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Entre la diagonal y el plano

Entre la diagonal y el plano

2 octubre, 2014
por Arquine

por Emilio Canek Fernández

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El reconocimiento de los cambios se da en la calle. Si bien Haussmann establece en el siglo XIX una serie de medidas que darían certidumbre al orden urbano, también reconfigura los modelos urbanos que liberan, a través de la diagonal y la amplitud de las avenidas un espacio que deberá ser llenado de diferentes formas y propósitos diversos. Esa misma herencia ha sido recuperada no para reconstruir las barricadas que el barón pretendió erradicar sino para abrir paso a una serie de reivindicaciones civiles, sociales y políticas que tienen en el 68 una expresión global apenas insinuada por la primavera árabe de los años recientes y sus limitadas repercusiones a nivel global.

Para Alain Touraine, los movimientos sociales pueden responder a búsquedas utópicas o a posturas de índole ideológica que determinan los rumbos y las acciones que programáticamente quedan de manifiesto en las calles, ese espacio compartido donde el sujeto ejerce sus derechos y hace patente esa herencia cultural que construye ciudadanía. Probablemente esa acción sea la que distinga nuestro 68 de los que reivindicaron derechos civiles o culturales como en Estados Unidos o Francia. Aquí, la exigencia de derechos políticos por parte de los estudiantes, estableció una barricada simbólica frente a las dinámicas del autoritarismo priista, situación que determinó un descubrimiento del espacio público y el potencial explorado años antes por los médicos y los ferrocarrileros en esta ciudad.

Es quizá ese 2 de Octubre de 1968, el punto de ruptura que a través de un hecho violento, tiene en la Plaza de las Tres Culturas, el espacio simbólico que cuestiona la modernidad encarnada en ese gran conjunto urbano, proyecto de Mario Pani y Luis Ramos, como depositario de una serie de procesos sociales, políticos y económicos que miran en ese momento el futuro promisorio donde el progreso era la meta.

Más allá del hecho geográfico que implica la ubicación de la plaza a nivel urbano entre el zócalo de la Ciudad de México y el Casco de Santo Tomás (donde están las instalaciones del Instituto Politécnico Nacional) el otro punto de referencia para las marchas que en ese momento cubrían la ciudad; la decisión que se toma, legitima un espacio público que refleja en su momento, los programas políticos del Estado mexicano que administra la historia de la zona arqueológica, el convento de Santiago y la unidad habitacional como una narrativa lógica de acontecimientos urbanos que tejen la parte norte de la ciudad y que es asumida con naturalidad por el movimiento estudiantil.

La cicatrización posterior al trauma social derivado de ese acontecimiento tuvo consecuencias diversas, por un lado surge una conciencia social que apuntala los cuestionamientos a un Estado autoritario que verá surgir con el sismo de 1985 a una sociedad civil organizada que rebasa las acciones del Estado frente al sismo. Por otro lado veremos el surgimiento de una veta social que cuestiona desde la formación universitaria, las condiciones en las que la educación es orientada para resolver los problemas sociales de este país. Los movimientos del autogobierno que surgen en diversas escuelas de la UNAM (en la Escuela Nacional de Arquitectura por ejemplo) ponen como eje central de sus planes de estudios estas posiciones que enriquecieron la formación profesional coincidiendo con los planteamientos que en otros países cuestionaban ya el Estilo Internacional y sus dogmas.

Habría que preguntarse hoy qué es lo que sucede en las calles a través de estas manifestaciones que cubren estos espacios vacíos, y que surgen en el Politécnico teniendo como principio los planes de estudio que fundamentan la idea de lo que requiere este país a través de los universitarios. La discusión trasciende las aulas y plantea quizá otro punto de ruptura que debería servir para ampliar la discusión y preguntarnos que profesionistas requerimos para qué país.

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