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Columnas

Traducir la historia desde el espacio público

Traducir la historia desde el espacio público

2 octubre, 2013
por Arquine

Al cumplirse de nuevo años de lo acontecido el 2 de octubre de 1968 en la Ciudad de México, reproducimos un fragmento de la conversación que mantuvo en 2008 Javier Barreiro con Sergio Raúl Arroyo, entonces director del Centro Cultural Universitario Tlatelolco y publicado en la Revista Arquine No.46 | México 68. Tltllc

Sergio Raúl Arroyo: (…) 1968 es un año convulso, donde lo común es que los movimientos estudiantiles son reprimidos, tanto por los regímenes socialistas como por los capitalistas. Su rechazo de la autoridad responde a una voluntad crítica que busca desmontar los esquemas del poder. Deberíamos ver el movimiento del 68 como un fenómeno del que se desprenden cosas vivas y otras muertas. Pienso que entre las vivas está el surgimiento de la sociedad civil; la reacción de muchos grupos de la sociedad para contestar y dar una dimensión crítica a las afrentas cotidianas. También es importante la aparición de un sindicalismo independiente. Pero no estoy seguro de que con ese desmontaje del autoritarismo se haya acabado el perfil autoritario del poder público en el país. Más bien creo que el 68 es un referente para entender la importancia de la rebeldía como elemento crítico indispensable para que las sociedades se transformen y los deseos de la ciudadanía encuentren nuevos cauces.

Javier Barreiro Cavestany: Creo que en el 68 la rebeldía va ligada a una reivindicación del sujeto, de su protagonismo y responsabilidad. Dos factores que aún hoy en México siguen siendo problemáticos de cara a una participación política que conduzca a una sociedad democrática e igualitaria.

SRA: Sí, porque las cosas no se cambian sólo con voluntarismo. Tienen que transformarse las estructuras, y muchas de esas estructuras siguen vigentes. Esa visión de que la política se decide exclusivamente en los partidos y en el gobierno sigue existiendo. Yo pienso que, dadas las condiciones en las que el país se ha desarrollado en los últimos años, la política no ha tenido ni los contenidos ni las formas deseables en un sentido democrático y, a menudo, aquellas jerarquías siguen actuando con otras vestimentas.

JBC: Me gustaría que ahondaras en cómo esta revisión crítica se liga, por un lado, al tema del espacio público, y, por otro, a las ideas y sucesos del 68. ¿Cómo se conectan esas dos instancias?

SRA: Tlatelolco es un sitio emblemático de la modernidad mexicana, responde al boom de los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta. Este edificio se inauguró como Secretaría de Relaciones Exteriores en el 65, pero se empieza a construir en el 63, en paralelo con el complejo habitacional de Mario Pani. Pedro Ramírez Vázquez realiza el proyecto, siguiendo una visión de Estado que da cuenta de toda su grandilocuencia, pero también con una funcionalidad, por momentos, envidiable. Sin duda, este conjunto que albergó a la cancillería es un elemento emblemático que describe una forma de concebir el espacio en una época clave para la consolidación del Estado moderno en México. En realidad, se trata de un inmueble visto por el ciudadano como una especie de bunker, alejado de la vida y de la comunidad; en general, distante del imaginario colectivo.

Aquí aparece un elemento paradójico: estos mismos edificios, ahora renovados por la UNAM, buscan convertirse en un espacio con un perfil más comunitario. Se trata de revertir aquella visión de lo vedado en un elemento de integración, de apropiación simbólica, justo donde los acontecimientos marcaron la distancia entre la verticalidad hermética del autoritarismo y el desenfado de la rebeldía crítica del 68.

Por otra parte, esta arquitectura es reveladora de un momento de nuestra historia. Cuando llegamos había una situación de abandono; algunos espacios se habían desocupado desde hacía años, varios desde 1985, tras el sismo… Nos sentimos como me imagino se habrán sentido, no sé, los lituanos en los edificios públicos tras la caída del régimen soviético…

(…)

JBC: ¿En que medida esta revisitación del 68 es un síntoma de cambio, de madurez de la sociedad y de las instituciones? ¿Y en qué medida está el riesgo de que se puede abordar ese tema, precisamente, porque la historia está fosilizada, neutralizada en su carga cuestionadora?

SRA: Creo que no hemos convertido al 68 en una pieza de museo. Más bien hemos tratado de ponerlo en el terreno de la discusión, al interior de la memoria viva. Nadie tiene el copyright del 68; todos podemos hablar y discutir de ello, incluso los que aún no habían nacido pueden decir que el 68, de algún modo, está presente en sus vidas. La manera de mantener vivo este proyecto es ir más allá del propio movimiento, inspirándose en su carga crítica y renovadora.

Creo que el mejor homenaje que se le puede hacer al 68 es seguir su evolución en los intersticios de la vida social y no perderse en las grandes formulaciones de la historia oficialista, donde todo degenera en un reduccionismo desvinculado de la realidad.

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