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La basura nuclear: un problema de diseño

La basura nuclear: un problema de diseño

20 septiembre, 2023
por Sandra Loyola Guízar

“Comparable sólo con la edad de nuestro planeta, los miles de millones de años que requiere el uranio para liberar la mitad de su radiactividad lo acerca más a la eternidad que a una realidad limitada en el tiempo”

Fragmento 23 “Radioactive fire” Marder & Tondeur, 2016, 56

The Chernobyl Herbarium: Fragments of an Exploded Consciousness

Como especie, hemos “logrado” que algo no se degrade, que permanezca, que sea eterno e inmortal: la basura nuclear. Podemos pensar que la especie humana es la única que produce desechos, vistos como sustancias residuales problemáticas porque no se adhieren a ninguna otra cadena de uso o de sentido. Solamente los humanos producimos residuos que no se vinculan a otros metabolismos y que, por lo tanto, se acumulan casi sin cambios. 

Cada vez que se produce energía nuclear se producen desechos que se guardarán en la corteza terrestre durante más de 200 mil años: esa escala es, para nuestra conciencia, un “para siempre” y almacenar algo para siempre es un gran problema de diseño.

Hace un par de siglos, se pensó en el carbón como principal detonador de energía modernizadora planetaria y se carbonizó el mundo. Hoy los desechos de esta decisión nos amenazan con la crisis del cambio climático. La alternativa a este conflictivo invernadero podría ser la producción de energía nuclear, pero sus desechos y accidentes causan, con una velocidad extraña, otra crisis que se yuxtapone a la climática. Esta última alternativa nos angustia por un potencial peligro que no somos capaces de conceptualizar y, mucho menos, de comunicar.

Paradójicamente, la energía nuclear tiene bajas emisiones de gases de efecto invernadero; de hecho, que se considere como “energía limpia” no la hace menos peligrosa, pero sí es un potente y confuso argumento para permitir su uso en el proyecto de administración de un mundo en crisis. Las ciudades necesitarán aumentar su suministro eléctrico y a la vez mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero. Las plantas nucleares se presentan como una solución a esta ecuación; sin embargo, implican un peligro atómico siempre latente, con un incalculable poder destructor de lo material y de lo inmaterial. Los protocolos de “gestión de riesgos” para la elaboración de energía nuclear resultan un eufemismo que delata las consecuencias que provoca nuestra hambre de energía. Penetrar para extraer (de la tierra, los núcleos de los átomos y otros cuerpos), es nuestra forma de satisfacernos energéticamente, una demanda insaciable hasta el absurdo.

Debido a la utilización de plantas de energía nuclear y a la detonación de bombas atómicas, ya sea como parte de pruebas o en la guerra, se ha producido una altísima cantidad de desechos radiactivos. Este material amenazará la vida y la salud humanas y no humanas durante miles de años. Por esta razón, la tecnología nuclear implica pensar en las formas de almacenamientos terminales para tales materiales durante un periodo de tiempo inusualmente largo. 

Esto me lleva a pensar en la escala de las formas arquitectónicas de los recintos que almacenan estos desechos. En México, la Central Laguna Verde de la Comisión Federal de Electricidad y el Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares realizan la gestión de los desechos radioactivos. Otro caso notable es el de Onkalo, una instalación de almacenamiento geológico profundo de combustible nuclear ubicado en Finlandia. Es un sistema de túneles y rieles de hasta 400 metros de profundidad, que guardará por tiempos inconmensurables los residuos que se generen durante la producción de energía nuclear para electrificar las ciudades. El diseño de esto que podríamos considerar como un “aparato urbano” debe proyectarse a 100 mil años al futuro, aunque no se tenga registro de nada construido por el hombre con esta duración. Onkalo podría considerarse otra “maravilla” de la ingeniería y de la civilización, pero su programa arquitectónico delata los problemas que se encapsulan en tanques de acero inoxidable dentro de albercas de agua subterránea. Esta ciudad bajo tierra (un espacio habitado actualmente, mientras se construye, por los trabajadores que viven ahí dentro), diseñada para convertirse en sepulcro, en tumba, en caja fuerte sellada, será quizá el vestigio más duradero de nuestro siglo y albergará los residuos de la energía generada en las urbes finlandesas. El resto de países sin proyectos de depósitos geológicos de residuos nucleares de esta dimensión, ¿dónde enterrarán las toneladas de basura nuclear? Esta basura representa un peligro potencial: es invisible, inolora, no se siente y aún así podría dañar el código genético de los cuerpos del mundo.

Este  tipo de proyectos de diseño implican varios problemas. Uno de ellos es el manejo temporal de los depósitos de basura nuclear que afrontan escalas que difícilmente podemos representar o imaginar y que bien podrían considerarse como una eternidad. En la actualidad, la forma de producir energía nos enfrenta con las siguientes preguntas: ¿cómo diseñar proyectos urbano-arquitectónicos a la escala temporal y espacial de nuestra catástrofe?, ¿cómo aislarlos de la curiosidad de humanos o especies que no existen todavía? Quizá dejar letreros de “no abrir” incite la curiosidad por saber qué hay dentro de estas fosas y, si estas tumbas llegaran a reabrirse, el proyecto habrá fallado con consecuencias destructivas cuánticas y cósmicas. Frente a la pregunta sobre cómo transmitir el mensaje del peligro contenido, no hay respuestas todavía. Estos depósitos se planean y se diseñan frente a la incertidumbre del futuro, donde angustiosamente no sabemos hasta qué punto se está enterrando una catástrofe ambiental en potencia.

Todo lo que encierran los contenedores de los derrames nucleares de accidentes como Chernóbil o Fukushima, o lo que se oculta en los depósitos como el de Finlandia, tendrá una duración de tal magnitud que, con certeza, serán los vestigios que dejarán nuestras generaciones. Quizá en sus excavaciones los arqueólogos del futuro encuentren las tumbas o cementerios nucleares y posiblemente este hallazgo sea trágico. Plantear esto implica asumir que la construcción de basureros nucleares forma parte de una lógica autodestructiva enmascarada como energía y progreso promisorios: una contradicción absoluta. 

El diseño constructivo y las posibles estrategias de comunicación se maquinan a una escala de 10 mil años, quizá porque es la escala temporal que alcanzamos a imaginar. Sin embargo, si pensamos en 10 mil años hacia el pasado, la tecnología principal de ese momento era la agricultura y hoy conocemos relativamente poco sobre las especies y el contexto cultural de aquel entonces. Cuando pensamos en arquitectura y crisis ambiental, las dificultades de diseño se enfrentarán más con las escalas temporales que con las espaciales porque ¿qué sabemos sobre las tecnologías y formas de vida posibles que ocurrirán dentro de 10 mil años? Los desechos de la energía que necesitamos ahora nos llevan a formular estas preguntas con una fuerte incertidumbre y nos hacen darnos cuenta de que nuestras formas de vida son más cambiantes que el plutonio.

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Este texto se deriva de un ejercicio que organizó el proyecto “Filosofía de la práctica editorial” (UIA, 2021). La idea era trabajar, en equipo, con un libro electrónico publicado con licencia Creative Commons 4.0. Éramos un equipo de 13 personas y queríamos experimentar con todo lo que esa licencia permite: remezclar, transformar y crear obras derivadas dando el debido crédito. El libro que elegimos fue el conjunto de ensayos El herbario de Chernóbil: fragmentos de una conciencia explotada, de Michael Marder y Anaïs Tondeur, publicado en 2016 por Open Humanities Press. Realizamos alrededor de 15 sesiones en Zoom para leer juntas este libro, y otros relacionados al tema. Después subimos el libro en un software libre llamado hypothes.is y ahí, todas las participantes, intervenimos el texto, lo tachamos, lo comentamos con noticias vinculadas al tema y a nuestras ciudades. Después cada integrante escribió un ensayo y los sumamos al libro mencionado. Cada ensayo fue leído por todas y comentado de la misma manera. Aquí se puede consultar el resultado: Ecological Rewriting. 

Referencias

  1. Borys, Christian. (9 de enero de 2017) “Cómo es de cerca el ‘sarcófago’ gigante de Chernobyl, que encerrará los residuos nucleares más peligrosos del mundo”. BBC News Mundo. 9 enero 2017. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-38533187.
  2. Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares. (2019) “Planta de Tratamiento de Desechos Radiactivos (Patrader)”. gob.mx. 1 enero 2019. Disponible en: http://www.gob.mx/inin/acciones-y-programas/planta-de-tratamiento-de-desechos-radiactivos-patrader-86536.
  3. Marder, Michael, y Tondeur, Anaïs. (2016) The Chernobyl Herbarium: Fragments of an Exploded Consciousness. Londres: Open Humanities Press. Disponible en: http://www.openhumanitiespress.org/books/titles/the-chernobyl-herbarium/.
  4. Madsen Michael. (2010). Into Eternity
  5. Office of Nuclear Waste Isolation. (1984) Reducing the Likelihood of Future Human Activities That Could Affect Geologic High-level Waste Repositories. Columbus (OH), Estados Unidos: Battelle Memorial Institute. Disponible en: https://doi.org/10.2172/6799619.
  6. Piesing, Mark. (13 de septiembre de 2020) “El desafío de crear una alerta de amenaza nuclear que se entienda dentro de 10.000 años”. BBC News Mundo. Disponible en: https://www.bbc.com/mundo/vert-fut-53966342.

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