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El callejón de las almas perdidas

El callejón de las almas perdidas

4 agosto, 2022
por Carlos Rodríguez

Al caminar por la Avenida Juárez se siente la energía de la ciudad, una ráfaga seductora, apabullante, que encanta y abruma. La sensación que provoca recorrerla, con la Alameda, el parque más viejo de América, a un costado y en un extremo la Torre Latinoamericana, es intensa como el sentimiento de Arturo de Córdova al inicio de El rebozo de Soledad (Roberto Gavaldón, 1952). Un ser minúsculo, ya sin rumbo, que va pateando sus desilusiones como se arrastra un envase tirado en la calle. Antes de acariciar el fracaso, sueñas con poner el mundo a tus pies. O tenerlo en la palma de la mano. Por cierto, ese es el título de una de las mejores películas de Gavaldón: En la palma de tu mano (1951), que se estrenó hace poco más de 70 años, es un filme excepcional donde la ciudad colabora de forma activa no solo para enmarcar la acción sino los impulsos de los personajes, sombríos y velados.   

 

Mi barrio me respalda

Cuando me mudé a la calle Artículo 123, atrás de la avenida Juárez, hubo quienes me preguntaron si no me daba miedo vivir ahí. Respondí que no. Me preguntaba qué motiva a la gente a pensar que se trata de un lugar inseguro. Entonces supe que la zona tiene fama. Todavía a inicios del siglo XX el conjunto de calles, callejones y callejas, del que aún hay vestigios como el callejón de las Damas, en la calle de Dolores (donde se reunían las prostitutas), y el callejón del Sapo, era el lugar de los malandros, ya que gracias a su configuración de plato roto, era fácil escabullirse. Si vamos más atrás, al Virreinato, el barrio de San Juan, que engloba toda la zona, era el más poblado por naturales. Antes de ser San Juan, antes de la Conquista, se llamaba barrio de Moyotlan, “lugar de mosquitos” en náhuatl; los insectos, con su zumbido sulfurante, sugieren, sin duda, la humedad de las acequias que prolongaban el Lago de Texcoco. En su día, el barrio fue arrasado por epidemias e inundaciones.

Detengámonos a mediados del siglo XX. El proyecto alemanista va de salida. Con sus tiendas, cines y hoteles de lujo como los de París, la avenida Juárez vive en una continua mascarada, se compra y se camina sobradamente, se respiran los aires del progreso, que siempre soplan fuerte en esas calles, que pronto apesta como la basura que todavía revuelven los indigentes que buscan objetos y comida entre Balderas y Artículo 123. 

 

En las primeras imágenes de En la palma de tu mano, Gavaldón critica las ideas del desarrollo. Un plano general muestra a De Córdova, el profesor Karín, que sale de un callejón mal iluminado en cuyo fondo se ve un anuncio de neón vertical que informa sobre su actividad: es vidente, renuente a la razón; se acerca a la banqueta y entra al bullicio de la avenida, poblada por automóviles. En la secuencia se alcanza a ver un busto, éste corresponde a Federico García Lorca, el poeta español que le prestó su nombre al callejón, que hoy se conserva a un costado del templo de Corpus Christi (el primer convento para monjas indígenas); desde el ático donde vive Karín, un charlatán chismoso que busca dar el golpe maestro, se ve el Hemiciclo a Juárez. Al emerger de estas coordenadas, el protagonista acarrea un contexto, sombras en las imágenes, un pasado que se intuye.    

Las películas demuestran que Roberto Gavaldón fue no solo un gran artista sino un gran conocedor de su época. En su obra los personajes asimilan el espacio, lo incorporan, no son meros decorados o accesorios. Ahí están, por ejemplo, el funesto final de La noche avanza (1952), donde un perro se orina encima del retrato del protagonista, con el Monumento a la Revolución de fondo, o la punta del Zócalo donde se prostituye Marga López en De carne somos (1955) que no es, por decir algo, un lugar que embellece una trama como la de Salón México (Emilio Fernández, 1949). La oscuridad del callejón, y todo lo que está detrás, es la de Karín.

 

Un callejón sin milagros

Entre las calles de Revillagigedo y José Azueta está el hotel Hilton, pero antes, en ese mismo lugar, estaba el Hotel del Prado, proyectado por el arquitecto Carlos Obregón Santacilia. Este edificio, favorito de turistas, famosos y metiches, tenía múltiples espacios, entre ellos el cine Trans-Lux. Como se sabe, en uno de sus salones estaba emplazado el mural de Rivera Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, que aparece en la película de Gavaldón. 

En ese hotel se hospeda Ada Romano, la viuda joven que encandila a De Córdova para evitar que la acuse del asesinato de su esposo, presunto cliente del quiromántico. Al desdoblarse, Ada en su lujosa habitación y Karín en su buhardilla (diferentes en categoría y dimensiones, pero ambas sobre la avenida Juárez) se funden con ánimo de ganarle la partida a la mediocridad. Dañado por el sismo de 1985 y posteriormente demolido, del Hotel del Prado solo quedan fotos, testimonios de la entonces pujante avenida Juárez.

En la palma de tu mano es uno de los ejemplos más destacados de cómo el centro de la Ciudad de México es un plató, un estudio cinematográfico en sí mismo. El cine, por otro lado, es una manera de conocer y explorar la ciudad. Aún con el vértigo de la novedad, como dice José María Marroquí al hablar del callejón de Corpus Christi, esta zona en constante transformación sigue albergando las contradicciones de la urbe, del gentío diurno al vacío de la noche.  

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