Un par de muros de concreto armado de 8 cm de espesor, de altura variable en diagonal, sostienen una losa de 6.5 cm formando una especie de túnel. Una modulación de 30.5 centímetros en la cimbra. Los huecos de los moños sin rellenar dejan pasar la luz y el aire a través de esos nuevos muros.
La altura en uno de sus extremos es suficiente para acceder al espacio formado entre estos elementos. Un banco de madera ensamblada yace sobre un pavimento de triturado de ladrillo rojo. En el extremo bajo de la pieza, una herrería geométrica forma una cruz de perfiles de PTR que confina el espacio.
Esta pieza de metal, junto al material triturado de ladrillo, el armado de los muros y la cimentación existente, pertenecieron a una obra previa construida en el mismo lugar, en la misma escala y en la misma orientación. Aquella capilla de 1200 piezas de ladrillo armado. De alguna forma lo nuevo dialoga con la memoria de lo viejo y se nutre de los materiales del tiempo pasado para ser parte de la obra que ahora existe en el tiempo presente.
Quizás en el futuro, la información de ambas obras sobrepuestas alimente otra variación de esta pequeña capilla ubicada en el gran jardín de la quinta de la abuela en el pueblo de Santiago, Nuevo León, donde una arquitectura ha hecho a la otra.