La creatividad es una herramienta extraordinariamente poderosa, capaz de ofrecer respuestas a casi cualquier reto. En arquitectura, la imaginación y las soluciones singulares no deberían ser patrimonio exclusivo de los grandes edificios públicos o de esas casas de ensueño que todos querríamos habitar. También hay espacio para la innovación en los lugares más inesperados.
Ese fue el punto de partida cuando un empresario encargó al estudio de arquitectura OOIIO la construcción de un gran edificio destinado a la venta y reparación de automóviles en un polígono industrial en Leganés. El desafío era complejo: un edificio de gran escala que debía albergar espacio comercial, oficinas, talleres de mecánica y carrocería, así como zonas de almacenamiento para cientos de vehículos. A esto se sumaba una condición clave: en la parcela ya existía un edificio industrial en desuso, una antigua fábrica de cocinas abandonada.
Este tipo de arquitectura suele quedar en manos de despachos de ingeniería que optan por soluciones previsibles y funcionales. Basta recorrer cualquier polígono industrial para comprobar la escasa atención que se presta a la arquitectura. Por eso este proyecto se convierte en una excepción dentro del mundo de los talleres mecánicos.
La primera gran decisión del proyecto fue reciclar la industria preexistente y adaptarla a los nuevos usos, una apuesta más sostenible que la demolición. ¿Puede una antigua fábrica de cocinas convertirse en un centro de talleres y venta de coches? La respuesta es sí.
Siguiendo criterios funcionales, la planta baja se destina a espacio comercial y talleres, mientras que las dos plantas superiores se utilizan como almacén de vehículos. Esto obligó a reforzar la estructura existente. Además, se elimina la cubierta original y se crea un nuevo nivel superior protegido mediante pérgolas fotovoltaicas.
En los laterales se incorporan dos grandes rampas que organizan las circulaciones internas. Con la incorporación de oficinas en la primera planta, el programa funcional queda resuelto.
La antigua fábrica presentaba una fachada de ladrillo cerrada. El proyecto transforma la relación entre el interior y el exterior, abriendo el edificio. Las plantas superiores no se climatizan y permanecen abiertas, concentrando el consumo energético en la planta baja.
La nueva envolvente se compone de lamas metálicas blancas de distintos tamaños, combinadas con instalaciones industriales visibles en fachada, liberando el espacio interior para la circulación de vehículos. La fachada se convierte en el elemento identitario del proyecto, destacando en el paisaje industrial y reduciendo el consumo energético mediante control solar pasivo. Las plantas superiores mantienen una temperatura inferior gracias a la ventilación cruzada.
Control solar pasivo, autoabastecimiento energético, reutilización de estructuras existentes y una identidad propia. Este proyecto demuestra que otra arquitectura industrial no solo es posible sino necesaria.