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Del premio español a Álvaro Siza

Del premio español a Álvaro Siza

16 diciembre, 2019
por Juan Palomar Verea

Con una decisión histórica, muy disputada por cierto, el Ministerio Nacional de Fomento de España confirió el Premio Nacional de Arquitectura 2019 al célebre arquitecto portugués Álvaro Siza (1933). Este arquitecto ha tomado parte destacada en lo que se ha conocido como la Escuela de Oporto, la que ha ido agrupando una serie de importantes figuras, cuyo antecedente más visible fue el maestro Fernando Távora (1923-2008), quien fue el fundador de la Escuela y su guía durante décadas. Fue el impulsor desde Oporto de la tendencia del Regionalismo Crítico, que ha dado frecuentemente obras inesperadas y deslumbrantes, pero muy cuidadosas con su contexto y su cultura.
Podría hablarse largamente sobre la obra, la poética y los valores arquitectónicos de Siza, quien a través de su larga carrera ha mantenido una vigorosa y coherente trayectoria. Sin embargo, viene a la memoria un pasaje altamente revelador de sus luchas y contradicciones, escrito en su libro Profesión poética y del que se da una versión tamizada después de los muchos años de su lectura. En él describe los titubeos y las tormentas que, como el capitán de un navío y comandante de un despacho de arquitectura suelen acosarlo en total soledad. Desde allí, va elaborando rutas de escape, descubriendo tierras firmes, eludiendo los naufragios. Y habla de las cavilosos e incomprensibles, para su tripulación, erráticos paseos sobre la cubierta del navío, o sobre los pasillos del taller.

Álvaro Siza es, por muchos sentidos, un arquitecto de excepción. Ha contribuido a dotar a las ciudades de un sentido de comunidad, de un paralelo vuelo poético. Su célebre Quinta de Malagueira, un barrio adyacente a un pequeño poblado portugués, constituye un conjunto ejemplar en donde se demuestra cómo es posible, en desarrollos de nueva planta, introducir los principios de la ciudad tradicional dentro de una expresión resueltamente contemporánea, tanto por su materialidad y soluciones constructivas como por su configuración formal. Esto es algo que mucho aprovecharía revisar desde México, dados los tan numerosos desarrollos que es necesario hacer por la muy fuerte demanda de vivienda.

Los edificios destinados a albergar instituciones, como los varios museos, por ejemplo, que Siza ha edificado, logran encontrar una presencia y un de algún modo afín espíritu a los emplazamientos designados.

Sin embargo, dados los muy numerosos premios que han sido entregados a Álvaro Siza (incluido el premio Pritzker de 1992) el que recientemente le ha conferido el gobierno de España tiene algo muy significativo: el hecho de que una distinción pensada exclusivamente para el ámbito español se haya otorgado a un arquitecto extranjero. Esto habla de un pensamiento cultural que, como debiera ser, no conoce ni acepta fronteras, que sabe que el patrimonio arquitectónico es universal y que las obras de arquitectura, cuando son válidas, atañen a todos los países, a todos los hombres.

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