Columnas
Arquitectura abigarrada, allá y acá
En su reciente edición en español de El México de Afuera: Historia del Pueblo Chicano (2021), el historiador chicano David [...]
20 abril, 2021
por Alfonso Fierro
Cuando [...] hayan sido incorporadas a la vida nacional nuestras familias indígenas, las fuerzas que hoy oculta el país en estado latente y pasivo se transformarán en energías dinámicas inmediatamente productivas y comenzará a fortalecerse el verdadero sentimiento de nacionalidad.
La excavación de la pirámide era aquí fundamental, no sólo como símbolo del nuevo pacto social que se buscaba entre estado y comunidades originarias, sino como parte de un proyecto intelectual que, desde muchas disciplinas, consideró que para imaginarse un discurso unificado de la nueva nación se necesitaba recolectar y coleccionar una serie de registros antropológicos en forma de artesanías, paisajes, pirámides, ropa, comida y tradiciones de los territorios habitados por comunidades indígenas.
A primera vista, parecería que el proyecto del Tren Maya reitera este discurso indigenista en el que la modernización territorial organizada desde el centro se justificaba como rescate e incorporación de un mundo indígena abandonado. Su página oficial lo describe como un proyecto ambicioso, al mismo tiempo una infraestructura de comunicación, un aparato de reorganización territorial en busca de efectos económicos y ambientales, un dispositivo turístico y un argumento político sobre el cambio en “la vida pública” de México. La sección de cultura en específico presenta la idea de que “en el siglo XX, el salvamento arqueológico se asocia al desarrollo económico del país, en obras de infraestructura como carreteras, redes eléctricas, represas hidroeléctricas, estacionamientos subterráneos [¿?], líneas de metro o la red ferroviaria”. Esta afirmación se enuncia como explicación de los objetivos culturales del Tren Maya y se complementa, más abajo, con la noción de que las comunidades indígenas de la zona “son los herederos y representantes del patrimonio cultural maya, así como los principales beneficiarios del Tren Maya”. En un párrafo, queda establecida la idea de que el salvamento arqueológico es parte de un salvamento mayor, el de las comunidades, a quienes el Estado finalmente incorporará a la marcha del “progreso”. De paso, el Estado ayudará con la recuperación de un pasado arqueológico que las comunidades supuestamente perdieron, pero no queda claro qué implica en la práctica considerarlas “herederas” de este patrimonio o a qué se refiere exactamente la página del proyecto cuando dice que “las comunidades […] deben tener un rol fundamental en [la] protección” del mismo. Cómo, desde dónde y con qué fines se gestionará es algo que no queda claro con la información disponible.
Es indudable que, en la historia moderna del país, la construcción de infraestructura enfocada al desarrollo económico ha venido acompañada del trabajo arqueológico conocido como “salvamento”, aunque quizá sea hora de cambiarle el nombre a la disciplina para quitarle la alusión misionera que tiene. El componente cultural en general y la arqueología en particular son en el Tren Maya parte de la inversión política y económica, no una misión desinteresada de los siervos de la nación. Y sin embargo, la idea de estar rescantando el sur de México, de estar incorporando un territorio olvidado, parece servirle al proyecto a nivel de discurso. De ahí las alusiones al indigenismo posrevolucionario de Gamio en adelante que están presentes en la narrativa que empieza a articularse desde las disciplinas culturales involucradas, incluyendo la incipiente arquitectura del tren. Al mismo tiempo, hay que reconocer que el indigenismo, aunque construido sobre todo desde el centro, nunca fue un discurso del todo monolítico y ha respondido a tendencias intelectuales y fines gubernamentales diversos. En este sentido, para comprender críticamente su iteración actual tanto en la cultura oficial del actual gobierno, resulta mejor indagar en un archivo de sus mutaciones, acercándonos al presente por un camino no tan directo, que es lo que propongo hacer en una serie de notas al respecto. Además me parece que vale la pena hacer este recorrido en el terreno de la arquitectura, una disciplina central a proyectos infraestructurales del estado y que siempre ha estado singularmente fascinada por la recolección arqueológica.
Dejemos a Gamio excavando Teotihuacán por lo pronto. Casi al mismo tiempo, José Vasconcelos y Manuel Amábilis preparaban los pabellones que saldrían a las exposiciones de Río de Janeiro y Sevilla. Como veremos en otro texto, su misión diplomática era transmitir al mundo entero lo que significaba la palabra México después de la revolución.
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