Ante la muerte, la desidia de los gobiernos, de todos nosotros, para frenar la barbarie, el dolor ajeno, la verdadera derrota del alma, confié en mi trabajo para lograr lo que nadie podría: volver a confiar en la vida, mostrar a todos el poder de la emoción, motivar a los más jóvenes recordándoles los súper-poderes que ostentan pero que no lo saben; regresar a la fuente de la misma educación, para quienes más lo necesitan, para disfrutar creciendo por dentro, escuchando al mundo, entendiéndolo, adorándolo. Algunos de los mejores arquitectos confiaron en mí para reconstruir el mundo. Me escucharon, aprendí de ellos, aprendimos juntos. Así pude alcanzar los ecos cromáticos más sutiles en algunos de los espacios más ingrávidos de mi ciudad o de cualquier otra, pude brindar mi mirada, a escala humana, sintiendo la transformación de los lugares, como si fuéramos dioses de la tierra.
Puede que soñar el mundo signifique muy poco para algunos, pero mi empeño me hace llegar al final del día con la inmensidad de mi parte, apreciando la fuerza de mi cuerpo, con todas sus heridas, pero mías, deseando regresar al inicio del alba, para retomar el poder, para vivir. ¡Para vivir! ¿No lo entiendes?
Cuando parece que me han abandonado, cuando no puedo salir del papel blanco, como la prisión más dura de mi existencia, cuando ya no sé qué hacer, me recuerdo que el mundo está pálido sin mí. Que todavía puede nacer un nuevo lugar, un espacio feliz, que ayude a agradecer la vida. Por eso, desde hace un tiempo, solo trabajo para jóvenes que devolverán al mundo su riqueza, todo cuanto han aprendido, en sus respectivos países, en sus lejanas ciudades. Trabajo para aquellos que creen en el alma de la vida, en eso que llamamos amor, arte, pasión, cultura, educación. Creo en los mayores, en todos aquellos que dieron lo mejor de sí a la vida y ahora ya no importan a nadie. No hago más que seguir siendo el mismo enamorado, poco juicioso, estúpido vividor. Convido, convido todo el tiempo, no regalo nada, sino que brindo todo cuanto soy y cuanto deseo ser, para seguir así. Ese es mi rumbo, sin metas.
Si al final de todo, tanto esfuerzo sirvió de poco, si nada de lo que me ayudó a mí servirá más que para aliviar un instante a otro, sin conocerme éste, sin que sepa jamás de mí, en el fondo de la galaxia a donde van todos los que parten sabré agradecer la luz de la estrella más fugaz que exista.
¿Para qué sirve mi trabajo? Para contarte hoy que ni un museo, ni la obra de arte más bella, ni la respuesta profesional más coherente, ni la más placentera recompensa, merecen la pena si un solo hombre, si una sola mujer, añora la muerte por nuestra desidia, por nuestra comodidad. Mi trabajo es ese que aprendí de los que de verdad amaron la vida y sirve para no morir, no morir sin más.
Paco Pérez Valencia | Museógrafo, Creador de La Universidad Emocional y Codirector del
Posgrado ESPACIO EFÍMERO. Arquine - UPC. México.