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Piedrapinta. Ejido agrícola, memoria de piedra y turismo rural, en el bosque productivo

Piedrapinta. Ejido agrícola, memoria de piedra y turismo rural, en el bosque productivo

Allá por el oriente con respecto a la Cuenca de México, cruzando las altas cumbres de la sierra, donde la carretera se desenvuelve en una pendiente vertiginosa, ondulando cual gran serpiente al igual que los ríos que bajan en rápidos sonoros hasta el mar, se encuentra el parque natural Filobobos. Regado por afluentes prístinos de la cuenca del Tecolutla, que se abren camino por entre escarpados filos, un territorio relativamente pequeño, encierra como cofre del tesoro, un trozo completo de la complejidad del universo.

Entre sus muchos atractivos, la región, hoy día bien conocida por el turismo de aventura (senderismo, rafting y similares) alberga también vestigios arqueológicos, así como una constante lucha entre la selva que se niega a morir del todo, la ganadería invasiva que pareciera ganar inevitablemente terreno a pesar de las protecciones estatales que cintilan cual estrellas lejanas de una galaxia legal por encima del concepto de parque estatal, y un incipiente concepto novedoso y ajeno hasta hace poco para mí, que aborda más sistémicamente una posible alternativa para el territorio: El turismo rural.

Así, fuimos invitados mientras visitábamos en trabajo de campo el municipio de Tlapacoya y el Parque Estatal Filobobos, acompañados por nuestro entrañable amigo Raúl de Villafranca, por Iván, agricultor local, para que conociéramos su parcela, inscrita dentro del ejido denominado Piedrapinta.

Ya Raúl me había platicado algo sobre este ejido, un año atrás con respecto a la visita, dos en relación al tiempo en que escribo estas líneas, siempre en la relatividad del tiempo. La memoria, caprichosa y discriminatoria (desecha aquella información que no nos es útil o que simplemente considera trivial a nuestra cosmovisión de la existencia) atesoró el nombre, quedando grabada la información de que, en dicho espacio ejidal, había una cantidad incontable de petrograbados producidos en épocas inmemoriales. En la plática, surgía la tristeza impotente por parte de mi buen amigo, sobre la inevitable pérdida de este patrimonio peculiar y prácticamente desconocido para cualquiera que no fuera el habitante local. Ya fuera que el propietario de una de las parcelas del ejido vendiera piedra para la construcción, donde se iban como lote piezas ya fragmentadas e ignoradas de este vestigio de un pasado remoto, ya fuera en trozos lo suficientemente legibles como para que algún coleccionista vehemente de lo antiguo y exótico, le diese valor monetario y lo pagara, generando para el ejidatario un ingreso extra nada despreciable en los tiempos del efectivo monetario.

El hecho es que la situación quedó profundamente grabada en mis recuerdos, así como el nombre cuya obviedad le convierte en una de estas genialidades de la comunicación que nos ofrece la gente directa y clara del campo: Piedrapinta.

Rápidamente explico a las y los lectores que no estén familiarizados con ello, que el ejido es una figura legal agraria, de propiedad comunal, surgida hace casi 100 años, como parte de la reforma agraria planteada tras la revolución mexicana del siglo XX. Sin profundizar mucho, se inspira en la frase de Emiliano Zapana: La tierra es de quien la trabaja. Propone eliminar el latifundio, y dividir en parcelas repartidas por familias, territorios para la producción del sector primario. Un ejido no es una medida específica, es un concepto, y puede tener diversas dimensiones, así como distintas cantidades de familias y parcelas por grupo familiar.

Explicado así, muy a grandes rasgos el ejido, demos en el relato ahora la bienvenida a nuestro anfitrión en esta visita, al que nombraremos Iván. Él es propietario de una parcela, que se compone de algunas hectáreas de tierra dentro del ya mencionado Ejido Piedrapinta, y es, además, promotor de este concepto que no inventa, pero ha hecho propio: El turismo rural. Su idea, es aprovechar la riqueza arqueológica de los petrograbados que se encuentran en su espacio agrícola, para darlos a conocer junto con su idea de producción y aprovechamiento de la tierra.

Así, Iván nos explica que el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) ha encontrado en el ejido más de 800 petrograbados, el mayor número de estas peculiares formas de expresión, descubiertos en un solo sitio hasta ahora, según nuestro guía. Sin embargo, el registro de dicho instituto no da por el momento, ni para una catalogación clara, ni para una protección contundente, ésta depende de cada miembro del ejido y su libertad para utilizar ruralmente su parcela.

Nuestro mentor en este concepto, nos explica entonces que él maneja su parcela, lo más parecido posible al funcionamiento del ecosistema local: evitando cualquier tipo de monocultivo y fomentando la biodiversidad que permitirá a un tipo de plantas, complementarse con otras y a su vez, beneficiarse de los millones de animales de todos tipos, que promueven la complejidad reproductiva del sistema. Nos va nombrado cada uno de los personajes vegetales que pasamos, convidándonos de su sabiduría profunda, mientras que, para nosotros, incluso los más leídos, parece un caos selvático de plantas, insectos, pájaros… sabiendo que lo que se ve, es solo un esbozo de lo que realmente habita en el sitio.

Llegados a un punto, el enigmático atomizador cargado con agua que ha cargado desde el inicio del recorrido, comienza su trabajo. Iván esparce con él unas microscópicas gotas del vital líquido, que al mojar una de las piedras nos revela aquello que nuestros torpes ojos citadinos no habían podido captar: En la superficie de la roca, hay una serie de hendiduras que se conjugan con un orden para finalmente dar vida a una o varias figuras. Aquello que a simple vista parecían fisuras y erosiones naturales, se convierte en un lenguaje gráfico, labrado por manos afanosas de transmitir los pensamientos de una cosmovisión olvidada. En algún momento, muchos, pero muchos siglos atrás, los habitantes previos de ese pedazo de mundo, decidieron narrar su historia por medo de glifos, cuyo significado es incierto.

Aunque Iván nos da su interpretación personal, alimentada de acuerdo a su narrativa, por lo que ha podido dialogar con arqueólogos y otros expertos, yo no me atrevo a contaminar con mi versión de lo percibido, a quienes me acompañan en esta lectura. Prefiero narrar mis emociones, e invitar a que intenten visitar el lugar. Así no les estaré malinformando y ustedes podrán alimentar el gusano de la curiosidad, a ver si les nutre su espíritu de aventura, por muy controlada que esta sea.

Aparecen entonces ante nuestros ojos, un par de espirales, que se interceptan contra lo que pareciera ser una trama radial. Los líquenes juegan un papel peculiar, adhiriéndose en los sitios de la trama, liberando las espirales, generando casualidades interpretativas. Árboles de pimienta y canela, o aguacate sombrean los diversos pedruscos.

Una ondulante línea siluetea su figura ¿qué verían los ojos del autor en ella? Otra mucho más compleja inicia en gancho y termina en espiral, recorriendo toda la superficie superior del pétreo lienzo, o viceversa según lo quiera interpretar quien ve el dibujo: vueltas que buscan, quizá las pendientes del agua, quizá el movimiento del universo, quizá todo a la vez, pues todo fluye. Mientras en otro elemento, una gran espiral dibuja la caracola perfecta: Microcosmos y macrocosmos, una simple concha o una galaxia completa. El Universo tiene su lenguaje físico y metafísico a la vez.

Ahora, en otro lienzo pétreo, unos puntos elaborados radialmente con un centro que se intuye sin ser visto, parecieran expresar las fases de la trayectoria de un cuerpo celeste ¿Será la luna que rige las mareas y la luz o la oscuridad nocturna, tomando prestados en su reflejo los rayos candentes del sol, para transmitirlos en fría luz plata? Mientras otra piedra nos presenta un inconfundible oso hormiguero, peculiar habitante de la región, hoy casi imposible de poder ser captado deambulando en este bosque productivo que nos acoge con la sonrisa complaciente de Iván, dibujada en su rostro cada vez que nuestras expresiones de asombro rompen con sonidos peculiares la música del campo.

Otra línea ondula partiendo de un centro negro y vacío, para culminar en una línea que se pierde en la roca, no sin antes pasar como en un laberinto, por una doble espiral. Otro más parece solo un cuenco excavado en la piedra, con una línea que pueda drenar su contenido temporal. Mientras más espirales se combinan en otras tantas rocas, traduciendo el movimiento permanente, en el alma temporalmente estática de la piedra, por cierto, todas ellas de origen volcánico. Tramas que parecen mapas, principio y fin de la cuenca, contenido de movimiento perene. O una cara, de algún anfibio que parte su existencia en dos mundos. Notas del sonido cósmico, congeladas por un segundo, en la memoria de un tiempo ido… si es que hay tiempo, si es que hay memoria. 

En el último dibujo compartido hoy, parecieran las o los anónimos artistas, compartirnos la geografía de esta tierra, donde el perfil ondulante de la sierra en alzado se conjuga con el del agua en planta, y se sintetiza como si el cubismo, tres mil años antes de Picasso y Braque, no fuera más que la recuperación de formas de expresión olvidadas, porque un día, alguien dejó de entender su significado, y recuperadas porque otro día, alguien quiso volverlo a entender.

Piedra pinta habla, pero los oídos sordos de la velocidad en la que el sistema nos obliga a vivir, no quieren escucharle y tienden a destruirle. Pero quizás, mis queridas y queridos lectores, si tras ver estas imágenes e interpretar las palabras que dibujan las letras de este relato, cierran los ojos y dejan volar su mente con las formas percibidas, puedan escuchar el susurro de la piedra golpeando la piedra, cantando historias donde no existen seres animados y objetos inanimados, donde todo es parte de un movimiento bello, interminable, y susceptible a ser contado.

Hasta el próximo espacio, gracias.

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