Columnas
Espacios: Cantona: Dos ciudades para dos escalas, primera parte
Hace tres años, mi colega, la Mtra. María del Pilar Álvarez y yo, escribimos un artículo que fue presentado en [...]
3 abril, 2025
por Jose Maria Wilford Nava Townsend
La primera parte habla sobre la Iglesia de San Julián de los Prados realizada en el primer tercio del siglo IX de nuestra era, que originalmente se levantó en lo que era el exterior del recinto amurallado de la ciudad de Oviedo, hoy se encuentra en la zona urbana subsistiendo a las vibraciones de la vía denominada Boulevard San Julián de los Prados, que viene a ser la extensión hacia la ciudad, de la autopista A-66. El trazo del Boulevard, y el intenso tránsito vehicular que conlleva, llegó a poner en riesgo estructural al templo y a su denominación como patrimonio, pero al parecer, hoy día esta situación se encuentra relativamente controlada. En la segunda parte, comentaré sobre el templo denominado “El Conventín” (finales del siglo IX de nuestra era) expresión netamente asturiana, que refiere cariñosamente a las dimensiones del evento edificado en Valdediós y consagrado a San Salvador, cuya localización se encuentra a unos 40 kilómetros de la comarca ovetense.
Comencemos entonces por San Julián: Al templo se accede hoy día, de forma peatonal atravesando un bien cuidado espacio ajardinado que se deriva de la Plaza de Santuyano y que oculta al menos visualmente, el impacto inmediato de la vía de alto flujo vehicular, ubicada en una cota más baja y, por lo tanto, invisible en esa perspectiva.
Lo primero que llamó poderosamente mi atención, es la configuración volumétrica de la iglesia. El edificio se presenta en su fachada principal, que da al poniente como es la costumbre en la mayoría de los templos cristianos, como una sucesión de cuerpos que se complementan entre sí, cambiando su dimensión secuencialmente y donde el más pequeño, pertenece al acceso. Éste primer cuerpo, recibe el respaldo de un segundo volumen correspondiente al espacio donde se ubicarán interiormente los feligreses. El tercer volumen representa el de mayor dimensión en cuanto altura del templo, y corresponde interiormente a lo que en arquitectura religiosa cristiana se conoce como transepto, espacio que divide la zona de los feligreses del altar mayor, formando en la planta de la construcción una forma de cruz. Dispuestos simétricamente a cada lado del transepto, y escalonando significativamente la altura, lo cual ayuda notablemente a recuperar la escala humana cuando uno pasa al lado de ellos rodeando exteriormente al templo. Hacia el interior, estos dos volúmenes descritos corresponderán a sacristías. Oculto a la vista por el transepto, se encuentra el ábside que cobija en su parte alta una estancia sin un programa claramente funcional e inaccesible desde el interior, y tres capillas con sus altares en la planta baja, pero de él hablaremos más adelante.
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