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El agua

El agua

21 septiembre, 2013
por Alejandro Hernández Gálvez | Twitter: otrootroblog | Instagram: otrootroblog

No recuerdo a quien le oí por primera vez la frase: el agua es cabrona y el agua no es pendeja. La prueba del agua parece ser la más dura, la más difícil que tiene que soportar la arquitectura o, al menos, los edificios. Un temblor, un incendio o un ataque terrorista pueden ser devastadores, pero son menos comunes que las lluvias que, en buena parte del mundo, someten a prueba a las construcciones con regularidad previsible. Sus efectos son dobles: instantáneos, con goteras o peor, inundaciones, y acumulativos: deslavan, despintan, oxidan, corroen. A lo largo de la historia hemos aprendido a anticiparnos a sus efectos: los techos inclinados, los aleros, canalones y botaguas, los pisos elevados, los barnices y las pinturas, son algunas formas de prever el paciente y otras veces imparable asedio del agua.

Con todo, parece que a la larga no hay edificio sin gotera, salitre o humedad. Obras de Le Corbusier y Wright las padecieron —de esperarse en el caso del segundo si la casa está sobre una cascada— y en el documental Koolhaas Houselife vemos el experimento de resultado increíble en su casa de Bordeaux: riegan por un lado y la gotera aparece al otro extremo. Mies elevó la casa de Edith Farnsworth más allá de la cota más alta que había alcanzado el desbordamiento anual del río al que hace cara, pero no previó —¡cómo podría!— el calentamiento global y sus efectos. Y peor aun: el agua no sólo ataca por fuera sino desde dentro: tuberías y cañerías recorren muros y pisos. Al final, sea que el arquitecto intenta una solución poco probada, y fracasa, o que tanto va el agua a la casa que la falla aparece.

El riesgo de una casa en la ciudad se multiplica. Incluso las lluvias regulares causan inundaciones o de menos, en esta ciudad, encharcamientos y apagones. Entre el agua que cae del cielo y la del subsuelo, el pavimento se deforma o desaparece. Y con lluvias torrenciales todo empeora. Pero si en una casa el agua, con su insistencia y su inteligencia, revela la poca astucia o aplaca la soberbia del arquitecto, en la ciudad y en el territorio deja a la vista las fallas de planeación o la tardanza en la respuesta, el descuido y la corrupción de gobernantes, el cinismo y la ambición de los que por costumbre llamamos desarrolladores pero que nada hacen por el desarrollo y también la marginación y la desigualdad. En muchos, si no es que en todos los casos, los causantes tienen nombre —y no son ni Katrina, ni Ingrid, ni Manuel. Los cientos de miles de damnificados por las lluvias en los últimos días en Guerrero y otros estados —incluyendo los turistas de Acapulco sobre los que algunos medios e incluso el Estado han centrado su atención como si fueran los únicos o los más afectados— hubieran padecido menos si alguien hubiera planeado más, si alguien hubiera construido mejor, si alguien hubiera hecho su trabajo. Y si en la casa la gotera puede revelar descuido o tontería del arquitecto, en la ciudad y el territorio las pérdidas por inundaciones revelan irresponsabilidad incluso criminal. Aquí, no es el agua ni la cabrona ni la pendeja.

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