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Columnas

La caminata de la basura

La caminata de la basura

25 agosto, 2020
por Alfonso Fierro

Resulta que en 1970 los trabajadores del servicio de basura de Londres se fueron a huelga. Poco a poco, las calles de la ciudad se llenaron de bolsas y desechos. Londres volvía a ser la ciudad que quizá alguna vez fue. En ese entonces, el artista mexicano Felipe Ehrenberg se encontraba ahí, avanzando sus primeros experimentos conceptuales y de arte correo. Un día, salió a la calle con un gis y dibujó alrededor de las bolsas una silueta, igual que hacen los policías con los cadáveres en la escena del crimen. Levantadas las bolsas, quedaría marcado sobre el pavimento el espacio público que durante unos días fue ocupado por los desechos privados. La pieza resultante, “Garbage Walk”, consistió en esta cartografía con gis y un registro fotográfico que la acompañó. La pieza bien podía leerse en clave detectivesca: estaba ya la evidencia putrefacta desperdigada por las calles y estaba también la escena del delito demarcada por el recorrido de Ehrenberg. Lo que faltaba, en todo caso (y la pieza apenas lo sugería), era la naturaleza del crimen y su perpetrador.

 

Se sabe que la basura es un negocio, y uno donde se mueve mucho dinero. En la Ciudad de México, el gobierno paga millones para que los rellenos sanitarios acepten nuestros desechos inorgánicos. Algunos de estos rellenos usan el gas que saca la basura enterrada o la queman para producir energía, que venden o usan. Otros rellenos tienen a su servicio a pepenadores encargados de espulgar las montañas de desechos en busca de material reciclable para venderle a las empresas. Los propios camioneros hacen ya una primera separación de este material, que pasan a venderle a centros de acopio –varios clandestinos– antes de ir a depositar el resto de la basura al centro de transferencia delegacional. Aunque se mueva tanto dinero, o quizá por ello, se trata de un negocio opaco, bastante invisibilizado, todo un sistema urbano del que los habitantes preferimos no enterarnos con demasiado detalle. Mejor que alguien se lleve la basura, como sea. Por eso investigadores como Héctor Castillo o Carina Frykman hablan en sus textos de lo difícil que es investigar en este universo urbano, de la hostilidad con la que se les suele recibir, de las trabas formales o informales, de las amenazas veladas o explícitas. De ahí también que a veces estos investigadores tengan que especular un poco, llegar a conclusiones, deducir detalles difíciles de confirmar. No es fácil saber, por decir algo, si todos los camioneros les piden cuotas a los barrenderos para que vacíen sus tambos o si sólo algunos piden o si sólo a algunos se les pide. No queda claro si todo el equipo del camión está contratado por la ciudad o sólo el chofer, mientras que el resto del equipo trabaja en otro esquema. ¿Por qué a veces pasa un camión con parabrisas del Che Guevara y horas después otro pintado con los colores oficiales de la ciudad y con todo el equipo uniformado? Para muchos civiles, en cuanto la basura cae en el camión, el problema está resuelto. Y muchos de los operadores también prefieren esta parcial invisibilidad. 

De hecho, opacas son también las historias de algunos de los personajes involucrados, en particular las de la dirigencia, algunas de las cuales dan para serie policíaca. Quizá algunos todavía recuerden la mañana de 1987 en la que Rafael Gutiérrez, el “zar de la basura”, amaneció asesinado en Iztapalapa. En 1962, Gutiérrez había empleado el apoyo político de su padrino, entonces jefe de oficina de limpia, para desplazar al líder del basurero de Santa Cruz Meyehualco, Agustín Padilla. Desde entonces, Gutiérrez recibía toda la basura reciclable de los trabajadores del basurero, que organizó en una Unión de Pepenadores del DDF, y negociaba su venta personalmente. Las ganancias se dividían parejo entre él y su padrino, Benjamín Carpio, hasta que Carpio perdió su posición política y Gutiérrez aprovechó la ocasión para deshacerse de él. Para entonces, el “zar” ya había ocupado varios puestos políticos con el PRI, una diputación incluida, y tenía contactos en los lugares que importan. En el basurero, mientras tanto, Gutiérrez patrocinaba fiestas y viajes a Acapulco, organizaba rifas navideñas, apoyó la creación de una liga de fútbol, construyó una capilla. No es claro quién lo asesinó, si bien su viuda Guillermina Gutiérrez se adjudicó el crimen alegando que Rafael había violado a su hermana. Actualmente, Guillermina tiene a cargo la planta de Santa Catarina. 

Al inscribir las siluetas de las bolsas en el piso de la ciudad, “Garbage Walk” pretendía registrar la rápida saturación de un espacio público carente de un servicio de limpia. En el contexto de la huelga, apuntaba a dimensionar la importancia de un trabajo demasiado invisibilizado por la sociedad, un trabajo que es considerado sucio, poco digno, y sin embargo absolutamente esencial en el día a día de una ciudad como Londres o la Ciudad de México. Un trabajo mal remunerado para quien lo trabaja diario, y sin embargo millonario para quien lo dirige o aprovecha. La pieza señalaba también la complicidad de una sociedad que, en este rubro, prefiere hacerse de la vista gorda, no moverle nada al asunto, mantener las cosas como son, sean como sean, con tal de que alguien aleje la basura todos los días de enfrente de la casa. Sugería Ehrenberg en “Garbage Walk” que quizá por ahí había que buscar el crimen, así como a su perpetrador.     

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