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Columnas

Ontología del turista: un estudio de caso

Ontología del turista: un estudio de caso

11 julio, 2017
por Christian Mendoza | Instagram: christianmendozaclumsy

 

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La semana pasada, a través de sus cuentas de Instagram y Twitter, el actor australiano Josh Thomas, responsable de la serie Please Like Me, difundió que se encontraba de paseo en la Ciudad de México. El también comediante visitó locaciones como el Castillo de Chapultepec, el Parque México de la Colonia Condesa y La Purísima, bar gay situado en República de Cuba, una de las calles en las que persisten los campamentos construidos por ciudadanos sin techo. Josh envió un tuit a sus seguidores diciendo que los estadounidenses le habían ducho que en la Ciudad de México sería asesinado, pero en un gesto de ironía demagógica (porque los extranjeros suelen decir que nuestra ciudad tiene el mejor público, la mejor comida, la mejor música y la mejor gente) mencionó que no, que no lo habían asesinado todavía y que la capital era más bien hermosa (se lee en español en el tuit original).

Esta visita contiene dos posibles lecturas. Por un lado, tenemos la representación que se ha construido en Estados Unidos con respecto a México: actualmente, tiene mucho peso político que ellos le hayan dicho al actor que la ciudad era probabilidad de asesinato, aunque esta idea es anterior a la presidencia de Donald J. Trump. En The Mexican (2001), película protagonizada por Julia Roberts y Brad Pitt, cuando se filma a México carente urbanización, como si el país estuviera congelado en cierta ruralización más cercana al paisaje que, según conocemos por fotografías, existió en tiempos de la Revolución. En Traffic (2000), película de Steven Soderbergh, sí aparece la Ciudad de México, pero como el epicentro de la industria del narcotráfico, economía que, según la visión del director, se origina únicamente en México y cuyas consecuencias brutales no son los asesinatos en México, sino los problemas de adicción en adolescentes suburbanos de clase acomodada.

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En otro extremo, tenemos al turista europeo o anglosajón que, desde cierto periodismo éticamente gris, ha articulado que esta ciudad es más bondadosa que lo que los mismos mexicanos quieren reconocer. Se trata de los caminantes que entienden a la Ciudad de México a partir de tres colonias, y a través de la oferta cultural y gastronómica. Ingenuos como son ante la visión estrecha que tienen de la ciudad, esta clase de turistas no saben que contribuyen a que la alcaldía de la ciudad declare que esta ciudad es segura ya que los extranjeros dicen que es segura, y a que las políticas públicas estén cada vez más dirigidas a privilegiar la capital del turista, como sucede con el mismo Josh, hombre gay que visita a la ciudad gay friendly.

Por supuesto, no podemos decir que es reprobable que un turista famoso diga que esta ciudad de hecho sí es disfrutable. Lo que nos corresponde es atender las consecuencias políticas que tienen estas dos representaciones de la Ciudad de México, la que acusa inseguridad con una paranoia más bien racista y la que dice que no existe la inseguridad, extremos también perpetuados por los habitantes locales. Las visiones extranjeras de la ciudad también la construyen.






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