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Pequeño: El recurso de la resistencia, algunas notas más sobre el prerrománico asturiano | 1a. Parte

Pequeño: El recurso de la resistencia, algunas notas más sobre el prerrománico asturiano | 1a. Parte

Hace ya cuatro años, que escribí en esta columna sobre Santa María del Naranco y mi percepción vinculada a la región astur, de la cual salió mi abuelo paterno hace un siglo para migrar a la tierra mexicana que tanto amó, en la que fue acogido y donde construyó su propia familia.

Al morir mi padre hace un par de años, los ejercicios de memoria y recuerdo resurgen de las profundidades, y el ansia de conocer más sobre ciertos orígenes activa los procesos de búsqueda intelectual. Si a eso le sumamos que el año pasado, por abril, tuve la oportunidad de participar en el congreso REHABEND sobre patrimonio, y que la sede en esta ocasión fue la ciudad de Gijón, Asturias, pues la ocasión se pintó sola para volver a recorrer tras el congreso, el pequeño pero bello territorio que vio nacer a mi abuelo, José María Nava Ovín.

Así que comenzaré la narrativa de hoy, con un espíritu más infantil que académico, transitando claro, conforme avance la lectura, del primero al segundo.

Citando a Goscinny y Uderzo, podemos iniciar diciendo: “Es el 711 de nuestra era, y Táriq ibn Ziyad, enviado por el califa meya Al-Walid, ha conquistado toda la península ibérica… ¿Toda? ¡No! Una pequeña región poblada por irreductibles astures resiste todavía y como siempre, al invasor” …

En el artículo de esta columna, intitulado “Santa María del Naranco”, publicado como comentaba hace cuatro años, hago una breve relatoría del porqué la región resistió el embate musulmán, para quienes quieran curiosear al respecto. Pero hoy no ahondaremos en ese aspecto, sino en otro evolucionado a partir de diversas lecturas sobre esta época y este tipo de arquitectura denominada prerrománico asturiano. Vale la pena mencionar solamente, que este pequeño reino, representa el primero propiamente cristiano de la hoy España, según la página oficial de los bienes del Arzobispado de Oviedo (capital de Asturias) que trata sobre esta expresión arquitectónico-artística.

El reino de Asturias quedó geográficamente acotado entre el Imperio Carolingio al norte de la península ibérica, y Al Andalus, como se conoció al territorio peninsular ocupado por los musulmanes. Su peculiar geografía y clima constituyeron una positiva muralla desde la cual, los habitantes de la región pudieron desarrollar actividades relativamente en libertad, aunque se confiesa que históricamente, hubo momentos en que debieron pagar tributo a Al-Andalus, cosa que no gusta ser mencionada demasiado, por las y los orgullosos habitantes de la región.

Sin embargo, este peculiar aislamiento permitió al mismo tiempo, dejar una clara manifestación de la postura ideológica de los pobladores asturianos, convencidos en la defensa acérrima no solo de su territorio, también de su fe cristiana y de sus tradiciones de origen céltico. Así, al son de la gaita que les hermana con gallegos, portugueses, galeses, irlandeses, escoceses y galos célticos, fueron construyendo sus templos con los limitados recursos que la resistencia acérrima al sistema dominante del momento, implica.

Pero, si la resistencia irreductible limita el recurso, esa condición impulsa la creatividad, ya que la limitación severa nos obliga a buscar constantemente alternativas con las cuales resolver nuestras necesidades físicas y espirituales. Por otra parte, el constituirse políticamente como reino autónomo, permitió también llevar un registro documental sobre sus actividades, conocido como Crónicas Asturianas.

Dos templos inscritos en la lista de patrimonio mundial de la UNESCO, utilizaremos para compartir las reflexiones del presente artículo, que, como ha sucedido cuando me extiendo demasiado en mis textos e imágenes, se presentará en dos partes. 

La primera parte habla sobre la Iglesia de San Julián de los Prados realizada en el primer tercio del siglo IX de nuestra era, que originalmente se levantó en lo que era el exterior del recinto amurallado de la ciudad de Oviedo, hoy se encuentra en la zona urbana subsistiendo a las vibraciones de la vía denominada Boulevard San Julián de los Prados, que viene a ser la extensión hacia la ciudad, de la autopista A-66. El trazo del Boulevard, y el intenso tránsito vehicular que conlleva, llegó a poner en riesgo estructural al templo y a su denominación como patrimonio, pero al parecer, hoy día esta situación se encuentra relativamente controlada. En la segunda parte, comentaré sobre el templo denominado “El Conventín” (finales del siglo IX de nuestra era) expresión netamente asturiana, que refiere cariñosamente a las dimensiones del evento edificado en Valdediós y consagrado a San Salvador, cuya localización se encuentra a unos 40 kilómetros de la comarca ovetense.

Comencemos entonces por San Julián: Al templo se accede hoy día, de forma peatonal atravesando un bien cuidado espacio ajardinado que se deriva de la Plaza de Santuyano y que oculta al menos visualmente, el impacto inmediato de la vía de alto flujo vehicular, ubicada en una cota más baja y, por lo tanto, invisible en esa perspectiva.

Lo primero que llamó poderosamente mi atención, es la configuración volumétrica de la iglesia. El edificio se presenta en su fachada principal, que da al poniente como es la costumbre en la mayoría de los templos cristianos, como una sucesión de cuerpos que se complementan entre sí, cambiando su dimensión secuencialmente y donde el más pequeño, pertenece al acceso. Éste primer cuerpo, recibe el respaldo de un segundo volumen correspondiente al espacio donde se ubicarán interiormente los feligreses. El tercer volumen representa el de mayor dimensión en cuanto altura del templo, y corresponde interiormente a lo que en arquitectura religiosa cristiana se conoce como transepto, espacio que divide la zona de los feligreses del altar mayor, formando en la planta de la construcción una forma de cruz. Dispuestos simétricamente a cada lado del transepto, y escalonando significativamente la altura, lo cual ayuda notablemente a recuperar la escala humana cuando uno pasa al lado de ellos rodeando exteriormente al templo. Hacia el interior, estos dos volúmenes descritos corresponderán a sacristías. Oculto a la vista por el transepto, se encuentra el ábside que cobija en su parte alta una estancia sin un programa claramente funcional e inaccesible desde el interior, y tres capillas con sus altares en la planta baja, pero de él hablaremos más adelante.

La disposición volumétrica es totalmente fiel a la espacialidad interior. El pequeño vestíbulo que nos recibe al trascender la puerta de entrada, ajusta la escala entre el afuera y el adentro, permitiendo así apreciar con mayor impacto la espacialidad interior del templo. Tres naves forman dicho espacio, una central mucho más ancha que las laterales, separadas de ésta por arcadas de medio punto. También son de menor dimensión en cuanto altura, las naves laterales, cosa que se refleja perfectamente en el volumen exterior, permitiendo así que la iluminación de la central, se produzca por ventanas rítmicamente dispuestas al eje de los arcos, filtrando la luz por variadas celosías talladas en piedra. Así, los matices lumínicos del del interior (aunque hoy cuenta con luz eléctrica que compensa dichos matices) transitan de la tenue y estrictamente indispensable luz de día, a una penumbra solamente solventada actualmente por lámparas eléctricas, y en su momento seguramente por un universo de velas y cirios.

Un gran arco separa el espacio feligrés que cobija la nave principal, del transepto y dos más pequeños a las naves laterales del mismo. Al fondo del transepto se abren tres nuevas arcadas: La central de mayor tamaño, corresponde a la capilla con el altar principal, y dos de menor tamaño a cada lado, a las capillas que rematan las naves secundarias.

La iluminación del transepto la proveen dos grandes ventanas que se encuentran en los extremos sur y norte del volumen, aunque hoy día la del extremo norte está tapiada, lo que reduce el efecto, compensado ahora por candelabros electrificados.

Las tres capillas con sus altares se estructuran de forma similar: gruesos muros que forman el espacio y se aligeran por arcadas ciegas y las cubiertas son abovedadas a cañón corrido. El altar principal presenta una sola apertura al fondo, mientras que los altares laterales poseen, además del vano en el fondo, una ventana lateral.

Es importante mencionar que, como suele suceder en los templos, el de San Julián poseía algunas extensiones externas e intervenciones internas de períodos posteriores. Es la restauración realizada a principios del siglo pasado, la que “limpia” esos elementos para devolver al estado original a la edificación. También a esa restauración se debe el rescate de los frescos que adornan los muros interiores del templo, cuya temática transita entre las figuras geométricas abstractas, a narrativas épicas relacionadas con las hazañas de los reyes de antaño o referencias místicas del apocalipsis de San Juan.

Salimos ahora al espacio exterior, para estudiar y analizar la parte posterior de la volumetría, donde podemos apreciar claramente el sistema constructivo de mampostería, reforzado estructuralmente por contrafuertes y traslapes en las esquinas realizados con sillar. Vale la pena destacar en el ábside, por encima de las ventanas que reflejan la existencia de los tres altares narrados previamente, la apertura de tres arcos que se encuentra en la parte superior, y que vincula con la estancia inaccesible por cualquier otro medio que no sea esta apertura, ubicada exactamente encima del altar principal. Queda la duda si solo será un espacio “muerto” para ajustar la escala del altar y la apertura es solo un efecto para aligerar la pesada volumetría, o si su función sería la de un espacio privado. De lo que no hay duda, es que tiene un rigor compositivo con todas las partes inapelable.

Al terminar el rodeo que hacemos para analizar el perímetro completo del templo, corroboramos que, en todas sus partes, existe esa honestidad ya mencionada, donde las partes del todo expresan en el volumen, las cualidades directas de la distribución interior.

Nos despedimos de San Julián, con el objetivo de marchar al día siguiente, al sitio que alberga el edificio con que se nutrirá la segunda parte de este artículo.

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