El que hoy comparto, es obra de la comunidad jesuita que conformaba el Colegio de San Francisco Javier, ubicado en la población de Tepotzotlán, en el actual Estado de México, al norte de la Ciudad.
Los colegios jesuitas buscaban, antes que nada, la generación de nuevos conocimientos a partir de la estructura formativa derivada de la filosofía ignaciana. Entre las aplicaciones de estos conocimientos, se encontraba el desarrollo de comunidades agrícolas de origen indígena. Esto podía darse a partir del concepto de misión, o del concepto de hacienda, dependiendo de diversas circunstancias. En el caso que nos atañe, el trabajo se centraba en la hacienda de Xalpa, de cuyo nombre se deriva la denominación oficial “Acueducto de Xalpa” con el que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) tiene registrado el edificio que da pie a esta narración, aunque la gente le conoce mejor por el apodo de “Los Arcos del Sitio”. Tanto para noviciados como para trabajadores, el desarrollo de la hacienda requería una obra hidráulica, pues pobre sería un desarrollo agrícola sin el acceso a ésta.
Así, a inicios del siglo XVIII, los sacerdotes jesuitas Pedro Beristain, Pedro Sobrino y Santiago Castaño, inician los trabajos para trasladar el agua de la corriente del Río del Oro, hasta la hacienda. El trazo implicaba, entre otras cosas, librar la cañada donde corre el río que hoy día es conocido como en el nombre de “Los Arcos”, derivado de hecho, de la presencia de la obra hidráulica. Las estimadas y estimados lectores deberán disculparme, pero no he encontrado aún el nombre previo de este flujo de agua. Como platicamos en aquella entrega referida a la obra de Francisco de Tembleque, lo que hace funcional a un acueducto es la pendiente del canal por donde corre el agua, que no debe ser ni tan tenue como para que se estanque el flujo, y tan intensa que la corriente vaya a un exceso de velocidad, por ello, al llegar a la cañada, la necesidad de mantener la pendiente implica una importante obra arquitectónica, y es aquí que aparece la obligada construcción de arcos que hoy día cruzan el paisaje de esta región.
Cuatro niveles de arcadas, unas sobre otras, que van ampliándose hasta alcanzar en la parte superior, la “tira” de arquería mide de largo cerca de medio kilómetro alternando un total de 34 arcos. La pendiente se mantiene logrando la construcción una altura, desde el lecho del río los Arcos hasta el nivel del pretil que confecciona el apantle por el que corre el agua, unos 61 metros, con lo que se considera la obra de este tipo más alta de Latinoamérica. Así, si recordamos que el acueducto construido por Tembleque tiene el arco más alto, con 35 metros del lecho bajo de la piedra clave principal al suelo, resulta que el hoy Estado de México, cuenta con un par de récords nada despreciables en cuanto a su arquitectura hidráulica.
La edificación quedó inconclusa cuando en 1767 fueron expulsados los jesuitas de todos los territorios regidos por la corona española, también se abandonó el colegio y su trabajo con la hacienda. Es hasta mediados del siglo XIX, ya en el México independiente, que Don Manuel Romero de Terreros, al heredar la hacienda de Xalpa, decide concluir la construcción y hacer funcionar la hidráulica narrada. En el anecdotario queda el nombre popular “Arcos del Sitio”, donde la parte de los arcos es más que evidente, el Sitio en cambio, deriva del momento en que fue sitiado, en el territorio, Maximiliano de Habsburgo y sus acompañantes por el ejército juarista.
El espacio en sí, es digno de experimentarse. Si usted va en la estación de secas, que es la referencia fotográfica que aquí comparto (de noviembre a abril más o menos) el panorama será duro, con un cielo sin nubes, más frío o más caliente dependiendo del mes. La cañada se muestra inhóspita y agresiva. Solo al fondo, por donde corre el pequeño río, la vegetación mantiene algo de verdor.
Un lomerío bajo recibe al visitante desde el vehículo automotor que haya elegido, el pastizal amarillo y seco ondula en el paisaje y, de repente, comienza una hilera de arcos sencillos, que van creciendo en altura mientras la pendiente de la colina desciende. La línea horizontal que dibuja el canal por donde corre el agua, contrasta con la cada vez más pronunciada loma, y entonces, se desdobla imponente la construcción cuando la cañada se precipita al río. Uno, dos, tres y hasta cuatro niveles de arcos dibujan el cuenco orográfico, para conectar un lado del otro.