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Rótulos blanqueados: borrar al otro como política pública

Rótulos blanqueados: borrar al otro como política pública

24 mayo, 2022
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

 

A finales del año pasado, Sandra Cuevas, alcaldesa de la delegación Cuauhtémoc, presentó la propuesta de un “corredor cultural” para la Zona Rosa, en la calle de Génova, con la instalación de 4 mil metros cuadrados de pantallas led que se volverían una atracción que “activaría” un territorio que, de hecho, no se encuentra abandonado. El proyecto fue descrito como “un espectáculo para los sentidos”. Para el equipo de la funcionaria, proyecciones de entretenimiento eran un aporte sensorial para los visitantes de una zona de la ciudad que continuamente ofrece estímulos que van desde el tránsito hasta las fiestas y el ligue. El llamado corredor cultural puede leerse, por tanto, como una toma de postura ideológica y política. Para la alcaldesa, la “experiencia ambiciosa e innovadora” de un túnel audiovisual atraería a la Zona Rosa un público primordialmente familiar, para rescatar un sector que, desde la segunda mitad del siglo XX, tiene una identidad que reconoce cualquier habitante de la ciudad: es un lugar de encuentro homosexual y el sitio de los mejores antros de la delegación. 

“Para Doña Josefina las ofertas laborales a sus 56 años no existen, sobrevive gracias a ese puesto —su única fuente trabajo y su vida— el cual solicitó que pintaran y colocaran el logo de la alcaldía Cuauhtémoc y adecuarse al orden y disciplina de este nuevo gobierno,” reza un tuit de Sandra Cuevas quien, recientemente, ordenó retirar los rótulos de los puestos de comida que pueblan las calles de su delegación y de la Ciudad de México. Los rótulos serán sustituidos por el logotipo de su jurisdicción y por el eslogan de su gobierno: “Alcaldía Cuauhtémoc es tu casa”. Textualmente, se admitió que los vendedores no tenían otra opción más que aceptar una decoración impuesta, en lugar de los dibujos de tortas y sándwiches, de las ilustraciones de despachadores que, sonrientes, atienden a sus comensales, o de los meros anuncios tipográficos que cubren las estructuras que son utilizadas por los proveedores de comida. No resulta irónico que un proyecto millonario se justifique como un regocijo sensorial al tiempo que se obliga a vendedores a borrar los diseños que decoran sus negocios, ya que las políticas públicas de Sandra Cuevas están definiendo qué es atractivo y qué es contaminación visual; qué es una obra innovadora y de buen gusto, y qué es un objeto que necesita ser disciplinado.

A finales del siglo XIX, el régimen de Porfirio Díaz tecnificó a la capital del país con infraestructuras de transporte y de servicios, con nuevos edificios y avenidas que construirían la imagen de una ciudad moderna. Esas tecnologías trajeron consigo un discurso sobre el orden y la disciplina, lo que provocó que se interpretaran de maneras muy particulares otras manifestaciones que no se encontraban en los parámetros de disciplinas como el urbanismo, la arquitectura o las artes decorativas; o bien, los parámetros de quienes podían decidir ya que su mero poder adquisitivo legitimaba su “conocimiento” sobre los problemas comunes. Hasta bien entrado el siglo XX, la vecindad (una forma de vivienda que surgió durante el XIX) fue una curiosidad antropológica que era estudiada porque era inexplicable que, en una ciudad que se encontraba en un progreso vigorizante, hubiera quienes vivían hacinados en hogares donde lo privado se confundía con lo público: los baños eran comunales, al igual que los propios espacios donde la gente tenía que experimentar, según criterios específicos, una domesticidad retirada del mundanal ruido. Estas ideas sobre el espacio permearon los escritos que José Tomás de Cuéllar hizo sobre las formas de ocupar la calle. Para el autor, existía un contraste muy importante entre aquellos que conocían “los placeres de lo doméstico” y los que se encontraban inmersos en una “promiscuidad” propia las vecindades: los ciudadanos que terminaban contaminando visualmente a las calles. Para el cronista, era inconcebible la imagen de una persona probándose unos zapatos con un vendedor ambulante a un lado de una familia que disfrutaba de sus “fritangas” con bastante indiferencia por estar en cercanía de un pie ajeno. 

Los juicios decimonónicos no tenían ocultas sus intenciones ideológicas, y cuando las élites hablaban de contaminación visual hablaban de nada más que eso: de una materia tóxica y pestilente que invadía con su podredumbre el paisaje de la ciudad. Para el espíritu finisecular, la pobreza era un mal a erradicarse y esa posible victoria se tenía que ver reflejada sobre la calle: el momento que dejara de ser visible, era el momento de la victoria.  Aquello que tiene la suficiente dignidad para mostrarse en la calle está dictado por quienes detentan el orden y la disciplina; por quienes buscan que sus ideas estéticas estén relacionadas a sus ideas sobre clase. Como vemos, no hay muchas diferencias entre las prácticas autoritarias del porfirismo y las de una funcionaria que habla exactamente en los mismos términos de un siglo que, pensamos, está superado en la historia política y urbana. Pero, ¿somos realmente aptos para entender el verdadero daño que ha causado la falta de rótulos en la delegación Cuauhtémoc? O, a pesar de las buenas intenciones, ¿ocupamos los mismos sitios de autoridad que nos autorizan a hablar de aquello que debe ser valorado y protegido? 

Diseñadores gráficos, historiadores del arte y curadores reaccionaron desaprobatoriamente a las prácticas de Sandra Cuevas. Por supuesto, lo sospechoso hubiera sido mostrarse a favor de una decisión que afecta a una expresión gráfica que, de pronto, fue definida como “contaminación visual” (lo que implica decir que las economías informales son nocivas, pero si es imposible eliminarlas, por lo menos hay que revestirlas) a pesar de que haga menos daño que la tala de árboles que a veces implica la construcción de muchos desarrollos inmobiliarios. Esta reacción, ¿toma en cuenta las voces de los comerciantes? Se habla de proteger los rótulos, de poner en su justo valor una plástica que define a “nuestra” ciudad y que le da identidad y tradición. Inevitablemente, se antepone el adjetivo “popular” al diseño gráfico que acompaña a estos lugares de comida, una perspectiva que bordea en la fetichización de estos rótulos: son posibles objetos de museos o una de las ramas del diseño popular que vale la pena estudiar y catalogar, para insertarla en un gabinete de las curiosidades que no se parecen al diseño “a secas”. Al diseño que sí tiene una serie de características que lo distinguen de estas expresiones. Así, los comerciantes, y su forma de habitar las calles, siguen estando fuera de la discusión pública, en tanto que no son interlocutores en el debate y, por ende, del espacio público. Borrar los rótulos físicamente de sus superficies, o sustraerlos para mostrarlos en galerías, es negar que puedan existir en los contextos para los que fueron hechos. 

 

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