva para la ciudad de México. Cada verano, como un rito, llegan las inundaciones que dificultan la vida urbana, pero vuelven quizá para refrescarnos la memoria, recordándonos que aquellos canales de la zona chinampera que se construyeron hace mucho justamente para contener, distribuir y aprovechar la temporada de lluvias hoy se encuentran cada vez más reducidos por el ritmo de una urbanización empeñada en su extinción.
Recordé, mientras Yolanda y yo navegábamos el curso del camino hacia la montaña, una exposición que actualmente está en el museo de arte mexicano de la ciudad de Chicago. Cuando se relaciona Chicago con la Ciudad de México, como lo intenta esta exposición, lo más común es partir de la población que ha migrado de México a Chicago para sembrar una cultura diaspórica allá. Otra conversación usual es aquella que sitúa a Ciudad de México y Chicago como dos casos ejemplares del modernismo arquitectónico del medio siglo. Pero esta exposición, titulada Xochicago, se distancia de ambas opciones y pone en diálogo a Chicago y Xochimilco en términos de sus ecosistemas inundables y lacustres, a los que distintos grupos de habitantes han respondido con un urbanismo anfibio. Estas iniciativas, a su vez, contrastan con los paradigmas de urbanización dominantes tanto en Chicago como en Ciudad de México que han visto el ecosistema lacustre como desagüe, drenaje o estorbo, optando así por darle la espalda al agua a través de barreras urbanas o proyectos de disecación.

Dividida en dos partes, un lado de la sala explora el caso de Chicago. Si bien es sabido que las comunidades indígenas de la zona sabían aprovechar el ecosistema de lago, río y praderas inundables, la exposición focaliza la relación de la ciudad de Chicago con su río a partir de la era de industrialización de la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX. En esta época, que se considera fundacional para la historia urbana de la ciudad, Chicago era un centro de producción industrial en ciernes por su céntrica y bien comunicada localización en plenos Grandes Lagos. Conforme creció la urbe, el río de Chicago se volvió un desagüe urbano e industrial a donde las fábricas, las míticas procesadoras de carne y la industria en general vertían sus desechos. A tal grado se contaminó el río que uno de los grandes proyectos de infraestructura de aquella era fue la desviación de su curso para que todo el desecho no contaminara el Lago Michigan, sino que saliera escupido al río Illinois. Desde entonces, la ciudad le dio la espalda al río, que fue más bien canal de flujo y desecho industrial.
Todavía hoy, cuando ya no queda industria en Chicago, pasar por el río es recorrer un paisaje en ruinas: fábricas abandonadas, puentes levadizos que ya nunca tienen que abrirse, vías oxidadas de ferrocarril y barreras que separan a toda costa el río del inicio de los barrios habitados. Aún así, la exposición focaliza la iniciativa Urban Rivers, una organización comunitaria que lleva ya varios años construyendo islotes que recuperan el ecosistema inundable nativo. Por un lado, la iniciativa busca recuperar el ecosistema fluvial de la ciudad, con sus praderas de pastos y su fauna propia. Al mismo tiempo, Urban Rivers busca darle al río esa cercanía urbana que no tuvo en la formación de Chicago, volviéndolo un espacio de recreo y de paseo capaz de generar una nueva relación entre los habitantes de la ciudad y el cuerpo de agua que la atraviesa.

Del otro lado de la sala, la exposición echa mano de la rica colección del museo para reconstruir el caso de Xochimilco. A través de esta colección, Xochimilco se observa desde lo culto y desde lo popular, en obras que van de Saturnino Herrán a calendarios populares, de la figura de “la Chalupa” de los juegos de lotería a sus ecos en “La sonámbula” de José Lozano. Se percibe, en este recorrido, el lugar clásico que Xochimilco ocupa en el canon nacionalista en tanto paisaje mexicano. De María Candelaria a Lozano, de Herrán a la fiebre actual por la simbología del ajolote, este canon visual construye a Xochimilco como un paisaje bucólico que es algo así como el eco póstumo de una Ciudad de México del pasado. Este eco es bello y pintoresco, pero apunta insistentemente hacia atrás, sugiriendo que se trata de una forma casi extinta de habitar un Valle de México que ya no existe.
La pregunta que queda colgando y que volvía reflejada en el agua estancada de las calles de Nativitas, es si esta representación nostálgica de Xochimilco contribuye discursivamente a sostener un proceso urbano que insiste en reducir y ahogar lo que queda del urbanismo anfibio de Xochimilco. Y es que, frente a una forma ancestral de adaptación económica, arquitectónica y social a un ecosistema inundable que resultó en un sistema de “calles de agua” –como las llamaron los cronistas–, la Ciudad de México sigue eligiendo el paradigma de la disecación. Para ello, y en esto la representación nacionalista es clave, sirve concebir a Xochimilco como el último remanente de un pasado bucólico que se celebra en tanto pasado y que en la actualidad puede servir como paseo turístico y como sitio de fiesta folclórica en trajineras, pero jamás como un futuro urbano viable.

Pensé entonces, mientras el agua resbalaba por los muros de contención y los camiones generaban olas gigantes por todo San Gregorio, que quizá lo único que se le podría agregar a Xochicago es la contraparte a Urban Rivers. Aunque la exposición hace un recorrido por las representaciones clásicas de Xochimilco en el arte visual, sería interesante echar un vistazo a algunas de todas las organizaciones de base en Xochimilco que, al igual que Urban Rivers, apuestan por un urbanismo anfibio que no desconoce su territorio. Muchas de estas organizaciones apelan al pasado a través de la memoria oral y situada para recuperar así una serie de conocimientos prácticos, tradiciones culturales y sistemas sociales que enseñan cómo habitar, cultivar y vivir en un ecosistema como ese. A diferencia de la nostalgia bucólica del nacionalismo, la tradición es aquí una fuerza viva, pues volver al pasado significa reencontrar un rumbo y, por lo mismo, abrir un camino al futuro más sensato que las calles vueltas lago por las que navegamos cada verano.
Xochicago: Floating Gardens of the Chicago River and Mexico. Curada por Rebeca D. Meyers. National Museum of Mexican Art, Chicago. Mayo 9- Octubre 4 2026. Mas información AQUÍ.
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