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Carme Pinós. Escenarios para la vida
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11 septiembre, 2016
por Pedro Hernández Martínez | Twitter: laperiferia | Instagram: laperiferia

Construcción y destrucción son dos fenómenos arquitectónicos siempre asociados. Dice Ignasi de Solà-Morales que “la arquitectura es agresiva contra el territorio, contra el material, al que violenta, manipula, fuerza, retuerce; es violenta contra las formas existentes, contra los tipos y los modos existentes. Toda arquitectura fundante se basa en la violencia y tiene en su interior no tanto una construcción sino también inseparablemente una destrucción”. Para crear algo nuevo es necesario transformar —con violencia— algo que ya existía; levantar el WTC supuso que la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey —dueños del complejo hasta julio de 2001, cuando pasó a manos privadas— se vieron en la necesidad de expulsar a las personas que, por entonces, ocupaban la zona. Las torres ya contenían la violencia destructiva desde su propia construcción, negando con su lenguaje cualquier afinidad al acontecimiento del que fueron testigos. Para ello, Minoru Yamasaki, su diseñador, había construido un proyecto de líneas claras y sencillas. Dos monolitos ausentes de cualquier historicidad y de cualquier elemento voluntariamente agresivo, que no impedía sin embargo ver en ellas la más cruel manifestación del mercado global y neoliberal de nuestros días “en su pura modelización informática, bancaria, financiera, contable y numérica —continuaba el filósofo francés— las torres eran en cierto modo su cerebro, y, golpeándolas, los terroristas han golpeado el cerebro, el centro neurálgico del sistema”.
Así, el acto de destrucción de las torres, cargado además de un gran valor simbólico, supone, de alguna forma, cierto fenómeno arquitectónico tristemente ejecutado. Algo que, quizás, ya intuía Mohamed Atta, líder de los terroristas, piloto del primer avión involucrado y arquitecto-urbanista por la Universidad del Cairo con estudios en la Universidad Técnica de Hamburgo. En 1999, Atta presentó en la ciudad alemana una tesis doctoral que planteaba la reconstrucción de la ciudad vieja de Alepo, en Siria, defendiendo los valores e ideales tradicionales frente a la amenazante invasión del rascacielos, de un lenguaje ajeno al lugar, que se desarrollaba en las ciudades árabes. La visión del egipcio era un imaginario iconoclasta del rascacielos: “la apoteosis del tipo de edificio que soñaba con arrasar en Alepo”. Una tesis que pudo ver tristemente cumplida poco tiempo después y una historia que sirve al escritor Jarett Kobek para imaginar en ATTA a un arquitecto más fascinado con la crítica de la ciudad occidental que por la ideología religiosa.
A quince años de aquel magno suceso, las respuestas siguen sin verse de forma completa y los símbolos siguen inundando el acontecimiento. El atentado no frenó al rascacielos. Al contrario, un concurso en 2003 planteó la reconstrucción del área sin olvidar la memoria de los hechos acaecidos. Pero este concurso fue también una oportunidad perdida para la ciudad y la arquitectura; enturbiado por la especulación el concurso fue definido por Felicity D. Scott en 2003 como un fenómeno que dejó pasar “una ocasión para problematizar la imbricación de la disciplina con complejos y cambiantes contextos históricos, sociales, institucionales y geopolíticos”, puesto que la mayoría de las propuestas finalistas “no cuestionaron las fuerzas históricas que condicionaban el programa del concurso sino que se dejaron llevar por los versiones estereotipadas de lugares comunes —héroes, monumentos, renacimiento, espacio público, ‘arquitectura visionaria’, ‘espacio defendible’, legibilidad espiritual y simbólica— sin ofrecer estrategias críticas con las que abordar los asuntos políticos que éstos presentaban”. Y es que lo simbólico del acto, expresado en la arquitectura, siempre acaba por impedir la complejidad, destruyendo cualquier atisbo de contradicción en lo urbano. Sea para levantar o tumbar cualquier tipo de monumento.
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