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Espacios | El espacio reconquistado: Hacia un habitar simbiótico

Espacios | El espacio reconquistado: Hacia un habitar simbiótico

La entrega pasada, compartía con los amables lectores sobre el cómo, dependiendo de la época y la ideología de cada quien, vamos construyendo prejuicios absurdos sobre determinadas cuestiones, en este caso, el que nos inculcaban sobre la arquitectura hecha con vegetación hace unos 35 años, cuando éramos apenas unos jóvenes estudiantes.

Hay, desde luego, prejuicios mucho peores y terriblemente más dañinos que ese. El ejercicio de juzgar prematuramente parece una condición humana inevitable, pues ha sido cultivada casi por todas las culturas y civilizaciones a lo largo de nuestra historia, parte del cimiento que se fundamenta en el miedo a lo desconocido, y la sensación de fragilidad que nos condiciona nuestra propia experiencia en el habitar cotidiano, y es capaz de construir murallas de odio más inexpugnables que cualquier paramento físico.

Romper un prejuicio implica, antes que nada, una aceptación consciente de su existencia, y de su actuar como patología de nuestra psique. Requiere poner en crisis nuestro propio sistema de valores, para encontrar una metamorfosis que consolide un nuevo sistema de comprensión sobre el coexistir en el tiempo y espacio.

Uno de los prejuicios más deshumanizantes que se ha construido en la contemporaneidad globalizada a partir del racionalismo occidental, es la auto segregación de nuestra especie como parte del sistema vivo de nuestro planeta, creando la falsa ilusión de que tenemos el control sobre ésta, como si fuésemos entes superiores que en cualquier momento podemos prescindir de habitar aquí.

A pesar de que esta visión ha sido puesta en crisis desde hace varias décadas, y de que la propia naturaleza se ha encargado de mostrarnos a lo largo de los siglos, que al final sin importar qué hagamos para superarla, terminará por desbordarse reconquistando en su propia dinámica sistémica, los territorios que decidimos presuntuosamente controlar, la dinámica de producción y consumo puesta en marcha por la revolución industrial pareciera tener una inercia imposible de frenar sin que se presente algún evento catastrófico. Tarde o temprano pasa.

¿Podemos aprender desde otras perspectivas? ¿usando ejemplos inversos? ¿analizando desde dinámicas que nos reconecten con el gran ecosistema?

¿Qué sucedería si estudiamos el proceso de habitar, no desde la historia de la arquitectura y el urbanismo, si no desde el análisis de las ciudades y edificaciones que el gran ecosistema ha repoblado al ser deshabitados por nuestros predecesores?

¿Qué sucedería si en lugar de solo estudiar los patrones y procesos de construcción elaborados humanamente, estudiamos cómo otros sistemas vivos han utilizado esos elementos cual herramientas para el repoblamiento de especies vegetales y animales otrora expulsadas de ese entorno? ¿sería posible dentro de este análisis detectar qué momentos y culturas han conseguido una relación simbiótica y evolucionar sus procesos para proyectarnos a futuro? 

Ejemplos hay tantos, como territorios por los que hemos transitado, pero por ahora, seguimos lejanos a su utilización y estudio para proponer futuro, y los usamos solo como referentes culturales de un pasado perdido y momificado, ojo, no por ello fascinante.

Hace ya casi dos años, la última visita a Filobobos me dio la oportunidad de visitar con mi amigo el maestro Raúl de Villafranca, la ex hacienda de la Palmilla. Ingenio azucarero en tiempos del Virreinato y en la primera etapa del México Independiente, pasó tras la revolución de 1920 a ser una escuela. En parte abandonada, ha sido reconquistada por la exuberante vegetación del bosque tropical de lluvia veracruzano.

En aquella visita, imaginábamos Raúl y yo qué se podría hacer con esos espacios abandonados. Sin pretender llegar de momento a una respuesta. Hoy, sacando del cajón las imágenes que comparto y toda esta reflexión previa, pienso que lo mejor sería no tocarlo físicamente, más que lo básico esencial, para convertirlo siguiendo su destino formativo postrevolucionario, en un laboratorio para la comprensión de un nuevo sistema de habitar humano, ahora simbiótico… y así, me seguiría aprovechando la región, con otros espacios como Cuajilote, o Vega de la Peña, hoy preservados solo como sitios arqueológicos para estudiar y conocer los fragmentos del pasado, pero con el potencial de convertirse en centros de estudio para el habitar del futuro.

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