En estos días en la Galería de Arte Mexicano (GAM), ese espacio mítico de la Ciudad de México donde los más grandes han mostrado su trabajo, llega a su fin la muestra Ocaso Tropical,de Rafael Uriegas. A mí me había pasado desapercibida esta exposición hasta hace un par de días, cuando, paseando a mi perro por el frente de la casona, encontré la puerta abierta y me acerqué a mirar. No conocía la obra de Uriegas. No sabía que pintaba tanto, también al fresco. Tampoco sabía que decoraba muros enormes y los llenaba de colores y líneas sinuosas. Tampoco habría adivinado que nació lejos de cualquier trópico, aunque vive en México hace años. Pero lo que más me gustaría saber es de dónde sale esta “mirada tropical”, si es que algo así existe. No porque la “mirada tropical” pertenezca sólo a un tipo de personas o artistas, sino porque pareciera que ha nacido con ella. No percibo nada aprendido al acercarme a sus piezas. Pareciera más una forma natural de pintar, de mirar, de decir.
En lo personal, disfruto las exposiciones en las que no hay tanta información de las obras o de quién las crea. No me gusta que me dirijan el recorrido, y mucho menos que me expliquen la esencia de lo que muestran. Prefiero entenderlo desde mi experiencia vital. Que entre por mis ojos y que se cree un vínculo que remede alguna vivencia mía, sea real o ficticia. Si una obra, al menos una, logra crearlo, salgo del espacio un poco más feliz. Ocaso Tropical me regaló eso desde el principio. Entré y ya estaba allá, con el pelo encrespado y los mosquitos, con los árboles húmedos y la tierra resbalosa, con el sudor recorriéndome la espalda. El bosque y la selva, los mogotes y la tierra mojada y el olor húmedo de la vegetación que crece sin miedo a secarse en esos espacios verdes llenos de lluvia, en los que nunca escampa del todo.