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Parque, basurero, huerto

Parque, basurero, huerto

19 mayo, 2020
por Alfonso Fierro

La cuarentena –se ha repetido ya lo suficiente– ha dejado claras muchas de las tendencias, divisiones, desigualdades y privilegios que ya existían desde antes y que ahora se han intensificado o han quedado al desnudo, como las ropas nuevas del emperador. Los que pueden, se han resguardado en casas y dependen ahora más que nunca de sistemas de entrega a domicilio de todo tipo de productos. Dependen también de sistemas de extracción de los residuos y la basura que estos productos y sus empaques dejan tras ser consumidos. Encerrados, ahora es más fácil que nunca olvidarse del hecho de que alguien tiene que llevarse esos residuos y que esos residuos van a parar a algún sitio, donde en algunos casos se quedarán años. Aunque para muchos sectores de la ciudad ya lo era, sin salir de casa se nos ha facilitado el ni siquiera preguntarnos qué pasa con toda la basura que tiramos, esa basura que alguien más se lleva y que termina en algún lugar dentro o fuera de la ciudad.

Hace tres años, en 2017, el barrio Las Águilas al suroeste de la Ciudad de México vivió una breve conmoción cuando se corrió la voz de que una parte del Parque Japón usada como corralón sería convertida en basurero (más específicamente, un centro de recolección y transferencia). Las Águilas es un barrio tan desigual que podría tomarse como ejemplo de la realidad urbana en México: de un lado barrancas marginales, del otro fraccionamientos con seguridad privada o casas grandes. La gente del barrio con cierto poder adquisitivo o mediático rápidamente se alzó en contra de esta decisión delegacional, entre otras cosas con miedo a que los precios de sus propiedades bajaran. Puesto que muchos contaban con acceso a medios de comunicación, pronto se habló al respecto en el radio, se publicaron columnas de opinión y finalmente se logró echar para atrás la (pésima) decisión política de volver un parque un basurero. A media disputa, sin embargo, un grupo pequeño de vecinos más jóvenes circuló en redes sociales una tercera opción que la delegación ni siquiera acusó de recibida y que los vecinos con mayor voz consideraron a lo mucho una fantasía juvenil. La idea era convertir esa sección del parque en un jardín y huerto comunitario que utilizara basura orgánica recaudada por la gente del propio barrio como composta. La propuesta decía que podría encontrarse la manera de involucrar a las escuelas públicas y privadas que abundan en el barrio para que los estudiantes se encargaran del huerto en cada una de sus etapas, aprendiendo así a sembrar y cultivar a partir de los desechos mismos. El producto podía ser repartido, utilizado en las escuelas o vendido para recaudar fondos para el propio jardín. La propuesta concluía que este lugar podría ser un espacio comunitario capaz de permitir el diálogo entre sectores sociales altamente segregados en un barrio como Las Águilas.

Esta “tercera vía” resultaba llamativa porque planteaba que detrás de la recolección y disposición de la basura existe un problema de visibilidad que es político. En primer lugar sugería la importancia de darle visibilidad a nuestros desechos, normalmente olvidados por los ciudadanos a partir del momento en que entran al bote de basura, reutilizándolos en este caso para sembrar y cultivar. Pero en otro nivel reconocía que si los vecinos de Las Águilas podían detener esta iniciativa política era porque algunos de ellos tenían poder adquisitivo, visibilidad mediática y acceso a la esfera pública, mientras que los centros de recolección y transferencia de basura estarían a la fuerza en algún lugar de la ciudad y ese lugar muy probablemente terminaría por ser alguna zona cuyos vecinos no contaran con las mismas condiciones de reclamo. De fondo estaba entonces algo similar a lo que Jacques Rancière llamó alguna vez la “distribución de lo sensible”.

Según Rancière, una sociedad determina quién puede participar en la polis a través de un reparto sensorial que nos permite escuchar a ciertas voces y ver a ciertos actores, mientras que otra parte de la población —“la parte sin parte” dice Rancière— queda al margen de este espacio sensorial permitido y, por lo mismo, sus voces no pueden ser oídas ni sus cuerpos vistos como parte integral o meritoria de la comunidad política. La propuesta del huerto comunitario criticaba justo esto. Si bien tenía sentido que los vecinos de Las Águilas reclamaran en contra de la transformación de una sección del parque en basurero, por otro lado la solución no podía ser simple y sencillamente empujar ese basurero a otra parte de la ciudad con menor visibilidad política y “lavarse las manos”, olvidándose del asunto de a dónde se va y enfrente de quién se deposita toda esa basura que se produce en el barrio. Frente a la magnitud del problema, el huerto comunitario era evidentemente una propuesta modesta, pero interesante. Más que una solución definitiva, aprovechaba la coyuntura para imaginarse otra relación sensorial con los desechos que producimos, así como un espacio comunitario que pudiera fungir como punto de encuentros sociales que hoy no suceden y que permitirían a esa comunidad ver, oír, pensar y decir diferente. Como diría Donna Haraway, lo urgente hoy es la composta, re-componer nuestras relaciones sociales, humanas y entre especies.

Tres años después, desechada la idea del basurero, siguen ahí el parque y el espacio desaprovechado del corralón. Por lo mismo, al menos en potencia, sigue en pie la posibilidad del jardín comunitario. Más que nunca es evidente la necesidad de cambiar nuestras prácticas de producción, consumo y desecho. Y ciertamente es todavía una realidad que seguir el trayecto de la basura en la ciudad de México poco a poco nos va llevando, escala por escala, de aquellos sectores que pueden consumir productos y desechar basura a aquellas zonas urbanas y suburbanas a donde esa basura va a parar y en donde residen las partes sin parte más excluidas en el reparto actual de lo escuchable, lo visible y lo decible en la comunidad.  

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