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Columnas

Detrás de la pantalla: arquitectura en la era de la exposición digital

Detrás de la pantalla: arquitectura en la era de la exposición digital

28 septiembre, 2020
por Tania Tovar Torres | Twitter: taniushkatt

 

Trasladar la arquitectura al espacio de la galería es notoriamente difícil. Mientras otras artes han encontrado en el espacio expositivo un lugar insuperable para su apreciación, en casi todos los textos, escritos y disertaciones sobre la “exposición de arquitectura” y su relación con el espacio en donde se desarrolla, comienzan subrayando lo que ahora nos parece una obviedad: que la arquitectura sólo puede ser exhibida a través de simulacros, objetos sustitutivos o representaciones desplazadas. Con el tiempo, las fotografías, películas, simulaciones por computadora, entre otros, se han unido al arsenal de medios para representar la arquitectura, desde lugares totalmente distintos y en lenguajes nuevos.

Exposición digital Freestyle, RIBA, Londres, 2020.

 

Tal vez sea una coincidencia o un destino inevitable, que la distancia entre nosotros y la arquitectura en las calles se esté ampliando —recordando que mientras escribo este texto, me encuentro en mi sexto mes sin haber visitado ningún otro lugar que no sea el supermercado y algunos otros pocos edificios y lugares que forman parte de mi rutina diaria. Paradójicamente, a través de la computadora pareciera que la arquitectura nunca ha estado más presente en nuestras vidas que ahora; podemos ser testigos de extensas revisiones de obras en proceso, presentaciones de proyectos, listas de obras y eventos que no estamos seguros si están sucediendo en algún lugar, pero tenemos la certeza de que suceden en nuestras pantallas. Esto hace que me cuestione si en verdad he estado cerca de lo que se está edificando últimamente —incluso antes de esta distancia autoimpuesta— o si sólo he estado viendo la creciente cantidad de fotografías, bellamente tomadas, en las muchas plataformas y catálogos en línea para mantenerme actualizada o entretenida. Aunque muchas cosas han cambiado en el mundo, no puedo evitar preguntarme si la forma en que interactuamos con la arquitectura es una de ellas, o migró a nuestras pantallas desde hace ya algún tiempo.

Recorrido virtual de exposición Kiruna Forever, ArkDes, Estocolmo, 2020.

Se podría argumentar que la experiencia arquitectónica es cada vez más digital; desde su concepción, su diseño e incluso los entornos para los que se produce. La arquitectura y sus métodos de difusión, están viviendo actualmente la verdadera era de lo digital. En este contexto alterado, ha surgido un fenómeno en el mundo de las exposiciones que no sólo ha llamado mi atención, sino que inevitablemente se ha vuelto uno de nuestros más recientes experimentos curatoriales. La exposición digital, y más concretamente las exposiciones digitales globales de arquitectura en línea. Estas exposiciones, cuestionan las diferencias sustanciales entre los formatos de representación clásicos con los que la exposición en arquitectura tradicional se enfrenta constantemente, y los nuevos formatos y lenguajes ofrecidos en la exposición digital, alterando las experiencias de navegación, transmisión de información, interacción y alcance. 

Exposición digital End of the year show 2020, Cooper Union School of Architecture, Nueva York, 2020.

En un escenario donde las exposiciones in situ están pospuestas indefinidamente, los espacios de exhibición se encuentran operando bajo nuevas reglas de distanciamiento social y las audiencias se encuentran total o parcialmente aisladas, estamos presenciando el aumento de las exposiciones en línea y el auge del formato digital. Esto significa que la experiencia de los espacios de exposición se puede entender y navegar ahora de nuevas maneras, volviendo al lenguaje, relaciones y articulación aún más relevantes. Sus rangos de aplicación van desde las presentaciones interactivas en formatos tan asequibles como el .pdf, hasta complejos modelos tridimensionales incrustados en entornos digitales que buscan ser totalmente inmersivos e interactivos. Entre los muchos experimentos de exposición que estamos viendo, en primer plano se encuentra la cuestión de hasta qué punto podemos sustituir la experiencia de desplazarse físicamente a través de cuartos, calles y edificios.

La gama de experimentos digitales ha sido amplia, y los sitios web que los ensayan con su audiencia son tan diferentes entre sí, como numerosas son las instituciones que los presentan. Sin embargo, la pregunta sobre cómo se ha transformado el espacio de exposición —ya sea físico, digital o híbrido— permanece. La arquitectura se encuentra una vez más en la intersección entre la ecléctica narrativa de estos “espacios” expositivos digitales, y las limitaciones narrativas y espaciales de la arquitectura expuesta. Uno pensaría que la revolución digital le viene bien a los espacios de exposición, pues el reino de lo digital aprovecha este nuevo espacio conquistado en toda su extensión, cuyo efecto inmediato es la eliminación de la escala física del objeto arquitectónico. La exhibición digital, desaparece en un click el histórico problema de la arquitectura expuesta: la dificultad de presentar en la sala objetos arquitectónicos en su escala original. Aunado a esto, se encuentra el hecho de que nos encontramos verdaderamente en una época de producción digital donde la arquitectura, por muy material que sea, se siente  cómoda siendo producida por algoritmos, visibilizada por pantallas y diseñada enteramente para plataformas digitales tanto para entornos físicos como digitales —una historia que va desde los dibujos de CAD y diseños paramétricos emulados por software especializado, hasta  experiencias kinestésicas de la Realidad Virtual. Los efectos inmediatos, además de mediatizar su discurso, son los de forzar la representación arquitectónica mediante reglas nuevas de código y lenguaje, impuestas por un entorno diferente que nos permite presentar una versión sin escala de los objetos. Este proceso forzosamente mediatizado, subvierte el viejo ritual de apreciación directa por parte del usuario de la pieza en cuestión, para sustituirlo por una rutina, compuesta de una serie de reglas y procesos impuestos por el entorno digital, necesarios para descubrir una experiencia nueva. 

Exposición digital End of the year show 2020, Columbia GSAPP, Nueva York, 2020.

Si el primer paso en la corta historia de la exposición en arquitectura fue verificar que se pueden hacer exposiciones sobre edificios en espacios contenidos y reducidos, y más recientemente descubrió que la arquitectura puede desarrollar un discurso crítico sobre la realidad a partir del análisis de sus objetos y evidencias, la aparición de la exposición digital en línea nos confronta al asunto del formato, el usuario y la experiencia. Nos recuerda que la experiencia digital de la arquitectura —desde sus diseños, objetos e información ampliada a través de aparatos— ya forman parte de nuestra comprensión cotidiana de la realidad; la experiencia de la exposición digital, conlleva un conjunto totalmente nuevo de condiciones que van más allá de la arquitectura en formato digital, es decir sus modelos tridimensionales y sus simulaciones gráficas de formas y materiales. Esta meta-experiencia es compuesta; se trata de una fragmentación de la experiencia real en una serie de imágenes y tareas que tienen en la pantalla el primer y único punto de encuentro, necesitando del usuario para revelarse.  

Si miramos las exposiciones a través de la arquitectura, el teórico y crítico Mark Wigley argumenta que tanto la exposición como la arquitectura son “extrañas” en el sentido de que ni las exposiciones, ni la arquitectura necesitan ser vistas para ser significativas, pues “no hay pruebas de que ninguno de los grandes edificios de la historia haya sido visto alguna vez”.[1] Esta misma lógica podría aplicarse a las exposiciones, cuya relevancia no radica en la visita sino en el discurso que presenta, las preguntas que plantea, la documentación que produce y la cobertura que reciba. Pero cuando la exposición se plantea como una plataforma en línea, abierta, pública y accesible a cualquiera a pesar de su ubicación, subvierte estas teorías ya que estas exposiciones por el contrario, están hechas con el único propósito de ser vistas. En las exposiciones digitales, no hay ninguna foto que deba ser tomada para publicarse  posteriormente; la exposición en sí misma constituye la imagen completa que viajará con el visitante.

Esta idea de ir al gran público —y por gran público me refiero a todo el mundo, literalmente— con un conjunto de información, reglas y procedimientos que se le dejan al hipotético espectador/usuario, relaciona las exposiciones digitales más con una publicación que con la propia exposición. Si bien la inclusión del catálogo en las exposiciones físicas ha puesto en discusión la pertinencia de siquiera tener las exposiciones, las exhibición como práctica defiende su territorio con estos espacios de encuentro donde los objetos, la información así como los cuerpos de los visitantes interactúan entre sí, estableciendo todo un conjunto de relaciones en tiempo real, que la publicación no puede recrear. Pero antes de entrar en un debate sobre qué fue lo primero o tiene mayor relevancia para el discurso, debemos entender que el objetivo del catálogo de la exposición se encuentra en otro lugar y cumple funciones completamente distintas y complementarias a la exposición. Su existencia está más relacionada con la de la memoria, la preservación y la difusión del evento en el tiempo. La exposición en línea es potencialmente, las dos cosas: el evento y su memoria. A diferencia de otras experiencias digitales, las exposiciones digitales de arquitectura en linea intentan incorporar la interactividad que supone el cuerpo en el espacio expositivo, empujándolo a romper la unidireccionalidad del objeto visible, mezclando en el proceso las dos arquitecturas que ahora se exhiben simultáneamente: la de la exposición traducida como rituales, y en la exposición traducida en imágenes y acciones.

Es quizás el colapso de todo, la arquitectura, la exposición y la publicación en un solo evento, cruzada con la nostalgia inducida por la experiencia física y la cercanía en un contexto de distancia y confinamiento, lo que presenta el desafío más difícil para el desarrollo de estos formatos emergentes, su duración y supervivencia. Esta concentración de acciones, ideas e imágenes, sugieren una carga demasiado grande en el visitante — descifrar, navegar, interpretar— que son un requisito indispensable para la experiencia de la exposición digital. Así que mientras nuestro número de horas de pantalla sigue aumentando y las horas del día y la noche se esfuman, todavía falta ver si la exposición digital sobrevivirá a nuestros días de encierro forzado, o desaparecerá como un recuerdo de aquél año que pasamos en casa, y la arquitectura vino a visitarnos.


Notas:

1. Aaron Levy and William Menking (eds.), Four Conversations on the Architeture of Discourse (London: AA Publications, 2012).

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